Guion: Elsa Riera.
Dibujo: Elsa Riera.
Páginas: 216.
Precio: 19 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Febrero 2022.
La Familia, eso que ninguno elegimos, tiende a darnos muchas sorpresas a lo largo de la vida, y resulta inevitable que se convierta en un asunto de primer nivel para cualquier narrador que desee adentrarse en sus recovecos más particulares. Eso es lo que hace Elsa Riera en La estirpe fracasada, reuniendo muchas anécdotas que tienen una verosimilitud apabullante, incluso asumiendo que parece difícil que todo esto pase dentro de estos cuatro núcleos familiares interconectados. Bodas y funerales, sí, son las situaciones que unen a los integrantes de esas familias en el mismo escenario físico, las de inicio y final, pero hay mucho más que ver y apreciar en una obra cargada de un cinismo veraz que asusta precisamente por eso, porque da la sensación de que hay poco imaginado y mucho relatado desde este este otro lado de la página en lo que nos cuenta Riera. No hay personaje introducido al azar, no hay diálogo superfluo, no hay nada que sobre para que entendamos el fracaso del título, ese en el que personas de una misma familia han dejado de saber cómo tratarse los unos a los otros dentro de unos lazos que tendría que ser de otra manera. Es, por decirlo claro, una bofetada de realidad, de una realidad íntima y cercana. De las que podríamos vivir todos en algún momento o en alguna circunstancia concreta.
Con el mismo tono que se podría encontrar en alguna película independiente americana que quiere mostrarnos la (su) realidad sobre la familia, La estirpe fracasada destila mala leche. No nos va a caer bien nadie. Habrá grafos, desde luego, pero Riera no ha pensado esta obra para una identificación en positivo. Y eso, cuando además se centra en familias adineradas y de la alta sociedad, incorpora elementos muy interesantes a la narración. Podríamos concluir con aquello de que el dinero no da la felicidad, cierto, pero la obra va más allá de todo eso, ya que las cuentas corrientes o los bienes, estando presentes, no son realmente el motor de este demoledor retrato. Riera hace que choquen dos trenes, el de las apariencias, todavía más acusado en el entorno social en el que nos movemos, y el de la realidad, y el resultado es brutal. Brutal, además, porque surge de los diálogos, de lo que se dicen unos a otros sin piedad, de los juicios sumarísimos que suponen las palabras, los actos y las miradas. Si lo pensamos fríamente, asusta pensar que La estirpe fracasada pueda nacer de situaciones reales, de historias que hayan llegado a oídos de la autora, pero al mismo tiempo es igualmente complicado no recordar algo que pueda haber pasado en nuestras propias vidas y que nos recuerde a algún personaje o escena de los que vemos en estas páginas.
En lo visual, Riera mantiene su trazo habitual, aunque con matices. La estirpe fracasada quiere ser más madura de alguna manera, quizá por la dureza emocional de lo que no está contando, que se tiene que ver reflejada en las miradas y la actitud de los personajes, quizá por el buen uso del bitono para separar cada uno de los cuatro segmentos de que se compone el libro, o quizá, sencillamente, por un conjunto muy bien equilibrado, en el que lo visual parece a simple vista menos importante pero que no se deja comer terreno por los abundantes diálogos que hay prácticamente en cada página. Riera convierte la obra en una acertada representación, que juega con elementos teatrales y cinematográficos a partes iguales en la puesta en escena, y acierta de una manera casi absoluta en los puntos de vista de cada secuencia. La estirpe fracasada no es una obra para pasarlo bien, porque desborda cinismo, pero sí es una con la que entender un poco más la sociedad en la que nos movemos, los valores que tienen algunos, seguramente los más afortunados en otros terrenos, y una sugerente demostración de que no hay fotografía sin negativo y que nada brilla en la realidad como realmente le gustaría porque todas las familias esconden sus miserias. En La estirpe fracasada, de hecho, hay mucha miseria, pero muy bien equilibrada para que nos la podamos creer.
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