Guion: Alejandro Galindo.
Dibujo: Alejandro Galindo.
Páginas: 132.
Precio: 20 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Noviembre 2022.
En la ficción popular hay muchas visiones postapocalípticas del mundo en el que vivimos, y casi siempre se suelen gestionar en base a elementos bastante desagradables y peligrosos, como si la humanidad y su entorno solo pudieran ir a peor. Y eso es atractivo, claro. No es que el mundo que crea Alejandro Galindo en El tiempo de las plantas esté especialmente exento de rincones oscuros en lo que se refiere a su visión de la naturaleza y sobre todo su concepto del hombre, pero de alguna manera sí se distancia de la gran mayoría de estos escenarios por tener un punto de partida más amable. Es, como dice el título, el tiempo de las plantas, aunque visto por los seres humanos que han resistido a ese apocalipsis del que, en realidad, apenas sabemos mucho, solo una historia narrada de forma oral, en un atractivo regreso al pasado y que podría ser verdad o no. El escenario es lo que le sirve a Galindo para hablar de otras cosas. No es la búsqueda del Santo Grial, no nos esperan los vestigios de un holocausto nuclear al final del viaje. Es, sencillamente (y es de todo menos sencillo), un retrato de como unos hombres y mujeres concretos afrontan una situación inédita y lo que cambia en todos los sentidos en un día a día que tiene que ser y de hecho es distinto por fuerza, por mucho que al final sobre todo tengamos alguno elemento que da un contexto familiar a esta odisea.
Galindo arranca sobre la marcha y eso, aunque pueda parecer un detalle banal o accesorio, es el inicio de un recorrido mucho más lógico que si hubiera contado el relato con un espectacular prólogo que relatara la base de este universo. Si no importa tanto cuándo cambiaron las cosas sino los efectos de esos cambios, parece lógica esta elección. Y aún más, si el recuerdo de lo sucedido se va a dejar a medio camino entre el sueño y la realidad, tiene todavía más sentido que se recree como un cuento que además se contrapone con inocencia con una de las fantasías más populares del siglo XX, la de Peter Pan. Galindo, de hecho, va trazando pequeñas conexiones, vínculos aparentemente modestos, que son los que construyen este mundo. No es casual que un personaje inocente apueste por la versión de J. M. Barrie como la mejor explicación de lo que le ha sucedido al mundo, o que la falta de memoria, como le pasaba a Peter Pan, tenga un papel tan importante en la sociedad que vemos. Todo, incluso lo más crudo, como lo que nos lleva a un escenario de violencia sexual tan evidente como sugerido cuando entran en juego los villanos del relato, tiene un significado muy marcado. Eso compensa mucho el hecho de que El tiempo de las plantas prescinda de ciertas convenciones narrativas, incluso de un clímax claro.
El estilo visual de Galindo también supone un cambio con respecto a otras visiones catastrofistas del mundo, en las que suele apostarse por un realismo muy marcado. En El tiempo de las plantas, en cambio, la visión es otra, casi siempre colorista, con una apuesta por formas distintas y atrevidas que tampoco necesitan acercarse a la caricatura para funcionar en este contexto. Por eso, la sensación es una continua mezcla de irrealidad y realidad, si es que eso tiene sentido, porque es lo que consigue que nos metamos de lleno en un mundo que quiere sacarnos de nuestro escenario de confort como lectores, con el bagaje que tenemos en estos entornos, pero que a la vez dé razones de ser al descubrimiento final que incorpora el autor sin miedo alguno. Lo que está claro es que la apuesta visual del autodidacta Galindo es atrevida y, por eso mismo, imaginativa, que funciona para contarnos precisamente esto, aquí y ahora, con una personalidad bastante marcada y con una intención bastante conseguida de que nos olvidemos de cualquier referencia de género que la historia nos pueda brindar. La frescura es un valor evidente en historias de este tipo, y a Galindo se le tiene que reconocer lo bien que ha sabido ejecutar una historia que tiene muchos elementos con los que sorprendernos.
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