Título original: Astérix et Obélix: L’Empire du Milieu.
Director: Guillaume Canet.
Reparto: Guillaume Canet, Gilles Lellouche, Vincent Cassel, Jonathan Cohen, Julie Chen, Leanna Chea, Marion Cotillard, Pierre Richard, Ramzy Bedia, Linh-Dan Pham, José Garcia, Matthieu Chedid, Bun Hay Mean, Manu Payet, Tran Vu Tran, Zlatan Ibrahimović, Yann Papin, Philippe Katerine, Jérôme Commandeur.
Guion: Guillaume Canet, Julien Hervé, Philippe Mechelen.
Música: Matthieu Chedid.
Duración: 111 minutos.
Estreno: 1 de febrero de 2023 (Francia y Bélgica), 3 de febrero de 2023 (España).
Con Astérix y Obélix pasa algo extraño. Son criaturas que han trascendido a sus creadores, a diferencia por ejemplo de lo que sucedió con Tintín, y que tienen una fuerte presencia audiovisual de manera más o menos continuada, muy por encima de lo que otras leyendas del cómic francobelga como Spirou pueden decir. Y sin embargo estamos lejos de acercarnos a una edad de oro del personaje. El cine no está terminando de ser la ayuda que sería bueno que tuviera, a pesar de que cada cierto tiempo tenemos una nueva película en los cines. ¿Cuál es el problema de Astérix y Obélix. El reino medio? Dos, en realidad. El primero, que más que una historia de los irreductibles galos parece por momentos un intento de reproducir la narrativa asiática que tan de moda puso hace ya tantos años Tigre y Dragón, con una historia que se aleja mucho de la mítica aldea, algo que, es cierto, no es tampoco extraño en este universo. Pero el segundo problema afecta más al resultado final. La apuesta sigue siendo por una comedia muy, muy sencilla, una que casi se sale por completo del espíritu de Astérix para asomarse a unas risas tan obvias, tan pretendidamente modernas, que no dudan en convertir a Julio César en una suerte de bufón poderoso y caprichoso, con una fotografía fija casi perfecta en los rasgos de Vincent Cassel pero un comportamiento infantil.
César es probablemente el mejor reflejo de lo que es El reino medio en su concepto relativo a Astérix. Volvemos a cambiar de director y de actor, recayendo ambas responsabilidades en Guillaume Canet, pero seguimos en una vía ya conocida. Quizá uno de los problemas es que el cine no ha sabido definir todavía la edad de Astérix (Carnet rondaba los 50 años al rodar la cinta) o si tiene que ser un personaje eternamente sonriente o hasta sobriamente responsable, pero no da la sensación de que el suyo sea el Astérix definitivo, a pesar de que cuenta con los medios adecuados para que todo el mundo de Goscinny y Uderzo luzca adecuadamente en pantalla. Y sí, ese es el punto fuerte de la película, la foto fija que decíamos antes, en la que sí se pueden reconocer michas cosas. Es difícil decir si algo tan directamente traducido de un cómic con tantas décadas ya de una vida visualmente bastante inmutable puede tener el éxito deseado. El caso es que sigue percibiéndose cada nueva película de Astérix como un intento de escaso riesgo narrativo, como si lo que contara fuera por encima de todo perpetuar la franquicia sin más ambición que esa, algo en lo que apunta por ejemplo el cameo del futbolista Ibrahimovic, del que se puede hablar como la gracieta que es, claro, pero que no deja de ser algo forzado y que no tiene recorrido alguno.
Es cierto que El reino medio entretiene a su público objetivo, el infantil, porque es una cinta movida, dinámica, con continuas bromas, con tópicos que funcionan, y que al público adulto de alguna manera se le puede contentar con el guiño habitual, desde el despliegue de nombres con doble sentido que hay en el mundo de Astérix hasta deliciosas apariciones como la de Marion Cotillard como Cleopatra, y que los combates cuentan con coreografías más que adecuadas para quienes hayan sido lectores habituales de los álbumes de Goscinny y Uderzo, pero es. Igual de inevitable la sensación de que falta algo, de que Astérix no termina de dar en el cine un paso adelante y de que, en lo básico, cada película es exactamente igual que la anterior, sin importa quien la dirija o quién dé vida a los protagonistas. ¿Y qué pesa más? Obviamente, eso es algo que depende de cada espectador, porque en el fondo es una película que está realizada con absoluta corrección, con momentos que resultan divertidos, con un choque cultural que tiene su gracia aunque en el fondo no vaya a ningún lado, y por todo esto mismo se puede entender cómo una película más, con menos personalidad de la que se le podría pedir y con pocas ganas de salirse de un camino que en el cine está ya marcado de una manera clara desde hace ya más de dos décadas.
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