Guion: Susumu Higa.
Dibujo: Susumu Higa.
Páginas: 320.
Precio: 23,90 euros.
Presentación: Rústica con sobrecubierta.
Publicación: Enero 2026.
Las cifras hablan por sí solas. En la batalla de Okinawa murieron más de 250.000 personas. Fue uno de los acontecimientos más sangrientas de la campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, y eso hace necesario que volvamos la mirado hacia lo que sucedió allí, por mucho que el Holocausto judío, la invasión nazi o el bombardeo de Pearl Harbor se lleven siempre los focos del relato histórico de la guerra a mayor escala vivida por la humanidad. Okinawa. El viento habla no es tanto un relato de los combates, sino más bien de las consecuencias. A Susumu Higa le interesa lo que la parte bélica provocó en las personas. Y no deja títere con cabeza en los siete relatos que componen esta antología, que hielan la sangre solo de pensar que tienen una base real, documentada de hecho al final de cada uno de los episodios. Esto pasó, aunque tuviera mil licencias artísticas en el trabajo de Higa, y por eso Okinawa es tan duro de leer, pero a la vez atrapa de una manera férrea, haciendo que no queramos salir de este mundo hasta que sepamos lo que sucede en cada una de sus secuencias. Y eso es, sencillamente, porque Higa entiende la realidad, comprende a sus personajes y no deja que la guerra se asome a lo que nos está contando con esa frialdad numérica de la que hablábamos al principio.
Si uno no es lo suficientemente ingenuo, asume desde el principio que la guerra es la mejor oportunidad de que aflore lo peor de la naturaleza humana. Por eso en Okinawa vemos un desfile interminable de personajes despreciables, desde los soldados americanos que campaban a sus anchas violando mujeres y niñas hasta fanáticos japoneses que no dudaban en explotar el poco mando que tenían para sacrificar civiles para cumplir órdenes de lo más discutible. Pero en el fondo Higa quiere ser optimista. Sí, es difícil serlo en este escenario de miseria y horror, pero busca historias en las que haya víctimas con las que empatizar y finales en los que sentir cierta esperanza. Eso no hace menos duro el relato, los relatos, pero sí nos invitan a pensar en que podemos ser capaces de aprender de los gigantescos errores que siempre conlleva una guerra. El mensaje antibelicista está claro, pero no es maniqueo gracias a una manera de narrar que sabe conjugar lo documental con lo humano. Okinawa impresiona porque sabe leer la realidad pasada y nos deja lecciones de enorme humanidad para el futuro. Okinawa habla de justicia, pero también de venganza, habla de personajes que se levantaron contra las atrocidades, pero también de quienes sucumbieron ante ellas. No es un manga de fácil digestión, no, pero tiene un valor histórico enorme y una narración muy valiente.
En el dibujo de Higa predominan figuras más o menos rígidas y eso, cierto es, deja una sensación algo extraña en un primer vistazo, como si les faltara algo de movimiento. Según vamos pasando páginas, no obstante, esa manera de encarar la historia parece la adecuada, en el sentido de que supone un fiel reflejo de la cultura japonesa y un contraste absoluto entre las figuras más violentas y belicistas que aparecen en la historia y quienes sufren los rigores de la guerra. Okinawa. El viento habla se refiere precisamente a eso, es el punto central de la antología, y por eso la manera en la que Higa dibuja estas historias tiene todo el sentido, en un blanco y negro que le da además un cierto toque documental, incluso aunque utilice con frecuencia onomatopeyas que conjugan una cierta grandilocuencia y un encaje bastante elegante en las viñetas. Quizá lo menos logrado está en el parecido que hay entre muchos de los personajes, una cuestión que tiene más que ver con el uso de detalles para diferenciarlos que por cuestiones étnicas, pero el hecho de que sean historias cortas permite que haya un ritmo de lectura lo suficientemente alto como para que este detalle sea menos. Y como lo que cuenta Okinawa. El viento habla es tan contundente, tan duro, tan aleccionador y tan antibelicista, es imposible que nada nos saque de la total inmersión que requiere la lectura.
El contenido extra lo forman un epílogo de Susunu Higa y otro de Shinako Oyanawa.
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