Guion: Rafael Gallego.
Dibujo: J. A. Mendiola.
Páginas: 80.
Precio: 16,90 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Octubre 2025.
Hace ya bastantes décadas que el cómic ha abrazado un papel informativo y documental que acompañaba a su clásica (y que nunca se pierda) función de entretener. Chocolate. Muerte misteriosa de un muchacho, de Rafael Gallego y J. A. Mendiola transita esos caminos y lo hace con bastante solvencia, porque encuentra una historia que nace en un titular de prensa y una figura local conocida de la que pocos lectores sabrán demasiado. Y lo bonito que tiene Chocolate es que es un homenaje que no tiene la necesidad de sentenciar. “¿Y si en esta historia resulta que hemos mentido todos?”, dice uno de sus personajes cuando estamos enfilando las últimas páginas del libro. Puede que ahí esté la clave de todo, en el misterio que se asoma al título y que, al final, es lo que da sentido a este trabajo, documental en muchos sentidos, pero narrativo en muchos otros, una puerta abierta para que nuestra curiosidad la atraviese, se quede con la versión que considere más creíble o incluso anime a bucear en el caso del joven protagonista de una historia que sabemos que acaba en tragedia, aunque no lleguemos a saber a ciencia cierta por qué. Quien busque algo más definido quizá no salga pletórico de la lectura de Chocolate, pero es innegable que su planteamiento es inteligente y audaz, porque busca contar y documentar mucho, sin tener en realidad un final evidente.
De alguna manera, Gallego se enfrenta así a un peligro palpable. Si no sabemos realmente lo que ha pasado, ¿cómo se puede contar la historia del muchacho que muere en extrañas circunstancias? Su apuesta para responder esa pregunta es la empírica. Él describe lo que sí sabemos, lo que le pueden contar los otros protagonistas de la historia, va rellenando los huecos, dando información al lector. ¿Para qué sentenciar entonces quedándose con una versión? Si ese hubiera sido su objetivo, quizá la narrativa de cómic no habría sido tan necesaria. Pero este, teniendo mucho de periodístico, no es un trabajo que se defina solo por eso, y es algo que casi se agradece. Tener a Chocolate en la obra de una manera tan activa reafirma esta idea, porque no se trata de documentar lo que ya ha pasado, sino de vivir los momentos previos para que seamos nosotros, los lectores, los que tomemos partido por uno u otro final. Es un movimiento valiente por parte de Gallego porque se pone en nuestras manos casi por completo. No quiere decir esto que no haya un enorme trabajo de documentación y entrevistas serias y serenas que traslada muy bien a la página, todo eso está, pero al final, nos deja el mando. Somos nosotros mismos los que decidimos cuánto nos impacta esta Muerte misteriosa de un muchacho.
En ese sentido, es muy interesante lo que hace Mendiola, porque juega a poner color a una historia que, en otras manos, habría sido mucho más documental. Lo es también, eso está claro, no hay más que ver la forma en la que arranca el cómic con la presentación estática de unos personajes que miran a cámara, como lo hace también el propio Chocolate cuando irrumpe en el relato, pero es muy interesante el juego cromático que tiene la narrativa del ilustrador. Es como si nos marcara caminos de lectura que muchos, seguramente, no tomarían en una aproximación al tebeo. Es complicado decidir si la tipografía ayuda a esas sensaciones o supone una pequeña dificultad en la lectura, pero lo que sí está claro es que es tan osada como la propia historia o la forma en la que sus autores han decidido transmitirla. Chocolate no es un tebeo común, igual que su protagonista no es una figura popular de manera universal, pero eso no merma sus virtudes, tiene muchas. La fundamental, hacernos partícipes de una historia local más o menos escondida por el paso del tiempo y con un protagonista al que tenemos que descubrir sobre la marcha. No hay asidero previo y tampoco es un cómic especialmente largo, y aún así consigue enganchar con bastante facilidad. La misma con la que nos entran ganas de empezar de nuevo con una segunda lectura.
El contenido extra lo forman una introducción de Tomeu Canyelles y un portafolio de bocetos de J. A. Mendiola.
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