Guion: Beto Hernández.
Dibujo: Beto Hernández.
Páginas: 144.
Precio: 26,50 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Mayo 2024.
Todo lo que lleve el apellido Hernández, sabe a gloria en el cómic. Las cosas, como son. Jaime, Mario y Beto, da lo mismo, aunque ahora, con este primer volumen de Palomar en las manos, el nombre del que tenemos que hablar es del de Beto. El de Palomar es un microuniverso de lo más curioso. No nos atreveríamos a hablar del realismo como su base inequívoca, pero al mismo tiempo negar que sus personajes podrían tener reflejo en el día a día de cualquier de nosotros, afortunados lectores, sería de una audacia notable. Y es que esa es la gracia de los Hernández, de Beto en particular, que habla de temas cotidianos, aunque para ello tenga que imaginar situaciones que rozan el surrealismo y que, por fuerza, tienen una fuerte base humorística que tampoco es capaz de perder de vista el lado más trágico de la vida. Con Palomar, como con casi todo lo que llevan estas firmas, tenemos la sensación de que hay una cronología que está por encima pero a la vez la sensación de que podríamos leer cualquier cosa, incluso el primer tebeo de este mundo, y sentirnos igual de arropados. Palomar es, por tanto, una obra curiosa, atrevida y divertida, muy difícil de encasillar, más que con referentes claros, que se podrían señalar, parte de una forma muy particular de entender la vida y la misma narrativa gráfica.
Hernández inventa un lugar que tiene que resultar conocido, y lo puebla de personajes que bien podrían estar presentes en una tragicomedia latina como en la más esencial obra del realismo mágico que pudiéramos imaginar. Es Palomar, y no podría ser otra cosa, precisamente porque lo que acontece en sus calles, en sus casas, entre sus gentes, tiene un poder hipnótico notable. La forma en la que Hernández plantea los hechos, a modo de pequeñas historias cortas más o menos cerradas intensifica la sensación de que estamos en un mundo aparte. Luego es con los diálogos y con la descripción de los personajes, con sus flaquezas, con sus debilidades, con sus caracteres y con sus decisiones, con lo que Hernández consigue que conectemos de manera irremediable con lo que estamos leyendo. Sí, tiene su toque de inverosímil, pero la cercanía es indudable. Ese es el camino de la contradicción que hace de Palomar un mundo muy atractivo, porque no hay nada previsible, nada que podamos anticipar con claridad. Luba es el personaje que nos engancha a todo esto, una mujer muy carnal, mucho, con una vida de lo más interesante y en un escenario que le es tan propio como ajeno. Otra contradicción más, que ese es el escenario en el que Hernández se mueve como pez en el agua.
Cuando hablábamos de un estilo de narrar, lo hacíamos también de su dibujo. Los Hernández han creado una narrativa muy reconocible, y Beto no se escapa de ella. Hay una mezcla de realismo y de caricatura según le convenga a la historia y a los personajes, pero también hay una forma muy clásica de narrar, con sus onomatopeyas tradicionales, con un humor gráfico claro y divertido, con una forma muy interesante de interpretar la vida, con caricatura, con slapstick y, sí, también con drama, porque también hay drama en Palomar. Todo cabe en esta estructura regular de página, con viñetas fijas, sin mover demasiado la rejilla, y todo cabe porque sus personajes son personas de carne y hueso a todos los efectos salvo por el hecho de que están creados con tinta. Es decir, no hay cánones de belleza para Hernández, y aún así juega con el atractivo de una manera clara. Y no hay una única forma de hacer reír, lo que aporta una imprevisibilidad evidente en la narración gráfica. Palomar se beneficia de todo esto para ser una de esas obras que no solo merece una oportunidad por parte de lectores bien distintos entre sí, sino segundas y terceras lecturas, en las que siempre vamos a descubrir algo nuevo. Un extraordinario tebeo en una muy buena edición que arranca con este primer libro. Beto Hernández en estado puro.
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