Título original: Spider-Man 2.
Director: Sam Raimi.
Reparto: Tobey Maguire, Kirsten Dunst, Alfred Molina, James Franco, Rosemary Harris, J. K. Simmons, Donna Murphy, Daniel Gillies, Dylan Baker.
Guión: Alvin Sargent.
Música: Danny Elfman.
Duración: 122 minutos.
Distribuidora: Sony.
Estreno: 30 de junio 2004 (Estados Unidos), 14 de julio de 2004 (España).
Dejando a un lado un ligero problema con el uso del tiempo, Spider-Man 2 puede presumir de ser la secuela perfecta. Mejor que la ya notable cinta original (aquí, su crítica) en todos sus aspectos, continuación directa de la historia, sobresaliente adaptación del original de cómic incluso tomándose algunas licencias evidentes y necesarias para la construcción de los personajes, de una duración adecuada y con un reparto muy completo. No es nada descabellado decir que, una década después de su estreno, sigue siendo una de las mejores películas de superhéroes que se ha realizado, y eso es gracias a la extraordinaria forma en la que Sam Raimi entiende el personaje. Hay que insistir en que no es una fotocopia del tebeo, ni de las primeras historietas de Stan Lee y Steve Ditko ni de ninguna otra etapa. El director y su equipo cogen elementos sueltos de la mitología de Spiderman, de una y otra época, las colocan en una batidora y sueltan una versión del personaje icónica y compleja, con los toques más evidentes del cine de Raimi (su humor e incluso la lectura de los códigos del género de terror con el despertar del Doctor Octopus), con el aspecto de un blockbuster espectacular y con una espléndida historia de fondo.
Spider-Man 2 se sustenta en cuatro grandes temas. Por un lado están los problemas de Peter Parker (Tobey Maguire), causantes de una tensión emocional que suprime de forma aleatoria y temporal sus poderes de Spiderman, haciendo que se replantee su carrera como vigilante enmascarado (haciendo un bellísimo homenaje a Spider-Man No More!, la mítica historia del número 50 de The Amazing Spider-Man). Por otro, la poéticamente trágica historia del villano, un Doctor Octopus formidablemente interpretado por Alfred Molina, alejado totalmente del arquetipo de villano habitual en el género para dar vida a un personaje complejo y fascinante, motor indudable de la historia y de la conexión de Peter con el heroísmo y con la ciencia. En otro punto entra en juego la venganza que Harry Osborn (un espléndido James Franco, el retrato puro de la obsesión más desesperada) quiere emprender contra Spiderman, al que considera causante de la muerte de su padre, como se vio en el final del primer Spider-Man. Y, finalmente, está la inagotable historia de amor entre Peter y Mary Jane Watson (Kirsten Dunst), espléndidamente relacionada con la vida del propio Spiderman.
En otras palabras, hay historia. Spider-Man 2 no es una película hueca de contenido, como a veces se empeñan en ser los blockbusters veraniegos y las adaptaciones de cómic, y aunque juega con incontables referencias a las viñetas (el cariño de Betty Brant por Peter, el impagable J. Jonah Jameson de J. K. Simmons, la extraordinaria escena en la que la tía May de Rosemary Harris coquetea con el secreto de su sobrino, la presencia del coronel John Jameson…) no las utiliza como una biblia intocable. Las escenas de acción son espléndidas y sirven a la historia. Destaca la pelea entre Spiderman y Octopus sobre el metro de Nueva York, excepcionalmente resuelta a todos los niveles, espectacular sin necesidad de recurrir al artificio a veces absurdo de la cámara lenta y con un gran uso de los efectos digitales. Puestos a encontrar otro problema a la película, hay un exceso de Peter Parker sin la máscara, provocando que medio Nueva York conozca de hecho la identidad secreta de Spiderman o, al menos, su aspecto. Pero Raimi sabe aprovechar tan bien esos momentos en que Spiderman queda expuesto que no se le puede reprochar ninguna de esas escenas, sin apuntar nada más para no desvelar las sorpresas de la película.
Se nota mucho que Raimi se siente liberado sin la necesidad de contar el origen del personaje y consigue sacar lo mejor de sí mismo y del personaje en la segunda parte de su trilogía, algo ya muy habitual en las sagas modernas y que le sucedió al X-Men de Bryan Singer o al Batman de Christopher Nolan. Eso le permite introducir muchos elementos en la película (algunos derivados del primer filme para completarlo, otros apuntando futuras líneas argumentales) sin necesidad de que se vean atropellados y creando exactamente lo que necesita una saga cinematográfica, un universo propio que sea fiel al de los cómics pero con sus propias soluciones. Raimi dio en el clavo para crear una versión de Spiderman trepidante, divertida, trágica y brillante, una espléndida combinación entre lo que se puede esperar de una película de superhéroes, del actual cine espectáculo y, por qué no decirlo, de una fantástica aventura de un joven con problemas, marca ineludible del Marvel de los años 60 que sigue teniendo plena vigencia en el siglo XXI. Spider-Man 2 es una de las películas de cómic que mayor grado de empatía puede generar en el espectador y eso la convierte en una cinta sencillamente espléndida.