Guion: Charles Burns.
Dibujo: Charles Burns.
Páginas: 104.
Precio: 18,50 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Marzo 2024.
Hay una ironía deliciosa en comprobar que esta que tenemos en las manos de Skin Deep es la tercera edición en español de un cómic underground norteamericano. Es increíble el poder que tiene la globalización como concepto y aún más el cómic como medio de transmisión de historias. Si en su momento, cuando Charles Burns estuviera empezando en este del cómic, alguien le hubiera dicho que su obra suscitaba semejante interés en España seguro que habría sido capaz hasta de imaginar una de sus rocambolescas historias con este hecho. Que nadie busque demasiadas conexiones entre las tres historias de diversa extensión que forman Skin Deep, porque no las hay más allá de formar parte de un mismo universo y de ese chocante estilo entre el más puro surrealismo y la realidad más palpable. Puro Burns, un Burns bastante primerizo, porque viajamos a finales de los años 80 y comienzos de los 90, pero uno a la vez reconocible, con una extraña forma de asomarse a lo más cotidiano desde fundamentos bastante inverosímiles y un estilo visual bastante reconocible. Es tan extraño leer a Burns como tratar de comprenderle, y sin embargo de las dos tareas se sacan siempre elementos positivos, así es el trabajo que este singular autor, da igual que estemos ante historias más ambiciosas o ante píldoras más breves como las que hay en este libro.
Abre el libro Días de perro, cuyo protagonista Dog-Boy sonará bastante a los lectores habituales de Burns porque es uno de los pocos personajes que ha ido manteniendo en sus obras con el paso de los años. Y sí, es justo lo que parece, un muchacho que se comporta como un perro debido, y aquí vemos su historia de origen, a que se le trasplanta el corazón de un can. Aparte de contar a modo de flashback cómo llegó a ser lo que es el protagonista, es casi como si la historia fuera un ¡Jo, qué noche! trasladado al mundo de Burns, con todo lo que eso conlleva. La historia más corta del libro es Un matrimonio infernal, que sirve para darle cierre. Y es un viaje muy surrealista a la vida de pareja. Si lo pensamos, hay casi de todo en sus pocas páginas: hay amor, claro, pero también ilusiones, desengaño y mentiras, hay insinuaciones más o menos turbias de vida sexual y deseo carnal, sin que sea una historia explícita, pero también una fantasía retorcida que es lo que hace tan especial la mirada de Burns. Obviamente, eso mismo hace que no sea una lectura cómoda, mucho más si no estamos acostumbrados a los códigos del autor. El caso es que esa incomodidad ayuda a que Burns se explaye, e incluso juegue con algunos elementos narrativos que llevan la historia al terreno de la imaginación, puede que destacando incluso como el mejor segmento del libro.
La segunda de las historias que contiene el libro, Dorado a fuego, es la más extensa de las tres, y llega hasta las 48 páginas. Y es, quizá, la más atrevida. No porque llegue más lejos que las otras, sino porque se adentra en un tema que, queramos o no, siempre es más polémica: la religión. Tiene un cierto tono de crítica, claro, es algo que cabe esperar, pero a la vez tiene algo de retrato perturbador de alguien que, en el fondo, está siendo sincero cuando dice que ve a Dios. Ese Dios, eso sí, no podría estar más alejado de las versiones más tradicionales que hemos visto en la iconografía cristiana, lo que nos lleva de nuevo a esa idea crítica de la que hablábamos y, de paso, permite a Burns imaginar sin límite una serie de secuencias muy extrañas. Tanto esta como la última historia del libro parecen, además de ser muestras personales del cómic del que gusta su autor, homenajes nada velados a los tebeos de terror de los años 50, esos que dependían tanto de su buena idea inicial como de un impacto final que dejara al lector boquiabierto. Eso, en realidad, es algo que Burns consigue con facilidad cada vez que se pone manos a la obra. Skin Deep puede no ser la obra más conocida de Burns, pero es una que habla claramente de los propósitos que se marca cuando escribe y dibuja. Y eso siempre quiere decir que va a perturbarnos.
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