Guion: Pedro Quesada.
Dibujo: Manuel Gago.
Páginas: 160.
Precio: 24 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Enero 2026.
Se mire como se mire, hay cómics que no se pueden leer sin tener una sonrisa en la cara. Pasa con los clásicos, por supuesto, con esos tebeos que todo el mundo leyó de niño y que, con los años, fue adquiriendo esa categoría de título imprescindible. Pero pasa también con otros que fueron naciendo y creciendo a la sombra de personajes más populares pero que hoy, por tener la firma del autor que las hizo realidad, cobran una significancia notable. Esa es la sensación leyendo El Espadachín Enmascarado, obra que rápidamente se vincula a Manuel Gago, pero en la que hay que recordar que los guiones son de Pedro Quesada. El primero se lleva el mérito, claro, porque eran cómics de consumo muy visual, tiras que conseguían abrirse camino en espacios muy pequeños y con mucho texto. Gago, que años antes de El Espadachín Enmascarado había creado El Guerrero del Antifaz, mucho más popular, fue capaz de dar vida a personajes tan dispares y a la vez tan cercanos en espíritu que los logros de uno se contagian en los demás. Y Quesada, que habitualmente trabajaba con su hermana Miguel, dibujante como Gago, aquí entró en el juego de crear un héroe medieval de lo más clásico, el de espada en ristre, damiselas en apuros y misterios de poder que entretenían a los niños de entonces y hoy, volvemos al argumento inicial, sacan la sonrisa del adulto de ahora.
Las aventuras de capa y espada tienen códigos, como cualquier otro género, y de El Espadachín Enmascarado no cabe esperar más que un respeto absoluto hacia ellos. No olvidemos que se trata de un cómic popular que nace, precisamente, porque personajes similares han tenido éxito. No busca innovar, ni cambiar las reglas del juego, ni siquiera parecer demasiado distinto a otros héroes por los que los niños de la época podían mostrar mayor preferencia, porque el objetivo era justamente ese. Lógicamente, tiene su propia historia, los detalles que le diferencian de otros cuadernillos de entonces, pero Quesada es fiel a lo que se espera de estos relatos y de sus personajes. El arquetipo nació por algo, y aquí funciona con diligencia con sus duelos, sus secuestros, sus persecuciones, sus intrigas de palacio, sus traiciones y sus huidas, todo lo que sirve para que el protagonista, un joven oficial de la corte de Versalles del monarca Luis XIV pueda demostrar sus habilidades con la espada y, por supuesto, los valores que se esperan del héroe. Lo dicho, no caben grises en este volumen porque este no era un tebeo pensado para que los hubiera, ni entonces, ni ahora, en una lectura posterior. En el fondo, es difícil resistirse a una lectura tan clásica, siempre y cuando tengamos asimilado lo que puede ofrecernos.
Gago se encarga del resto. Es importante, todavía más que con la historia, poner su trabajo en contexto, porque hablamos de tiras semanales que compaginaba con otros relatos, lo que hacía de los ilustradores de entonces auténticas máquinas de producción. Sin olvidar, por supuesto, el reducido espacio que tenían para trabajar. Gago, como era habitual en la época, trata de ahorrar tiempo y trabajo en los fondos, pero no resta un ápice de dinamismo y carisma a sus figuras, que al final es lo que nos importa en este formato. Se trata de que vivamos los duelos a espada, que entremos de lleno en las intrigas que plantea la historia y que el contexto nos venga dado más por los detalles, por las espadas, por la ropa, más que por opulentos y detallados escenarios que vemos con cuentagotas. Gago logra, como lo hizo siempre, que los personajes tengan vida y que las historias sean tan dinámicas como cabe esperar de ellas, y por eso la lectura hoy de El Espadachín Enmascarado es deliciosa, porque tiene el sabor a otro tiempo, cuando el cómic se hacía de otra manera, ganándose ya el derecho a que ediciones de mayor calidad y tamaño como esta salvaguardaran el legado de unas precarias revistillas que forman parte de la historia del cómic español, por su fondo y por su forma.
El contenido extra lo forman una introducción de Eduardo de Salazar y las cubiertas originales.
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