Título original: Joker: Folie à Deux.
Director: Todd Phillips.
Reparto: Joaquin Phoenix, Lady Gaga, Brendan Gleeson, Catherine Keener, Zazie Beetz, Steve Coogan, Harry Lawtey, Leigh Gill, Ken Leung, Jacob Lofland, Bill Smitrovich, Sharon Washington.
Guion: Todd Phillips, Scott Silver.
Música: Hildur Guanadóttir.
Duración: 137 minutos.
Distribuidora: Warner.
Estreno: 4 de octubre de 2024 (Estados Unidos y España).
Hablando de forma muy genérica, podríamos decir que una secuela tiene dos grandes retos. El primero, resistir a la comparación con la historia original. El segundo, ser fiel a su espíritu. Con Joker: Folie à Deux falla en ambas, y más aún en lo segundo, aunque es lo que menos se puede hablar para no reventar las sorpresas de la película. El problema de la película de Todd Phillips es de enfoque. Su problema no es ser un musical, lo cual se acepta sin demasiados problemas desde la juguetona (pero injustificada) secuencia inicial, tampoco por colocar a Lady Gaga para hacer que esa idea inicial funcione sin tener demasiada idea de la necesidad de su personaje (por doloroso que eso pueda ser para los lectores de cómic y fans de Harley Quinn), sino en que todo, absolutamente todo, recae en el instante final de la película, Sobre mucho metraje para llegar hasta allí y, sí, las decisiones tomadas por el director cometen el enorme error de invalidar buena parte de lo que hemos visto hasta aquí, no solo en esta segunda película sino también en una primera (aquí, su crítica) que había conseguido suscitar una unanimidad casi absoluta a la hora de destacar sus virtudes. Hasta su incomprensible final, no es Folie à Deux una mala película, a pesar de sus defectos o de su excesivo metraje, pero sí podemos decir que es el resultado de decisiones como poco cuestionables.
La cuestión es que la secuela no es un avance en la mitología planteada en la primera película, sino un abierto retroceso. Eso, no obstante, es lo que nos llevamos al acabar la cinta. Durante la misma, hay algo que no cambia con respecto a Joker y es el poder de fascinación del que Joaquin Phoenix dota al personaje. Nunca es fácil sustentar una historia en un villano, y el mérito que tiene encontrar puntos de cercanía es formidable, aunque, insistimos, Phillips acaba demoliéndolos de una manera un tanto absurdo, más efectista que de buen narrador. Ya sabíamos que a Phillips no le importaba demasiado la letra del personaje en el cómic para crear su propio universo, pero realmente aquí cae en los errores que sí había logrado esquivar en la primera película. No tanto con el Joker, que también, sino con el personaje de Lady Gaga. Parece lógico buscar un perfil como el suyo si se quiere hacer una película musical, pero la interpretación que hace el filme de Harley es bastante floja, independientemente del esfuerzo que pueda hacer la actriz y cantante, que tampoco consigue una química envidiable con Phoenix, a pesar de los esfuerzos de Phillips por hacer que su personaje destaque en los planos de una manera casi siempre un tanto artificial. Todo lo que tiene que ver con Harley parece demasiado ingenuo o poco trabajado como para que nos lo creamos.
En realidad, eso sucede durante casi toda la película. Cierto es que se mantiene esa dicotomía entre la realidad y lo imaginado que funcionó bien en Joker, y que aquí se transforma en esas escenas musicales que son correctas, pero tampoco esencialmente carismáticas. No se puede dudar de que la puesta en escena del director es inquietante, y ayuda mucho a que nos metamos en la historia. Pero al margen de eso, ¿cuál es el mensaje real de la película? Eliminando la última secuencia, que hasta parece un inserto torpe de última hora para justificar no se sabe muy bien qué, ¿cuál era el propósito del director para hacer una secuela que en principio no quería hacer? Da cierta rabia que se haya optado por un propósito que hasta podríamos considerar cobarde cuando la valentía, debatible siempre, fue uno de los rasgos esenciales de la primera película. Insistimos, no es un producto de mala calidad en sí mismo, durante su visionado lo más censurable es que se alarga sin necesidad o que incluso hay secuencias que rozan lo repetitivo, pero es difícil de entender la película en sí misma, como conjunto y como continuación de la anterior. Folie à Deux defrauda por esta razón, porque tenía una muy buena base de la que partir y solo la aprovecha para el escenario judicial de la secuela, dejando pasar la oportunidad de afianzar algo muy personal.
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