Guion: Ángel de la Calle.
Dibujo: Jordi Sempere.
Páginas: 112.
Precio: 21,95 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Febrero 2025.
Hay un enorme problema en el momento actual que vivimos y hay que reconocer a Ángel de la Calle y Jordi Sempere, también a Anna María Ruiz en su trabajo de color, que han sabido entenderlo a la hora de crear La vida toda. Ese problema no es otro que la necesidad de polarizar que sienten determinados sectores a la hora de afrontar la memoria colectiva de la historia reciente, haciendo que las dictaduras parezca que no lo fueron, que los criminales se asemejen a patriotas, que las revoluciones sean terroristas en su concepción y que el odio cabalgue desbocado para hacer que, décadas más tarde, sigamos tirándonos piedras a la cabeza, si no algo peor. La vida toda es una historia humana, partamos de esa base, pero tiene una fuerte exigencia política. La historia solo se entiende si comprendemos el panorama político argentino de la segunda mitad del siglo XX y de lo que llevamos de este nuestro siglo XXI. Leer la obra sin ese contexto tiene menos sentido, y quizá por eso es recomendable leer antes que la historia el texto que le sirve de epílogo, una reconstrucción de todo lo que aconteció en esas décadas en Argentina, porque es Argentina la base emocional de todo. Y lo cierto es que la historia emociona, pero también obliga a pensar, a ponernos en la piel de sus protagonistas, a imaginar qué haríamos cada uno de nosotros en las situaciones que plantea. No es fácil, no. Ni ese hipotético juego, ni tampoco la misma obra en su lectura.
La vida toda es, por tanto, un dilema que De la Calle plantea al lector. No lo vamos a desvelar, porque su propia presentación no es inmediata en la historia y merece la pena sorprenderse como el protagonista cuando eso sucede. Pero sí podemos establecer que estamos ante una historia que ahonda en el pasado de Argentina, que habla de los desaparecidos por los que todavía se lucha y del impacto emocional que eso puede tener entre quienes consiguieron escapar. Habla de una manera muy sincera de la pertenencia a esa Argentina que buscaba sacar la cabeza del oscuro pozo en el que vivió en determinadas épocas, y ese corazón abierto que hay en la obra emana de sus propios personajes, de las decisiones que toman, de cómo hablan de ello… o de cómo no saben hacerlo. Es un trabajo de enorme sensibilidad en ese sentido, porque no excluye ni pontifica, no dice cuál es el camino correcto para asimilar sucesos que cambian la vida de cualquiera, simplemente expone para que el lector sienta con la intensidad que quiera hacerlo, coloca a todos sus personajes con elegancia como para dar una representación a todas las voces, pero sin parecer que lo esté haciendo con cuotas fijas y obligadas. Y quizá por eso durante la lectura puede costar que tomemos partido a este lado de la página. ¿Quién puede asegurar que hay un camino correcto cuando el mundo se derrumba?
Sempere, ron el espléndido trabajo de color de Ruiz para apoyarse y diferenciar las dos líneas temporadas que hay en La vida toda, firma un dibujo elegante y calmado, quizá dándonos a entender que hace falta esa comodidad visual para poder interiorizar las situaciones que nos está mostrando. El dibujante sabe desatarse cuando toca, y eso pasa en el tramo final, cuando todas las piezas tienen que encajar a ojos del lector, pero convierte el relato en algo que mirar desde la calmada mirada de su protagonista, casi como intentando esconder las emociones que no paran de brotar. El silencio es, en ocasiones, la vía por la que Sempere conecta a los personajes con el lector, y es un método de enorme elegancia, que nos pone en situación sin estridencias, sin influir en nosotros, mostrando una realidad que puede sernos ajena, pero que podemos comprender. La vida toda encierra mucha dureza, la memoria histórica tiene esa particularidad, porque habla de heridas que no se pueden cerrar del todo. Hablar de ellas con sinceridad, tanta como emana de esta obra, es el único camino posible y hay que felicitarse de que haya autores que lo emprenden con esta firmeza, sabiendo ser militante, humanamente militante, pero entendiendo que la memoria colectiva no puede ser un objeto arrojadizo. Y eso pasa por darnos cuenta de que esto no va de números, sino de seres humanos. Aquí es así.
El único contenido extra es un artículo final de Ramiro Manduca sobre el contexto de la obra.
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