Director: Mike Barker, Jamie Childs, Mairzee Almas, Andrés Baiz, Coralie Fargeat, Louise Hooper.
Reparto: Tom Sturridge, Boyd Holbrook, Vivienne Acheampong, Patton Oswalt, Jenna Coleman, Gwendoline Christie, Kirby Howell-Baptiste, Sanjeev Bhaskar, Asim Chaudhry, Nina Wadia, Dinita Gohil, Souad Faress, Clare Higgins, Mason Alexander Park, Ferdinand Kingsley, Donna Preston, Razane Jammal, Stephen Fry, Esmé Creed-Miles, Adrian Lester, Ann Skelly, Douglas Booth, Freddie Fox, Jack Gleeson, Ruta Gedmintas, Barry Sloane, .
Guion: Neil Gaiman, David S. Goyer, Allan Heinberg, Ameni Rozsa, Alexander Wise, Austin Guzman, Shadi Petosky, Jim Campolongo.
Música: David Buckley.
Plataforma: Netflix.
Episodios: 12.
Duración: 37 – 70 minutos.
Estreno: 24 de julio de 2025 / 31 de julio de 2025 (Estados Unidos / España).
Maldito seas, Neil Gaiman. Maldito, por dejar que las flaquezas humanas que han hecho de ti un monstruo real afecten a lo que podemos sentir ante cualquiera de tus obras. Maldito, por hacer que la mirada embelesada que teníamos todos por Sandman (aquí, reseña de su primer volumen), obra cumbre del cómic moderno, se haya torcido sin remedio. Maldito, por estar detrás de Sandman (aquí, crítica de su primera temporada), una serie de televisión bestial que capitula en su segundo año entre vaivenes de la crítica que nada tienen que ver con el producto final y que acelera el final para concluir en su segunda temporada cuando podría haber llegado mucho más lejos. Se ha dicho de manera oficial que la serie estaba pensada así, para concluir después de dos temporadas, y es cierto que esta segunda plantea el cierre desde el principio, pero cuesta creer que, después de tantos años y tantos intentos de erigir una serie sobre esta formidable aventura de cómic (una que originalmente tenía 75 números, no lo olvidemos), se deje caer en tan poco tiempo. Se agradece que haya una conclusión, que sea certera, que esté bien orquestada y ejecutada, pero duele que llegue tan pronto. El episodio final, de hecho, da la sensación de corresponder a una serie mucho más extensa que la que finalmente llegamos a ver, 22 episodios, más uno sin Sueño que adapta Muerte. El alto coste de la vida (aquí, su reseña).
La mayor parte de loe elogios que dedicamos a la primera temporada se pueden aplicar a esta temporada final. La serie goza de una belleza poética espectacular, tanto en su historia, contada y adaptada con un mimo exquisito, como en su puesta en escena, una que rinda una fantasía espectacular que va mucho más allá de lo que pretendía originalmente el cómic, uno que nunca brilló especialmente por un dibujo que buscara esas sensaciones tan hermosas como hay en la pequeña pantalla. Sandman es la historia de Morfeo, y cada arco argumental nos va preparando para el final, eso es evidente, pero se echa en falta un recorrido mayor. Nada de lo que vemos falla, pero el cuerpo nos pide más. Más de un Tom Sturridge magnífico dando vida al Rey del Sueño, con una interpretación llena de matices dentro de esa hierática fachada que presenta, pero también con la magnífica aparición de Gwendoline Christie como Lucifer o con la magnética presencia de Jenna Coleman como Johanna Constantine y la química espectacular con el Corintio de Boyd Holbrook (¿nadie más imagina una serie protagonizada por ambos?), o, cómo no, con la elegancia de un Stephen Fry que en dos escenas que casi podríamos calificar de monólogos resume de una manera brillante lo que supone Sandman.
Viendo la serie, uno tiene la sensación de estar dentro de un mundo de fantasía espectacular, y puestos a encontrarle defectos, eso que parece un entretenimiento mundo en estos días, el CGI chirría un poquito, sobre todo al final (Goldie, esa pequeña gárgola dorada, nunca parece estar del todo integrado). Quien pretenda que el ritmo, la solemnidad o la filosofía de Sandman se considere algo negativo, o quien vea que en la segunda temporada hay flaquezas en este sentido con respecto a la primera, quizá tendría que revisar el material original, porque Sandman apuesta por estas ideas. Podemos debatir todo lo que queramos sobre la interpretación de los personajes, sobre la necesidad de encontrar arraigo de género, de orientación sexual o de raza más allá de lo que presentó Gaiman en su cómic nacido en 1987, pero en el fondo este es un debate estéril. Si es cierto que puede despegar con cierta fuerza con la resolución, con el destino de Morfeo y con lo que pasa en el Sueño al final, pero tiene una lógica narrativa en la pantalla que tampoco se puede negar más allá de la imagen. Sandman cierra con el pequeño gran regalo de dar a Muerte, a Kirby Howell-Baptiste, su momento de gloria, una historia propia que sirve para engrandecer un universo magnífico. Sandman, pese a la vida real, es una joya de la que se habla menos de lo que merecería.
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