Guion: Ana Oncina.
Dibujo: Ana Oncina.
Páginas: 224.
Precio: 16,95 euros.
Presentación: Rústica con sobrecubierta.
Publicación: Octubre 2023.
Es inevitable, y a la vez agradable, que un autor evolucione. Ana Oncina lleva tiempo haciéndolo, pero puede que sea interesante advertir de que Planeta no guarda una relación demasiado directa con las distintas entregas de Croqueta y Empanadilla (aquí, reseña de la primera) que hemos visto, y que de hecho son las que le dieron fama en el mundillo. Y ojo, que hablamos de evolución, no de ruptura, lo cual no deja de ser intrigante. Planeta es una historia distinta en muchos sentidos, argumentales y narrativos, pero reconocible. Es, por tirar de tópico, una obra con un grado de madurez más consciente, también seguramente autoconsciente, pero que parte de una base con similitudes con la Oncina que hemos conocido hasta ahora. Esta, como Croqueta y Empanadilla, habla de las relaciones humanas. Habla de iguales y de contrarios, habla de la soledad en compañía y, por qué no decirlo, de la compañía en soledad. Es la historia de dos mujeres en dos escenarios distintos, dos mujeres condenadas a entenderse y a la vez a separarse, en dos mundos diametralmente opuestos sin que sepamos hasta el final, y hasta podemos debatirlo, cuál es real y cual es onírico. Oncina se suelta para hablar con metáforas, pero a la vez con mucha realidad en sus viñetas, y por esa vía cierra un tebeo que puede sorprender pero que a la vez encaja.
La clave de Planeta no está en ser una obra de género, aunque por momentos pueda parecer lo más llamativo, sino en su sinceridad. Oncina habla del amor, de tenerlo y de darlo por perdido, de la trascendencia de que la pareja sea algo más que una prisión de alguna clase. Para llegar a ese punto, juega con una protagonista femenina descrita con suma sencillez y a la que coloca en el centro de dos historias complementarias con ritmos muy diferentes. Quizá por eso se combinan tan bien y la una se convierte en la prolongación natural de la otra, como si fueran, efectivamente, sueño y vigilia que se van sucediendo. Es una estructura peligrosa precisamente por sus diferencias de ritmo, pero que se lee bastante bien. Oncina apuesta por la reflexión, a veces casi por momentos de notable poesía, y eso conduce a secuencias de enorme belleza en un entorno rural y natural y también en otro de abierta de ciencia ficción. El de Oncina es un universo que se recoge en sí mismo sin referentes masculinos heterosexuales, y no parece que eso sea casual. O dicho de otra forma, es una apuesta clara por la feminidad y por la diversidad, ambas expresadas con mucha más libertad y sinceridad que obligación o cuotas. Y eso hace que Planeta sea creíble, cercano e incluso admirable, porque es una obra emocionalmente arriesgada y valiente.
Hemos hablado de sencillez y de sinceridad, y ambas son cualidades que se ajustan de una manera muy elegante al dibujo de Oncina. Añadamos una tercera, que es la belleza, y entenderemos las sensaciones que es capaz de provocar Planeta. Narrativamente no hay apenas diferencias entre los dos mundos que describe, y esa es una de las vías por las que se conectan las protagonistas de idéntico aspecto y distintas realidades. A partir de ahí, es mucho más fácil conectar con ellas, precisamente porque Oncina lo da todo para que las emociones se reflejen en los rostros de sus personajes con la sutileza como característica esencial, sin que nada parezca demasiado evidente, haciendo que texto y dibujo se necesiten mutuamente, sin dejar nada demasiado obvio pero también sin complicar innecesariamente aspectos de la obra que, en otras manos, podrían haber buscado una espectacularidad algo más vacía. Y eso no es algo que podamos aplicar a Planeta, incluso aunque la construcción de sus dos mundos sea con dos paletas de colores bien distintas pero a la vez emparentadas. Oncina no deja que su obra caiga en esos agujeros de duda y ofrece a sus lectores un trabajo distinto, intenso, muy personal en muchas formas, interesante desde cualquier punto de vista en el que queramos abordarla.
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