CÓMIC PARA TODOS

‘La soledad de las cigüeñas’, de Juan Alcudia

Editorial: Cósmica.

Guion: Juan Alcudia.

Dibujo: Alberto Sanz, Carmen Cantero, Pedro Villarejo, Olga de Castro. Inés Vázquez, Juan Caminador, Ana Morales, Miguel Almagro.

Páginas: 82.

Precio: 18 euros.

Presentación: Rústica.

Hay algo bastante hipnótico en La soledad de las cigüeñas. Es, no se esconde en ningún momento, una obra feminista y reivindicativa. Habla sobre las convenciones sociales que más han afectado siempre a las mujeres, y lo hace además desde una óptica tan dramática como, en este caso, liberadora: la muerte de un marido y la nueva situación de viudedad de la protagonista, por supuesto llamada Soledad. A partir de ahí, la obra escrita por Juan Alcudia se desarrolla en capítulos que aportan una sensación de espacio cerrado, de momento concreto, de denuncia precisa, dibujados cada uno de ellos por un ilustrador diferente. Con esto se consigue que La soledad de las cigüeñas no sólo sea una obra desgarradoramente realista sino, además, onírica y muy imaginativa. Y con la capacidad de llevarnos a sacar conclusiones muy amplias y diversas, mediante situaciones que están pensadas para abramos los ojos. Sin aspavientos, que prácticamente quedan encerrados en la primera secuencia, la más realista de todas, sin lecciones obligatorias, pero con un cuidado casi extremo en tratar al lector con la inteligencia que se requiere, con metáforas bien llevadas para trasladar con fluidez el mensaje feminista que contiene cada uno de los episodios y con un aire de fábula y fantasía que sabe trazar lazos con la vida real.

Es interesante que Alcudia dedique las notas finales de este libro a reivindicar la figura de Mercè Rodoreda, una escritora sin la que, asegura, La soledad de las cigüeñas no se habría escrito. Es una forma de abrir la mirada que podamos tener sobre las cuestiones que se abordan aquí, y desde luego que cualquier expansión de lo que interesa es algo que se antoja hasta necesario. Por eso, juzgar la obra de Alcudia exige que nosotros mismos, como lectores, abramos nuestra mente, que percibamos sus mensajes con naturalidad, sabiendo que nada de lo que hay aquí es inventado, aunque todo tenga una corteza de ficción que resulta elogiable. No es esta una historia real, aunque el vertedero de las mujeres electrodoméstico o la ciudad de los maridos suicidas sean lugares que entroncan de una manera increíble con la realidad. Y no es una fantasía pura, porque en el fondo todo lo que vemos está emparentados con situaciones que todos podemos contemplar en nuestro día a día. Y así Alcudia habla de esposas que pierden su utilidad, de mujeres que ya sólo sirven como madres, de sueños arruinados por entregarse completamente a un marido. Al tener capítulos tan distintos entre sí, Alcudía manifiesta la accesibilidad de sus metáforas de manera cambiante, no todas tienen el mismo grado de facilidad en su comprensión, pero en todas hay algo que rascar.

Son siete los ilustradores que aportan sus talentos a la interpretación de la historia de Alcudia, y todos la entienden a su manera, sin necesidad de buscar una unidad visual que habría sido falsa en este oasis de sinceridad. Abre el fuego Alberto Sanz, que consigue transmitir toda la frustración de Soledad y de su familia, sobre todo de su hija, en un momento trascendente para todos ellos. Carmen Cantero tiene la cualidad de fabulista que requiere el primer episodio del viaje de Soledad, y sabe mostrar como realista lo más fantástico. Pedro Villarejo muestra un trazo grueso, ideal para el toque más imaginativo que tiene su parte, casi lindante en algún momento con el terror atmosférico. Con Olga de Castro la historia da un viraje interesante, con un estilo que casi parece juvenil pero que en realidad muestra una parte muy adulta del relato. Para fábula, la de Inés Vázquez, quizá, con permiso de los aciertos de los demás, el más completo de los episodios del libro, y una sobresaliente interpretación de su fantasía y de su denuncia. De Juan Caminador lo mejor que podemos decir, y lo merece, es que comienza con un toque jovial y nos deja con las sensaciones más inquietantes, algo más que interesante con su estilo. Y finaliza el libro una espléndida Ana Morales, que sabe mostrar presente, pasado y fantasía con un toque muy especial. Todos al servicio de una historia notable.

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