Guion: Beto Hernández.
Dibujo: Beto Hernández.
Páginas: 196.
Precio: 24,90 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Noviembre 2025.
A veces es complicado definir las historias, incluso encontrarle el encaje necesario en el que tienen que existir, y quizá eso forme parte de su propia grandeza. Ante Río Veneno, uno no sabe si Beto Hernández ideó esta parte del viaje para que la leyéramos después de Palomar (aquí, reseña de su primer volumen) o si, simplemente, se dedicó a abrir puertas para que las fuéramos abriendo según nos viniera en gana o según el azar hiciera que sus libros cayeran en nuestras manos. Da igual, porque la cronología se va estableciendo sola y la realidad es que la lectura es perfectamente intercambiable. Las sensaciones serán distintas, claro, en función del conocimiento a la ignorancia que tengamos de los personajes, especialmente de Luba, pero Beto Hernández ya lo ha dejado todo en nuestras manos. Lo que sí está claro es que lo suyo es perseguir un realismo mágico que no lo sea, que se acerque más a la realidad, por mucho que lo que mueve en el lector se acerque mucho a lo que promovían los escritores de comienzos del siglo XX que instauraron este movimiento. Y desde ese realismo, Río veneno es una obra curiosa, porque sabe jugar también con un cierto distanciamiento, precisamente para que seamos nosotros los que vayamos construyendo la parte más emocional de un viaje que nunca se acaba.
Con esa etiqueta que hay en la portada del libro, Más allá de Palomar, la obra de Hernández queda bien definida. ¿Hay que leer Palomar para entender lo que paaquí? En realidad, no, porque la cronología coloca Río Veneno antes que la obra ya mencionada, pero el orden hace que la lectura sea distinta. Con eso por delante, podemos hablar de las virtudes de Río Veneno como lo hicimos con Palomar, se mantiene esa mezcla entre una búsqueda de lo cotidiano desde situaciones difícilmente creíbles que caracterizaba a la obra anterior, se mantienen temas como la familia, el poder o el deseo. Se habla de muchas cosas, sin que ninguna de ellas llegue a dominar del todo la historia, porque de lo que se trata es de ver cómo va fluyendo todo, sin un final determinado de antemano, a pesar de que la historia tenga que entroncar con aquella. Hernández tiene esa habilidad, la de hacernos descender por el curso de un río aparentemente manso, pero en el que no dejamos de encontrarnos con recodos y corrientes que pueden alterar no solo lo que estamos viendo en ese momento, sino todo lo que está por venir. No predice, no sentencia, pero todo está presente para quien lo quiera entender, quizá no en una primera lectura, quizá no sin conocer aquello en lo que desemboca, pero siempre con la claridad de un buen relato.
La frialdad de la que hablábamos, algo ficticia, pero a la vez palpable, proviene de un dibujo que tiene mucho de expositivo. Y ojo, eso no es algo negativo, ni mucho menos. No se puede decir que no haya emociones en el estilo de Hernández, y de hecho es fascinante ver ese desarrollo a través del sexo que hay presente en Río Veneno, pero queda un poco a la voluntad del lector en muchos momentos, sobre todo en secuencias en las que el diálogo impera por encima de cualquier otro aspecto de la narración. Es una forma muy interesante de contar la historia, porque Hernández deja libertad al lector para interpretar lo que está viendo, lo que sucede por debajo, o quizá únicamente sea la sensación de libertad y en el fondo nos tiene atrapados por completo. Lo que sí se puede decir es que el blanco y negro es perfecto, y le sirve incluso para crear las portadillas de cada capítulo dando más poder a la oscuridad que a las luces, quizá anticipando cosas que están por venir. Río Veneno es un viaje, es una experiencia y es un documento. Por sus páginas se mueven personajes a los que podemos tocar y con los que podemos sufrir. Y esas son razones más que suficientes para dejarnos llevar por este mundo y su creador, aquí en esta parte de la historia y en Palomar, en realidad donde quiera un Hernández que narra francamente bien.