Director: Rupert Sanders.
Guion: Zach Baylin, William Schneider.
Reparto: Bill Skarsgård, FKA Twigs, Danny Huston, Laura Birn, Solo Uniacke, Josette Simon, Trigga, Karel Dobrý, Sami Bouajila, Isabella Wei, Jordan Bolger, Dukagjin Podrimaj.
Música: Volker Bertelmann.
Duración: 111 minutos.
Distribuidora: TriPictures.
Estreno: 23 de agosto de 2024 (Estados Unidos), 30 de agosto de 2024 (España).
Cuesta encontrarle los méritos a la resurrección cinematográfica de El Cuervo. Cuesta porque han sido casi dos décadas de lucha legal para que esta película sea una realidad y es difícil entender que se haya hecho de esta manera. No duele la reimaginación, no, las obras están vivas, los personajes también, y se pueden actualizar de muchas maneras, hay incontables ejemplos en los que ese proceso no ha hecho más que enriquecer la franquicia. Pero El Cuervo de Rupert Sanders no consigue nada de eso, sino que se escapa de la línea marcada por la icónica novela gráfica de James O’Barr y la más que apreciable adaptación de la misma que hizo Alex Proyas en 1994 (aquí, su crítica), cuando las adaptaciones de cómic empezaban a dar los primeros pasos serios en la gran pantalla. No hay nada en la película que nos haga sentirnos partícipes de la violenta cruzada de su protagonista, nada que haga entender que hay en esta historia un amor tan profundo que pueda desafiar a la muerte, nada, siquiera, que sostenga la necesidad de eliminar a un villano al que se intenta dar minutos en pantalla sin que tenga nada que ver con la trama, como para destacar lo malísimo que es y lo justo que sería acabar con su vida. Más que el nombre, no hay mucho de El Cuervo, el cómic (aquí, su reseña), en El Cuervo, película de 2024.
En esta reimaginación, que no realmente un remake, se apuesta por contar el origen completo de la historia de amor de Eric y Shelly, y esa decisión es lo que acaba arruinando en buena medida el castillo de naipes que es la película. Es difícil sostener el amor puro que hace regresar a Eric de entre los muertos cuando lo único que vemos en la pareja es un largo pasaje hedonista y despreocupado, incluso cuando ambos son conscientes de la vida de Shelly está en peligro. Sexo, drogas, música y fiesta son sus únicas preocupaciones en una casa que aparece por arte de magia, sin mayores explicaciones, como casi todo lo que va sucediendo en la película. No hay poso en el duelo contra el villano, tampoco en la filosofía que quiere encerrar esa antesala al mundo de los muertos que plantea, y es difícil entender que en lugar de un cuervo haya docenas de ellos, salvo por el hecho de que intenta imitar el efecto de los murciélagos que Christopher Nolan usó para Batman Begins (aquí, su crítica). Al Cuervo de Barr, al de Proyas, le movían el amor y la justicia, pero es difícil ver ambas motivaciones en la película de Sanders, por muy siniestra que se quiera hacer la indefinida figura que interpreta Danny Huston con rasgos casi tendentes a la caricatura más propia de una vieja película de serie B que de un intento serio de revitalizar una franquicia.
Las decisiones visuales que se toman para dotar de identidad propia a esta película tampoco parecen las más acertadas para apuntarla los cambios que hay en el relato con respecto al cómic y a la película de 1994. La modernidad de convertir a Eric en un tatuador puede sonar estupenda en la mente de cualquier diseñador de producción, pero en el fondo no hace más que ralentizar una misión mucho más primaria. El corte de pelo se entiende para marcar diferencias, pero en el fondo desnaturaliza el icónico diseño del cómic. Y la violencia que contiene el filme se hace innecesaria desde el mismo momento en el que este vengador se lanza a una serie de asesinatos absurdos para llegar a su objetivo final, uno que no conoce, al que nunca ha visto y que, por tanto, adolece de la mística que había en la salvaje felonía del original. No hay mucho de El Cuervo en esta película, más allá de aprovechar el nombre y lo más básico de su historia, lo que hace que sea una adaptación fallida, pero es que tampoco hay una historia sólida que contar, por mucho esfuerzo que le ponga Bill Skarsgård por añadir un icono más a su filmografía. Él es, probablemente, lo más rescatable de una película que, derrotado en la comparación y lejísimos de los méritos del gótico filme de Proyas, se asoma con enorme facilidad al abismo del olvido.
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