Guion: Max.
Dibujo: Max.
Páginas: 164.
Precio: 26,50 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Junio 2026.
Max es especial, es un autor distinto, capaz de encontrarle sentido a lo que le ronda en su cabeza para que el lector tenga una conexión con él mismo y con sus personajes. Y a veces, cuando uno va pasando páginas de una obra como Bardín el superrealista parece casi imposible llegar a ese punto, pero lo consigue. El libro que tenemos entre manos es una de esas joyas que se degustan a fuego lento. Llegamos a los 30 años de vida, ¡casi nada!, de Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el superrealista, y esta edición celebra el aniversario de la mejor manera posible, completando aquella historia, ganadora de la primera edición del Premio Nacional de Cómic en 2007 (aunque algunas de sus historias ya aparecieron publicadas una década antes en distintas cabeceras), con material inédito que da una dimensión todavía más grande a un trabajo singular, con enorme personalidad y una profundidad que resulta hasta difícil de calibrar. Max es especial, sí, y hasta en ocasiones puede dar la sensación de que eso le aleja de cierto público, pero lo cierto es que no es así. Es, sencillamente, que Max pide al lector que se implique, que se acerque a su extraño mundo, que entienda no solo la forma, sino especialmente el fondo de lo que le está contando. Y si se juega con esas normas, el juego es sencillamente apasionante.
¿Pero de qué va Bardín el superrealista? ¿Cómo se puede explicar a un lector cualquiera qué se va a encontrar en esta obra? Así, a bote pronto, no es fácil dar una respuesta a esas preguntas. Max se adentra en terrenos a medio camino entre el arte de vanguardia (no en vano el primer encuentro de su protagonista es con el Perro Andaluz) y la filosofía más intensa. Habla de la vida, de miedos cotidianos, pero también se acerca al mundo de los sueños, trufa sus relatos de referencias artísticas que generan una atmósfera distinta, incluso para quienes no las capten en el momento en el que Max las usa. Y hace todo esto, mucho más, jugando con las armas que le da el cómic, a veces con largos diálogos, en otras ocasiones prescindiendo de la palabra y creando una acción de ritmo altísimo y dejando cómo suena lo que está viendo a la imaginación de quien pase por estas páginas. Hay tantos recursos y tantas ideas en Bardín el superrealista que lo que más impresiona es que Max haya sido capaz de dar un marco coherente para que todo lo que vemos no nos apabulle y, en cambio, nos deje con la sensación de haber vivido un viaje coherente dentro de las normas vanguardistas que, lógicamente, tiene este relato. Más bien relatos, en realidad, porque esto no va de un final impactante o de un viaje lineal, sino que aspira a ser algo mucho más complejo.
Esas referencias artísticas tienen una conexión palpable con el propio estilo de Max. Limpio y claro, pero con una gigantesca capacidad de ofrecer constructos imposibles, mundos de una fantasía desbordante en los que un tipo cualquiera encaja tomando unos vinos o empuñando una espada frente a oponentes que casi se podrían considerar imaginados. Max dibuja con enorme elegancia, haciendo que el movimiento de sus personajes tenga una fluidez casi surrealista, y sabe entroncar con esos movimientos de vanguardia a los que hace constante referencia. Y no, de la misma manera que Bardín el superrealista no se agota treinta años después de que viéramos al personaje por primera vez, tampoco lo hace con una única lectura, ni siquiera con la del descubrimiento de una obra que perdura, que sigue impactando, que obliga al lector a recorrer sus vías alerta y con ganas de encontrar ideas que están diseminadas en un aparente caos, pero que tienen todo el sentido del mundo cuando se llega a comprender. ¿Compleja? Sí, lo es, no vamos a engañarnos. ¿Pero satisfactoria? En grado sumo. Max, lo decíamos, es especial y sabe contar cosas que para los demás pueden ser, incluso, inalcanzables, pero les da ese toque cercano, cotidiano, humano, que hace que la referencia sea un lujo, pero no algo definitivo para entrar en su mundo, aunque sea sensorialmente.