Guion: Vicente Cifuentes.
Dibujo: Vicente Cifuentes.
Páginas: 88.
Precio: 23,95 euros.
Presentación: Cartoné
Publicación: Abril 2026.
Estamos acostumbrados a ver a Vicente Cifuentes en mundos de fantasía y en thrillers intensos, por lo que quizás, y solo quizás, El semáforo pueda suponer un cierto choque para algunos lectores. El semáforo, con una metáfora bastante clara, habla de la vida cotidiana. Habla de sentimientos y emociones, de vida en pareja y de anhelos románticos, habla de las preocupaciones del día a día y por todo ello se convierte en un buen retrato de una realidad bastante cercana. Cifuentes crea la historia a partir de tres amigos que se identifican claramente al principio con los tres colores del semáforo, algo que, por si la metáfora no es lo suficientemente clara, refuerza mediante el color, y con ellos vamos viendo que esos colores cambian, que la vida no es estática. Y aunque sea con mucha sencillez y seguramente prescindiendo de otros elementos que puedan alterar el experimento, Cifuentes nos quiere dejar una visión optimista de la realidad y del cambio. No elude los momentos oscuros, pero no son los que muestra. Siendo un trabajo tan sencillo y honesto, lo que queda es un grito de cierta rebeldía, de ánimo hacia quienes no estén en el mejor momento. No le busquemos complicaciones, porque no las tiene. Solo las de la propia vida, las de las situaciones que nos toca afrontar para levantarnos un día más y seguir adelante.
La fortaleza de El semáforo está en la cuidada relación entre los tres amigos. Cifuentes parte de personalidades bien distintas, cubriendo espectros distintos de la sociedad actual y momentos emocionales diferentes para trazar lo que podríamos denominar un camino a la felicidad que, obviamente, no es el mismo para los tres, aunque acabe coincidiendo en muchos tramos. No hay, en realidad, demasiadas sorpresas precisamente porque el tono que asume el autor es nítido desde el principio. No es esta una historia de grandes giros argumentales, sí de reivindicación de una normalidad que sirve en pocas ocasiones de base para una historia y los cambios de los que hablan son anticipables e incluso bastante tradicionales en el camino vital que la sociedad actual marca. De esa manera, Cifuentes es un claro cronista de esa realidad que admite sinsabores, pero que busca quedarse, como dirían los Monty Phyton, con el lado luminoso de la vida. Y con un final abierto, claro, porque la vida sigue. El semáforo es una obra narrada desde un punto de vista masculino, en el que la mujer es un gatillo emocional sin jugar un papel más allá de eso. Lo que le importa al narrador es la relación entre los tres amigos, ellos representan los colores del semáforo y el resto es el contexto en el que van cambiando de un color a otro.
Cifuentes honra su propia metáfora a través del color, ya lo hemos indicado, y lo hace desde tonos cálidos, reforzando esa idea positiva que hay en su mensaje. Su retrato, como siempre, es igual de cercano y realista, lo que hace que sea sencillo ponerse en la piel de los personajes. Es cierto que la puesta en escena siempre ha sido importante para el autor en sus trabajos, muy llamativos siempre para la vista, y que aquí emprende un cierto cambio en ese sentido, apostando, como la misma historia, por la normalidad, por la calma, por la sencillez, alterado más desde lo cromático que desde las figuras que dibuja, dejando una sensación de lo más curiosa que invita a recorrer de nuevo sus páginas buscando esas pistas que el color nos deja una vez que hemos visto el devenir de cada uno de los personajes. El semáforo es una historia que podríamos considerar algo distinta de lo habitual en la trayectoria de Cifuentes, más emocional y menos efectista, sacándole de los géneros que habitualmente aborda con la misma sencillez con la que se plantea la historia de estos tres hombres, una que no busca dejar lecciones morales sobre lo que está bien y lo que está mal, pero que sí tiene una clara intención de dejar mensajes cargados de luz y optimismo, de esperanza en definitiva, aprovechando ciertos tópicos para darles una corteza de realismo.
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