Guion: Susumu Higa.
Dibujo: Susumu Higa.
Páginas: 504.
Precio: 24,95 euros.
Presentación: Rústica.
Publicación: Junio 2025.
Hay en Okinawa mucho dolor. Muchísimo. Y eso coloca a la voluminosa obra de Susumu Higa en el rincón de las historias que cuesta releer por la herida que dejan abierta cuando nos asomamos a ella por primera vez. Decir en todo caso que no se va a volver a Okinawa es una temeridad absoluta, porque su propuesta es fascinante. Lo son, en general, muchas de las historias que se asoman a la Segunda Guerra Mundial, porque de alguna manera nos resistimos a creer que semejantes atrocidades se cometieran en una época tan cercana, pero mucho más cuando la aproximación es tan elegante como la de Higa. La suya se divide en dos partes, La espada de arena y Mabui. En la primera, vemos el Okinawa de la Segunda Guerra Mundial, aquel en el que las tropas americanas llegan a la mayor de las islas de Japón con la bandera del vencedor de una contienda como aquella. En la segunda, vemos las consecuencias que aquello sigue teniendo en el mundo actual. Y aunque es más llamativa la primera, la segunda resulta hasta más inteligente y compleja de construir, precisamente porque el lector espera de Okinawa un relato puro de la Segunda Guerra Mundial. Lo es en esencia, pero no en escenario, y eso hace que Higa se muestre como un autor versátil, capaz de tocar muchas historias que están relacionadas pero que no son lo mismo.
Es tentador emparentar el trabajo de Higa con trabajos como la monumental Pies descalzos (aquí, reseña de su primer volumen), pero hay muchas diferencias entre esta y la obra de Keiji Nakazawa. Para empezar, la que ya hemos comentado, la de asomarse a dos escenarios temporales y hacerlo además desde breves historias que cobran vida propia dentro del conjunto, pero que a la vez se entienden de manera individual como pequeños retratos de una realidad aterradora. Okinawa es guerra, sí, pero también y sobre todo sus consecuencias a todos los niveles. Es un conjunto de relatos de enorme humanidad, de una cercanía apabullante y de una realidad atronadora. Okinawa, lo hemos dicho, es una lectura dolorosa por todo lo que cuenta, por un retrato brillante de la humanidad, de lo que es capaz de provocar a sus semejantes, y es una historia de supervivencia. Habla de lo que hay que hacer en situaciones límite, habla de cómo se encara una guerra y lo que viene a continuación. Es un fresco local, sí, pero de emociones tremendamente universales, con las que no podría ser más sencillo conectar. Se puede echar en falta lo que ofrecía Pies descalzos, un personaje de protagonismo claro al que seguir durante toda una epopeya, pero Okinawa ofrece otras cosas a cambio. Desde su idea coral, habla de otra manera sobre el mismo tema.
Aunque no renuncia a la fidelidad de los escenarios, a las sensaciones más realistas en la captura de los rincones en los que se van sucediendo sus historias, Su apuesta visual es por la claridad antes que por el detalle, Higa necesita que entendamos a los personajes, lo que están sintiendo en cada momento y pone en ellos el esfuerzo principal de su composición, pero sin recrearse, sin artificios, casi como un cronista que, simplemente, se dedica a dibujar lo que está sucediendo en cada momento. Es curioso comprobar que así, con esa técnica, entabla una relación tan interesante con la verdad. Hay verdad en sus personajes, en sus expresiones, en su lenguaje corporal, en lo que hace y en cómo reacciona, y la hay en el marco en el que acontece todo, alejándose eso sí de la postal. No habría tenido mucho sentido que Okinawa fuera un fresco turístico por el tono que tiene y por las ideas que transmite, y sin embargo se tiene la sensación de conocer la isla un poco más a través de los dibujos del manga. No es Okinawa una lectura jovial, ya lo hemos dejado claro, no es probablemente un manga que cojamos alegremente de la estantería cuando queramos revisitarlo, pero Higa consigue que padezcamos junto a sus personajes, que suframos con ellos, que vivamos y que sintamos la presión bélica sobre nuestras mismas entrañas. Y eso no es fácil de conseguir.
Seirinkogeisha publicó originalmente Suna no tsurugi y Mabui en 2010.
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