Guion: Borja González.
Dibujo: Borja González.
Páginas: 208.
Precio: 24,90 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Octubre 2026.
El cuento ya no es lo que era, pero eso no quiere decir que sea peor. Ha cambiado, ya no es tan directo, ya no es tan aparentemente infantil. Disney sigue viva, pero ya no es la única alternativa (en realidad, nunca lo fue) para encontrar mundos de fantasía. En esa premisa, que haya creadores como Borja González es mucho más que un simple soplo de aire fresco. Es pura vitalidad del género, si es que el autor se ciñe a un género, que no es del todo cierto. La reina de otoño es una obra cargada de simbolismo y metáforas, que habla de la vida real, por mucho que lo enmascare en la historia de una pretendida princesa no se sabe muy bien de qué a la que encuentran un lobo antropomórfico y parlante y un cerdo que no llega a tener rasgos humanos, pero que tampoco es un animal puro. La forma en la que González habla de emociones tan reales y cercanas abrazando a la vez un mundo de fantasía que funciona con una precisión endiablada a la vez que sencilla es una absoluta lección narrativa para cualquiera que sueñe con contar historias. Y eso es así porque las emociones traspasan la página con una facilidad que enamora. Es fácil ponerse en la piel de los protagonistas, pero más que en lo que les sucede lo hacemos con lo que sienten, con lo que afrontan. Es más fácil de leer que de explicar, pero la inmersión es tan absoluta que no queda más que aplaudir.
La reina de otoño tiene tantas virtudes que parece imposible desglosarlas todas ellas en unas pocas líneas. Quizá lo más llamativo es que su estructura es tan diferente e imprevisible que resulta imposible despegarse de lo que nos cuenta. Seguimos el camino que nos marca González y lo hacemos sin miedo, con ganas de descubrir que será lo siguiente. Vemos evolución en los personajes, seguramente no la que nos gustaría si esto fuera un cuento de buenos y malos, de personajes blancos y arquetipos de fábula, pero es una evolución que va marcando la construcción de un mundo tan hermoso como aterrador. Habla La reina de otoño del paso del tiempo, de la transformación de la persona, tiene moralejas y lecciones, pero tiene, sobre todo, sentimientos. No somos ahora las mismas personas que fuimos y no somos las mismas que seremos, el tiempo pasa inexorable y, a veces, sin que lo entendamos muy bien. Todo eso está en La reina de otoño, contado con elegancia, sin demasiadas explicaciones que desvirtúen su mensaje, entendiendo que el lector es inteligente y conectará con la historia y con los personajes cuando deba hacerlo. González no impone la empatía, la sugiere, la deja en sus páginas para que la recojamos con una elegancia inmensa y con un dominio del tiempo y del espacio que abruma.
Esto aplica al González escritor, pero sobre todo al dibujante. Mejor aún, al narrador gráfico. González no solo dibujo, cuenta una historia con sus escenas. Se podrá argumentar que eso es justo lo que hace cualquier cómic, pero hay narrativas y narrativas, y la del autor de La reina de otoño, aquí y en toda su obra, es soberbia. No necesita siquiera rasgos faciales para que entremos de lleno en la historia y, lo decíamos, en el caudal de emociones que despliega. En la fantasía, sobresale, porque tiene la enorme capacidad de generar atmósferas únicas, mágicas, por momentos sobrenaturales sin abandonar una cercanía necesaria para las pretensiones emocionales que tiene la historia. Y en los personajes genera tal carisma que resulta imposible no adorarlos desde el principio, incluso sin saber quiénes son o cuáles son sus intenciones. Hay tanto en la composición de página y en la elección del punto de vista de cada secuencia que eso no hace más que enriquecer los diálogos y la misma historia. Por eso, la lectura de La reina de otoño es, sencillamente, una delicia. Dicen en sus biografías que González es autodidacta, y eso hace que podamos pensar en lo innato que es el talento cuando se despliega de esta forma. Por eso La reina de otoño es un gran relato que se ejecuta con una maestría admirable y que merece ese aplauso del que hablábamos.