Reparto: Iñaki Godoy, Emily Rudd, Mackenyu, Jacob Romero Gibson, Taz Skylar, Vincent Regan, Jeff Ward, Morgan Davies, Charithra Chandran, Mikaela Hoover, Gavin Gomes, Lera Abova, Joe Manganiello, Sendhil Ramamurthy, Callum Kerr, Julia Rehwald, Rigo Sanchez, Daniel Lasker, Yonda Thomas, Camrus Johnson, Brendan Murray, Werner Coetser, David Dastmalchian, Sophia Anne Caruso, Rob Colletti.
Plataforma: Netflix.
Episodios: 8.
Duración: 60 minutos cada episodio.
Estreno: 10 de marzo de 2026 (Estados Unidos / España).
Hay una sana intención de entretener en One Piece que no se puede pasar por alto. Sucedía ya en su primera temporada (aquí, su crítica) y se acentúa todavía más en la segunda, y no hay que pasarlo por alto porque es una serie que tiene notables dificultades para llegar a buen puerto, dificultades que casi parecen objetivas en un mundo, el del espectáculo, en el que el único baremo parece ser el dinero que se hace. One Piece ya afrontó en su estreno el reto de la caricatura casi literal para adaptar el manga de Eiichirō Oda, y ahora hace palpable el reto de expandir el universo que vimos en esos primeros episodios. De esta manera, en esta segunda temporada vuelve a brillar la presentación por encima del desarrollo, a pesar de que hay notables intentos de hacer que los protagonistas, la tripulación comandada por Monkey D. Luffy, protagonice avances emocionales. Es verdad que esas escenas están bastante supeditadas al espectáculo visual, centro de casi todo lo que ofrece One Piece y segmento en el que se aprecia la exageración visual y hasta formal de la serie, y que puede parecer incluso algo forzado, lo que hace que, de nuevo, destaque más lo que se aleja de esos protagonistas. Esa es la paradoja de One Piece, que sabe mantener al espectador implicado en una caza que no parece tener fin mientras ve brillar la novedad.
En este caso, y sin ir más allá para no destripar nada a nadie, lo que destaca es la historia de Chopper y el doctor, y de una manera evidente el largo flashback en el que se explica de dónde vienen. Si se mira fríamente, ese relato ralentiza la acción, despega el centro emocional de la serie de sus protagonistas principales y nos aleja de la trama central de una manera evidente, pero es el momento de mayor brillantez de esta segunda temporada en todos los sentidos, y sobre todo en la conexión emocional que exige la serie. Eso y los genuinamente divertidos momentos en los que las historias de piratas de mar cobran vida (la entrada en la Golden Line, deudora de la injustamente olvidada película de Dreamworks Simbad. La leyenda de los siete mares) es lo que sustenta con bastante firmeza lo que ofrece esta segunda tanda de episodios, en lo que se disfruta con sinceridad, con la adrenalina que requiere una historia de piratas conducida hasta la caricatura de acción más evidente. Eso sigue funcionando como lo hacía la primera temporada, demostrando sin miedo y sin complejos que se puede llevar a la pantalla, y más desde una óptica occidental, un manga como este sin traicionar su espíritu y apostando en ocasiones por una improbable literalidad que, hay que admitirlo también, en ocasiones hace difícil de creer lo que se está viendo.
Al final de la temporada, hay una cierta sensación de que el avance de la serie es menos fluido de lo que podría ser deseable. Eso no es algo negativo, pero sí, probablemente, la consecuencia de sentirse obligada la adaptación de One Piece a adaptar todo lo posible, de llegar a todos los rincones, de intentar hacer justicia a todos los personajes, no importa el tiempo que necesiten en pantalla. Y quizá por eso parece que se han ido sumando arcos sin que haya demasiada necesidad de pasar por todos ellos o incluso que sean, en realidad, meras anécdotas que sirvan para alargar la travesía y así poder sumar capítulos y capítulos a esta odisea pirata. Cuando uno mira el clímax de la temporada, y por tanto el cierre temático de lo que tendría que ser esta entrega, se da cuenta de que hay muchas tramas que no han tenido más trascendencia que la de sumar elementos o dejar puertas abiertas para el futuro. Puede que eso sea necesario en una serie actual, tal y como está montado el mundo del espectáculo, pero a la vez hace aparecer el riesgo de lo superfluo. One Piece no lo es porque siempre tiene la sana intención de divertirse y divertir, y eso es un valor sumamente apreciable, pero abre debates sobre las adaptaciones televisivas que es interesante abordar. Y, en este caso concreto, un gran e intrigante interrogante sobre lo que se puede de la tercera temporada.
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