Guion: Martí.
Dibujo: Martí.
Páginas: 64.
Precio: 18,90 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Abril 2025.
No es nada sencilla la lectura de una obra como Dr. Vértigo, del tristemente desaparecido Martí Riera, pero no porque está al alcance solo de lectores eruditos o porque tenga una complejidad fuera de lo común. No, lo que sucede es que aborda de una manera tan extraordinaria los temas que toca que nos lo hace pasar francamente mal a este lado de la página. Habla de salud mental cuando este tema era algo que nadie se planteaba como algo que no fuera tabú, no olvidemos que esta obra se publicó a finales de los años 80. Habla de violencia psicológica contra la mujer cuando eso no podía pasar de cuatro habladurías mal contadas que solo servían para culpabilizar a la mujer. Y habla de profesionales dispuestos a todo para aprovecharse de sus pacientes, habla de violaciones, no hay por qué esconder la palabra, y de tratamientos encaminados a sacar tajada de una debilidad mental concreta. Y por eso Dr. Vértigo, que entonces debió de ser algo fascinante, hoy sigue siendo una obra madura y moderna, por mucho que hayan pasado ya casi tres décadas desde que Martí se puso manos a la obra para construirla en El Víbora. Todo es muy duro en estas páginas, por mucho que el autor revista la historia de un alto grado de psicodelia, algo que nos viene dado desde su misma portada.
La estructura en episodios que tiene Dr. Vértigo es algo que, aunque no estuviera pensado con fines narrativos y de lectura, ayuda a que la obra sea tan especial. Cerrar capítulos, momentos concretos, secuencias que se extienden durante unas pocas páginas para después dejar espacio a la imaginación es algo que le sienta muy bien. Y es que Martí acierta con temas muy sensibles e ideas muy valientes. La suya es una historia muy psicológica, y da igual que lo que leemos tenga una base científica real o no, porque es creíble en la misma narración y eso es algo que ayuda y mucho a que nos sintamos constantemente empujados a pasar páginas. Martí hace que queramos saber qué le va a suceder a Alicia, una treintañera que no es feliz en su matrimonio, cuyo marido tiene una aventura y con un único rincón de libertad que es a la vez su más oscura prisión: su casa. Desde ahí, la historia se convierte en un trauma psicológico, con elementos de clara perversión sexual, con tintes religiosos en las visiones, con muchos elementos a analizar y con un desarrollo cargado de imaginación que evita que la historia se quede en un plano teórico y adquiera las dimensiones de un viaje alucinógeno por la mente de la protagonista que nos ayuda a descubrir lo real que puede ser la situación que describe y la necesaria reivindicación social que esconde.
El dibujo de Martí encierra tantas cualidades que es difícil saber por dónde empezar. Es firme representante de un estilo de hacer cómic en España durante las décadas de los 70 y los 80 que se alejaba conscientemente de las fórmulas más comerciales, el que abanderaban revistas como El Víbora, pero es mucho más que eso. Hay en el diseño de Martí una imaginación sin límites, que se ve cuando tiene que dar vida a situaciones reales, en las que sabe jugar con la puesta en escena, con las sombras, con la expresividad de los rostros. Y cuando toca entrar en los terrenos de la mente, todo alcanza un nivel de locura espectacular, pero no solo en cuanto a lo que dibuja, sino incluso a la forma en la que construye las páginas. Dr. Vértigo es un pequeño gran portento, una de esas historias que se clavan en la memoria por ser tan dolorosas en su contenido y tan geniales en su ejecución. Y tiene una virtud esencial, que es la de ver lo que nos está contando con un color que no existe en las páginas en blanco y negro. Hay tebeos que da la sensación de que se conocen menos de lo que merecen, de que han llegado a menos lectores de los que sabrían sacar partido de lo que cuenta. Dr. Vértigo entra en esa categoría, y da igual que ya se conozca, que se haya leído antes o que se esté descubriendo ahora, el impacto emocional que provoca es alucinante.
Dr. Vértigo se publicó originalmente en la revista El Víbora en 1988.
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