Guion: Salva Rubio.
Dibujo: María Badía.
Páginas: 160.
Precio: 20 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Febrero 2026.
Hay un atrevimiento quizá hasta insensato en tratar de convertir Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba en una sola historia. También en tratar de heredar la voz de un gigante de las letras como fue Federico García Lorca. Lorquiana es ambas cosas porque esa es la voluntad de Salva Rubio y María Badía. Y lo excepcional de la obra es que sí consigue ser heredera del espíritu de Lorca. No merece la pena entrar en un debate comparativo porque no hay por qué hacerlo. Lorquiana no quiere ser Lorca. Quiere honrar su legado desde un respeto espectacular y haciéndonos sentir que la obra del poeta granadino sigue teniendo vigencia. Su España, sus mujeres, sus ideas y sus luchas. Lorquiana duele, porque causa dolor ver a mujeres oprimidas como, sí, lo siguen estando en ciertos ámbitos y en ciertas circunstancias de nuestro día a día. Lorquiana impresiona, porque es impresionante la fuerza que tuvo que tener la mujer en situaciones como las que narraban las tres obras de Lorca, y más aún si se pretende hacerlas formar parte de un mismo arco vital. Y Lorquiana, es lo que busca, se acerca a ese sentir de Lorca a la hora de contar una historia y, por esa misma vía, hablar del mundo que le rodea. Puede que el nuestro haya cambiado en muchas cosas, pero es fascinante ver cómo Rubio y Badía han encontrando resonancias para el lector contemporáneo.
Quizá en este punto sea necesario recordar que la ambición es un propósito, pero no tiene por qué marcar la experiencia de cada lector. Rubio es evidente que escribe una obra ambiciosa, aunque a la vez es perfectamente consciente de que su techo está (vocacionalmente, no es en absoluto un juicio de valor sobre su calidad como escritor, que es mucha) en terrenos muy distintos de los de Lorca. Parece evidente que cuanto más cariño se tenga a Lorca, cuanto mejor se comprendan las tres obras que engloba Lorquiana a su manera, cuanto mejor se entienda la España que quiso retratar, más disfrute habrá en la lectura de Lorquiana. Rubio no lo ha querido facilitar y, por tanto, no ha querido renunciar a que el lenguaje o los escenarios sean lorquianos. Si a alguien le produce aversión esa forma de hablar antigua, mejor que se lo piense dos veces antes de abrir el libro. Pero es que Lorca era esto, y Lorquiana no quiere ser menos. Y se agradece que Rubio sea ambicioso, porque Lorca no necesita actualizaciones. Desde luego, aquí no se siente como un proceso que hubiera ayudado a esta mezcla, una que resulta de lo más natural. Aunque no siempre es así, la mezcla de tres obras maestras redunda en una de mucha categoría, por lo que ambiciona ser y por lo que realmente es, con personajes apasionados y apasionantes en situaciones tan cotidianas como crudas.
Badía entiende igualmente el lenguaje de Lorca, su vínculo con el teatro, la expresividad que requieren las tablas, pero no renuncia a elementos que son propios del cómic, que ayudan a que las historias de Lorca, la de Rubio, abrace un lenguaje distinto que no quiere alejarse de su referente. Hay en Lorquiana un objetivo claro de transmitir emociones, y aunque el arte de Badía pueda parecer frío, con una temperatura que sube con la paleta de colores que utiliza y que sabe entender de manera individual para cada uno de los tres capítulos del relato. Impresiona que con tanta economía gestual pueda transmitir tanto y que con las miradas de sus protagonistas femeninas se consigue contar tanto. Qué retrato de mujer tan hermoso le ha quedado a Badía en Lorquiana, mostrando un respeto inmenso por la obra de Lorca y, a la vez, tratando de añadir algo a semejante legado. Puede que haya quien mire a Lorquiana por encima del hombro, pensando que ha buscado un imposible, pero el atrevimiento es un valor a tener en cuenta, sobre todo cuando se hace con reverencia, con elegancia y con inteligencia. De todo eso hay en Lorquiana porque esos mismos calificativos se los pueden apropiar con orgullo Rubio y Badía, que no han adaptado Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, pero contribuyen a que el lector profano las entienda y las aprecie en mayor medida.
El único contenido extra es un portafolio de bocetos de María Badía.
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