Guion: Angux.
Dibujo: Román López-Cabrera.
Páginas: 112.
Precio: 19,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Septiembre 2024.
Estamos en un punto que da la sensación de que un autor está siempre en una peculiar encrucijada: o cuenta lo de siempre mejor o peor, siguiendo los cánones establecidos, o se devana los sesos para encontrar, no ya una historia original, sino una forma distinta de contarla. Por las dos vías se pueden hacer buenos trabajos, por supuesto, pero el riesgo que tiene la segunda merece un sonoro aplauso, porque es lo que hace que veamos y entendamos lo difícil que es en realidad contar una historia cuando se quiere hacer bien, el trabajo que tiene detrás y la creatividad que necesita para ser desarrollado de esa manera. Cuando uno lee Malos tragos, las sensaciones son inmejorables. Lo que hacen Angux y Román López-Cabrera es contarnos, lo anuncian en la cubierta del libro, la vida de El Arropiero, el mayor asesino en serie de la historia de España. Primero hay que destacar la búsqueda de un caso que, a pesar de esa calificación, seguro que será desconocido para muchos lectores. Pero es que después hay que maravillarse por la manera escogida para dar vida al relato. No es un American Psycho, no es una biografía del sujeto en cuestión, sino que es una mirada hacia esa persona desde fuera, desde su entorno más cercano, desde su pueblo. Y lo coronan los autores además con una suerte de making of en forma de más cómic con invitados especiales de lujo.
Parece complicado no admirar por todas estas razones el trabajo de Angux. Su enemigo es la expectativa, claro, porque cuando alguien se asoma a una obra que dice hablar de un personaje concreto lo normal es que lo haga esperando algo más biográfico, más lineal. Y de eso no hay casi nada en Malos tragos. Pero con lo que sí nos ofrece, hay que quitarse el sombrero por lo atrevido. Y antes de nada, no ya por el enfoque general del que hablamos, ese que nos habla de El Arropiero sin darle apenas presencia en la obra (y, ojo, dársela de una manera brillante también), sino por la brillante e intrigante estructura en capítulos que tiene la obra y que arranca siempre con dos primeras páginas que manifiestan el enorme poder de la narración gráfica para hablar de una cosa sin haberla tocado siquiera. Malos tragos se convierte, en realidad, en justo eso, una tertulia al calor de unas copas que se van vaciando mientras la vida pasa delante de quienes las sujetan. Es inevitable sentir que Angux está contando mucho más que la vida de un asesino, que está retratando algo más que una serie de crímenes olvidados en la España del franquismo, y ese mencionado epílogo es la confirmación definitiva de esa idea. No es que sea la primera confesión sobre una obra en el mismo formato que se sirve, pero es una despedida maravillosa de un libro muy original.
López-Cabrera lleva ya tiempo mostrando una envidiable solidez en su dibujo, no hay más que ver La confesión (aquí, su reseña) o ¡Hay que arreglar lo de Dinamarca! (aquí, su reseña), pero sobre todo brilla por su versatilidad. Da igual el tipo de historia que tenga que dibujar, porque la entiende muy bien. En Malos tragos prima ese retrato social del que hablábamos, y la ambientación que proporciona a la historia ya desde la segunda página de cada capítulo es soberbia. Es muy estimulante ver que se puede contar mucho con la narración visual sin necesidad de rupturas radicales de la estructura de la página, al contrario, desde rejillas clásicas, y sobre todo mostrando una realidad muy cercana y palpable, por mucho que viajemos en el tiempo más de medio siglo para entrar en el entorno del personaje del que habla la historia. El retrato personal, en ese sentido, es uno de los grandes fuertes de López-Cabrera, y este trabajo le permite desarrollarlo muy bien, al tiempo que sabe sacar partido de momentos de impacto que, a priori, no podrían competir con la visión de unos asesinatos que el cómic se resiste a mostrar en esa apuesta arriesgada de la que hablamos. Hay que insistir en ello, Malos tragos es un portento de originalidad, pero también es una historia muy bien narrada, que encuentra un material muy potente y lo trata con gusto y talento.
El único contenido extra es una introducción de Fernando Llor.
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