Guion: Hadrían Jamardo.
Dibujo: Hadrían Jamardo.
Páginas: 96.
Precio: 19,90 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Agosto 2026.
Las propuestas originales siempre tienen cabida en el mundo del cómic y Ladrillito destaca claramente por eso. Si tratáramos de definir lo que ha hecho Hadrián Jamardo en este su primer trabajo largo, seguramente tendríamos serios problemas por lo atípico de su argumento. De hecho, leer la sinopsis en la contraportada es un sano ejercicio que, con toda probabilidad, nos llevará a arquear una ceja pensando en qué demonios nos podemos encontrar en sus páginas interiores. Y lo que vemos es una aventura llena de desparpajo e imaginación, en la que todo parece posible desde que un ladrillo cae en la cabeza de uno de los protagonistas y su hermana lo acaba bautizando Ladrillito, dando así título al cómic. Jamardo narra un viaje en el que estos dos hermanos se van conociendo y en el que se van a ir encontrando mil y una sorpresas. Lo imprevisible es el mayor valor que tiene la propuesta porque resulta harto complicado saber qué va a pasar no ya en la siguiente página, sino en la siguiente viñeta. Es lo bueno de escribir y dibujar con semejante libertad, sin sentirse preso de un esquema, de una referencia o una idea preconcebida, y Ladrillito, al final, pide al lector el mismo espíritu libre para poder disfrutar de un relato que empieza casi desde el costumbrismo… y que está por ver dónde acaba realmente.
La fantasía es, desde luego, lo predominante. Y eso implica que las normas de nuestra vida real no se aplican en Ladrillito. Al menos, no de una manera realista. Sin embargo, eso no quiere decir que Jamardo haga cosas imposibles o sin sentido, al contrario, consigue que entremos en el juego con mucha facilidad, como si todo lo que estamos viendo pudiera tener cabida de verdad en nuestro día a día. Esa tarea es la más complicada de todas las que acomete el autor en Ladrillito, y tiene su mérito. Si manejas una historia casi sin sinopsis, pero a la vez consigues que los personajes lleguen y sintamos sus preocupaciones como propias, es que algo funciona desde su misma base. A partir de ahí, lo mejor es dejarse llevar por la aventura, siendo conscientes de que Jamardo no se pone límites a la hora de imaginar esos pequeños encuentros que se van produciendo por el camino de estos dos hermanos y que, con sus altibajos, parecen bastante razonables como episodios de un viaje bastante interesante. Bien estructurado, el relato acompaña de una manera elegante, que nos conduce a un final pensando más en la aventura vivida que en moralejas u objetivos finales que estuvieran fijados de antemano. Dicho de otro modo, aunque parezca una historia más o menos clásica en su estructura, su virtud está en su personalidad.
El dibujo, el estilo de Ladrillito, asienta esa idea de originalidad de la que hablábamos. Hay mucha frescura en el acabado de Jamardo, que no se deja llevar por un realismo que, seguramente, habría ido en contra del espíritu de su historia y mantiene algo distinto, que contribuye decisivamente a la ambientación de su relato, al viaje que propone y a las sinergias que hay entre los personajes y el escenario. A veces da la sensación de que podríamos perdernos en sus viñetas casi sin prestar atención a la misma historia y disfrutar con la imaginación que hay en la construcción de los fondos, de los escenarios o incluso del mismo movimiento de los personajes, tan inverosímil e irreal a veces que nos conduce a una deliciosa paradoja en la que nos lo creemos y asimilamos con una facilidad tremenda. Puede que no sea su forma de narrar una que encaje en ningún referente que podamos imaginar, incluso que se acerque a criterios poco comerciales, pero, hablando de esa misma libertad, es una forma muy fresca de conducirnos a un mundo distinto. Ladrillito busca impactar al lector desde su propuesta, desde sus ideas y desde su acabado, sabiendo que está ofreciendo algo diferente y a la vez entretenido, con un lenguaje narrativo descarado y en ocasiones valiente, consciente de lo que hace y de lo que consigue.