Guion: Dr. Alderete.
Dibujo: Dr. Alderete.
Páginas: 120.
Precio: 19 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Septiembre 2022.
Los que tenemos ya unos años seguramente recordaremos al escuchar el nombre de Olot un suceso de esos que se coló en los titulares informativos y que llenó horas de televisión y páginas de prensa con mucha fuerza, el secreto de la farmacéutica Mari Angels Feliú, el más largo cautiverio de la historia moderna de España sin mediar fines terroristas. Por supuesto, en una novela gráfica titulada así, Olot, ese nombre tiene que aparecer, pero no es su motivación. Dr. Alderete, su autor, llega a este municipio de Girona por razones bien distintas y más bien exóticas, su conexión con la Isla de Pascua que, para quien la desconozca, dejaremos para que sea descubierta en las páginas de un libro que resulta hipnótico por muchos motivos. Y no precisamente por ser una postal o por tener una historia clara y definida, de esos relatos lineales que usan el nombre y los escenarios de un lugar real para enmarcar un thriller, un misterio, una comedia o cualquier otra cosa. Muy al contrario, Alderete plantea algo mucho más alucinógeno, esotérico y sobrenatural, pero a la vez cercano. Su idea fusiona dos mundos y se convierte en una experiencia sensorial por lo que nos está contando y por lo que estamos viendo, un experimento formal bastante intenso y que desde luego no deja indiferente, ni durante la lectura ni cuando ha finalizado.
De partida, lo que Dr. Alderete plantea es algo que hace dudar de los cimientos de la realidad. ¿Es esta Olot que vemos en sus páginas la misma que nos encontraríamos si llegáramos al municipio por carretera? ¿Lo que nos cuenta tiene una base real que se pueda desarrollar sobre el mapa de Olot que figura en las guardas del libro? ¿Y los personajes? ¿Existen o forman parte de la imaginación del autor… o de la nuestra como lectores? El gancho es todo aquello que podemos constatar que existe, el Moai del pueblo, la propia Mari Angels Feliú. ¿Pero es eso lo que importa? No parece. Es el nexo de unión con la realidad, con lo cotidiano, si se quiere con la normalidad. Pero lo que sucede en las páginas de Olot es algo bien distinto. Es un juego con el tiempo, con la percepción sensorial y con elementos que se pueden escapar a la comprensión del lector en un primer vistazo. Alderete disfruta haciéndonos dudar en la frontera de la realidad y la fantasía, y las mezcla de una manera intensa, da igual que sea a través del sexo o la fe, la televisión o el escenario más reiterado que aparece en estas páginas, un estanque cargado de sorpresas. Podemos dejar Olot sin tener del todo claro lo que hemos visto, a qué tipo de espectáculo hemos asistido, pero también parece fácil entrar en el juego sensorial que nos propone.
Y eso tiene mucho que ver con lo que nos cuentan, pero por supuesto mucho más con la forma del relato. Alderete se mueve entre el blanco y negro y la tricromía para decorar las contundentes líneas negras con las que define todo lo que pone en cada viñeta, y no tiene miedo alguno a la impresión que pueda sacar el lector en una primera instancia o después de una reflexión más sosegada. Y la merece, ojo, porque da la sensación de que Olot, siendo tan breve, y a veces tan deliberadamente poco concreta, tiene mucho que esconder de cara a segundas o terceras lecturas. Las páginas de Olot son como un sueño, uno en el que no sabemos realmente lo que está pasando, en el que el sonido juega un papel tan importante como la ausencia del mismo y en el que el color marca significado y a la vez únicamente distorsión de la realidad, pero es un sueño del que no somos capaces de despertar hasta que nuestro demiurgo particular nos lo indica, bien con la separación de la obra en segmentos o también cuando llegamos al final. Sobra decir que no es un tebeo de lectura fácil, pero al mismo tiempo remueve algo dentro de nosotros en todo momento, cuando juega a ser una fotografía realista y cuando abandona por completo ese plano. Pisar con tanta firmeza un terreno fresco y original no es tarea fácil, y hay que reconocérselo.
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