Guion: Joan S. Luna.
Dibujo: Jordi Pastor.
Páginas: 144.
Precio: 18 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Agosto 2026.
Sigue habiendo temas que se consideran tabú y el suicidio es, seguramente, el mayor de todos. No porque no se hable de él o, mejor dicho, porque no se incluyan escenas de suicidio en historias de muy distintas temáticas, en ocasiones como sacrificio o como condena, sino porque el enfoque más realista queda en muchas ocasiones marginado a rincones más pequeños. Uno no sabe si Son cuatro días encaja bien en esa etiqueta, la de algo pequeño, pero cuando pasamos por la experiencia que narran Joan S. Luna y Jordi Pastor la sensación es abrumadoramente real, sincera, emocionalmente intensa. La clave está en que todo sucede en primera persona y desde el prisma del recuerdo y de cómo lo gestionamos con el paso de los años. No es la de Son cuatro días una historia perfecta, en el sentido de que el suicidio que presenciamos no es el de un amigo como no hay otro, ni hay una lucha intachable para evitar el desenlace. Todo es real. Las señales están ahí y nadie las ve, como pasa tantas veces en la vida real de la que la obra de Luna y Pastor bebe con descaro. La muerte no tiene un sentido, un propósito o una finalidad. Simplemente sucede. Y lo que nos cuenta la obra es, literalmente, cómo se afronta algo así, las dudas que genera, lo que el paso del tiempo hace a nuestros recuerdos. Tema tabú, sí, y sensible, pero tratado con una delicadeza espléndida.
Un viaje de estas características es evidentemente duro, pero también cercano, y ese es el mayor triunfo de Luna. Mezclando sus propios recuerdos con las conversaciones en las que habla con otras personas cercanas al protagonista ausente de la obra para comprobar cuáles son sus emociones con el paso de los años, el autor entabla una pelea consigo mismo, con la forma en la que afrontó aquel acontecimiento, con lo que vivió entonces y con el recuerdo que sigue viviendo en él. Por esa vía, habla de la muerte en abstracto, pero también en lo concreto, en lo que afecta al día a día, en lo que sigue presente en la vida de los demás cuando la de un amigo se ha apagado de manera voluntaria. Y la coralidad que acaba estableciendo a su alrededor, hace que veamos que la muerte no la encaramos todos igual. La de Son cuatro días es una historia sobre el suicidio, sí, pero también sobre la amistad vista desde un punto de vista parcial. No vemos a dos amigos en igualdad y equilibrio, vemos solo a uno de ellos lidiando con los sentimientos de la drástica decisión que toma el otro. Mezclar narración presente y flashbacks acrecienta la angustia de conocer un fatal desenlace mientras imaginamos qué podríamos haber hecho cualquier de nosotros para evitar esa situación. No hay respuestas válidas, hay sentimientos.
La delicadeza que tiene Son cuatro días para hablar del suicidio surge, obviamente, de la forma en que se cuenta la historia, pero también, y con mucha fuerza, del dibujo de Pastor. Y no tanto por su estilo, sino sobre todo por el enorme trabajo de color que hay en la obra. No hay nada casual en la elección cromática y, de hecho, impresiona bastante ver la montaña rusa emocional en la que nos embarca cuando va cambiando del verde al azul, con un hilo conductor rojo espectacular. La puesta en escena de Pastor, conjugando dibujo y color con una naturalidad sobresaliente, es digna de elogio porque genera en el lector la sensación de que esta historia tan aparentemente pequeña, y que sería anónima si el protagonista no tuviera el nombre del autor, se acabe convirtiendo en algo mucho más grande y universal. No quiere Son cuatro días que la veamos como una obra definitiva sobre el suicidio, tiene demasiados elementos personales como para serlo y funciona como una catarsis autoral y personal más que como una lección para cualquiera. No se trata decirnos cómo tenemos que comportarnos ante la muerte voluntaria de alguien cercano. Se trata de que entendamos el tema, las razones, las situaciones y que no estamos preparados para algo así. Por eso duele, pero por eso mismo es tan recomendable la lectura de Son cuatro días.
El único contenido extra es un epílogo de Agustín Bonifacio Guillén.
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