Guion: Noburu Rokuda.
Dibujo: Noburu Rokuda.
Páginas: 312.
Precio: 14,50 euros.
Presentación: Rústica con sobrecubierta.
Publicación: Abril 2022.
Hay personajes que, guste o no, se cuelan en el imaginario colectivo casi sin esfuerzo, y Chicho Terremoto, el protagonista del anime que llegó a España hace ya algunas décadas, cuando las cadenas privadas se sumaron a la oferta audiovisual de nuestro país, es claramente uno de ellos. Podemos no haber visto nunca la serie, pero seguramente todos reconoceremos a ese chaval bajito que juega al baloncesto sin saber las reglas y que está obsesionado por las bragas blancas. Pues bien, por fin tenemos en nuestro país una edición del manga del que parte dicha serie de animación, y nos llega afortunadamente con su título original, Dash Kappei. Es evidente, leyendo el primer volumen del manga, que el baloncesto es una mera excusa. Ni siquiera era un deporte popular en Japón cuando el manga vio la luz, a finales de los años 70, y quizá eso le da un cierto toque exótico que explica muy bien el caos reglamentario y de juego que se aprecia en los partidos que vemos en la página. Y tiene su gracia que un personaje tan políticamente incorrecto, uno que hoy seguramente sería carne de cañón en redes sociales y tendencia día sí y día también por esas barbaridades cómicas que aparecen en la obra de Noburu Rokuda, siga teniendo tirón… y gracia. En la vida real podríamos hacer cola para abofetearla, pero sí, Dash Kappei es divertido.
Y lo es porque Rokuda no se esconde. Su protagonista es un liante de anual, uno que se alimenta de ver bragas blancas, uno que no duda en meterse en el equipo de baloncesto solo para poder estar cerca de la entrenadora y echar un vistazo a su ropa interior, y uno que es capaz de aguantar incontables burlas de sus teóricos compañeros de equipo, que le menosprecian continuamente, por simple cabezonería. Resulta evidente que en Dash Kappei no vamos a salir reforzando el espíritu deportivo o los valores del trabajo en equipo, no, pero de nuevo hay que apelar ahí al ejercicio de contextualización que hace falta para meternos de lleno en el enredo que nos propone esta serie. Al final, aunque sea bajo un envoltorio de comedia bufa y abiertamente machista en algunos roles de conducta. En otros, ojo, hay cierta modernidad que seguramente podamos atribuir al carácter minoritario del baloncesto en Japón, como el hecho de que una mujer dirija un equipo masculino. ¿Y los partidos? Pues un poco parecidos a los de fútbol que vemos en Capitán Tsubasa (aquí, reseña de su primer volumen), combando el reglamento todo lo que se pueda para que las jugadas encajen en el tipo de humor que se busca.
En Dash Kappei, por si aún no ha quedado claro, no hay necesidad de realismo. Mirando al protagonista, un chico bajito, y asumiendo que tiene que jugar al baloncesto entre gigantes de estatura, se puede entender con facilidad el tipo de humor que se busca. Con eso y con la presencia de secundarias a las que Dash pueda cortejar o de las que tenga que huir, está todo más resuelto. Visualmente, el dinamismo es la norma para todo, da igual que el personaje principal tenga que estar driblando a otros jugadores o encontrando el hueco bajo las faldas de la entrenadora, y lo es incluso para la caricatura, con caras que se mueven a una velocidad endiablada para que todo se entienda de un vistazo. Quien recuerde Chicho Terremoto desde luego sufrirá una ola de nostalgia adentrándose en el manga original, y quien no lo conozco, o quien solo lo recuerde de manera superficial, seguramente descubrirá una serie divertida, propia de una época en la que, paradójicamente, parecía haber más libertad para crear personajes de este estilo de la que puede haber hoy en día. No hay que tomarle en serio, simplemente divertirse con él, entendiendo que estamos ante una comedia protagonizada por un muchacho terco como una mula para todo lo que hace, ya sea para encestar el balón o en sus relaciones con el sexo opuesto.
Shogakukan comenzó a publicar Dash Kappei en 1979.