Guión: Neil Gaiman.
Dibujo: Jill Thompson y Vince Locke.
Páginas: 256.
Precio: 17,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Mayo 2014.
Una de las cualidades más admirables del Sandman de Neil Gaiman es la habilidad con la que el británico va dejando elementos que luego recupera, vuelve a utilizar o les da una interpretación diferente. Vidas bevres, el séptimo de los diez volúmenes de la colección, es un ejemplo perfecto de cómo desarrolla esa característica. El desaparecido hermano de los Eternos y el joven Orfeo, hijo de Morfeo son dos de los ejes fundamentales en torno a los cuales pivota este relato. De nuevo uno con aspecto autoconclusivo, uno que se puede leer de forma independiente, pero que está enormemente vinculado a acontecimientos ya narrados con anterioridad. Es una de las exquisiteces de Gaiman, que hace que el lector se zambulla en lo que pretende mostrar sin darse cuenta hasta que ya es demasiado tarde y ha caído en su trampa. Consigue con una asombrosa facilidad que se empatice con Sueño, aunque sus sensaciones y sus decisiones parezcan contradictorias. Y dota de un encanto especial a todos los personajes, por opuestos que sean entre sí. ¿Cómo si no entender la fascinación que provocan por un lado Delirio, la aniñada hermana de Morfeo, y el perro Barnabas? Muy fácil, porque Gaiman fabula como nadie con una voz terriblemente contemporánea, para la época y para la actualidad.
El mundo de Sandman es cambiante. Es otra de las características que hacen de esta serie algo especial. Vidas breves es la historia de un viaje, pero Gaiman se aleja en todo momento de una estructura sencilla y lineal. No es un viaje con su comienzo y su final. Los objetivos no son siempre los mismos. Y el comienzo, aunque sea contradictorio, tampoco es el comienzo. El autor británico siempre consigue que en todos sus personajes haya un bagaje previo, una mochila cargada de sensaciones y recuerdos, y por eso logra una intensidad enorme y brillante cuando cada uno de los personajes ha de afrontar momentos decisivos. Tanto da que sea un momento de lucidez de Delirio o la promesa que rompe Morfeo para volver a ver a su hijo, que tenga relación directa con la trama principal del cuento que está narrando Gaiman en este momento o si está ligado a algo que ya ha sucedido o que todavía está por acontecer. El relato es un juego envolvente del que resulta imposible escapar. Cualquier intento de hacerlo queda abortado no sólo por la astucia de Gaiman en el relato central, sino incluso por la deliciosa introducción de cada capítulo, unas breves frases que anuncian cada escena que acontece en el mismo y que incitan a seguir leyendo y a repasar lo leído.
No suele ser habitual que toda una historia de Sandman cuente con un mismo ilustrador, pero Jill Thomson dibuja los nueve episodios de Vidas breves, dándole una personalidad propia con respecto a otros volúmenes. Más anclado en la realidad probablemente, aunque con una diversidad paralela a la que plantea Gaiman en los escenarios en los que va desarrollando el viaje. Thompson dibuja con la misma facilidad el ambiente bucólico de la isla sin caminos en la que arranca y concluye el relato como el ambiente decante del interior del local de striptease o los particulares mundos de los Eternos. Imposible no detenerse en su muy atractiva versión de Muerte, que contribuye a que esta hermana de Morfeo siga brillando en cada una de sus apariciones en la serie, y también el esplendido efecto que consigue con la introducción de la lluvia. Sería inadecuado decir que Vidas breves consolida la genialidad de Sandman porque eso es algo que está conseguido desde el principio, pero si anteriores entregas demostraban la genialidad de Gaiman en el relato corto, éste pone sobre la mesa la enorme capacidad de su autor para construir piezas más largas con muchos detalles que sirven para cerrar tramas pero que no alteran la lectura sin haber pasado por ellas antes.
El volumen incluye los números 41 a 49 de The Sandman, publicados originalmente por DC Comics a través de su sello Vertigo entre septiembre de 1992 y mayo de 1993. El contenido extra del libro es una introducción de Jill Thompson, las cubiertas originales de Dave McKean y un portafolio de ilustraciones de Tony Harris, Colleen Doran, Gahan Wilson, Alison Seifer, Tom Taggart, Jill Karla Schwarz, Charles Veiss, Tom Canty, Dave McKean, Barry Windsor-Smith y P. Craig Russell.