Guion: Junji Ito.
Dibujo: Junji Ito.
Páginas: 248.
Precio: 18,95 euros.
Presentación: Rústica con sobrecubierta.
Publicación: Enero 2022.
Con cada obra de Junji Ito que conocemos, más fuerza se puede poner en el propósito de considerarle como un maestro del terror japonés. Esto no es tanto por sus historias, en las que podemos encontrar momentos que ponen a prueba la credibilidad que el lector quiera prestarle si tenemos ganas de buscarle las cosquillas, sino por las sensaciones que provoca su mirada. El suyo es un terror atmosférico, y lo es además en escenarios muy concretos y gracias a sus personajes, una fórmula que no es nada fácil de aplicar. Podríamos alabar El muerto enfermo de amor por sus fantasmas, por la niebla que genera tantas cosas en el lugar en el que acontece su relato, pero lo que realmente aterroriza es el tono de todo esto. Su realidad, su humanidad, el miedo que despierta ese segundo de silencio antes de que un desconocido responda a una pregunta personal. Eso es lo que aterroriza en Ito La base del manga es la atracción de la adivinación, ponerse en una esquina y pedir a un extraño que responda a una cuestión sobre el futuro personal de quien interroga. Se hace extraño algo así en una mentalidad occidental, pero una vez que se entra en ese juego la propuesta es tan turbia que es complicado salir de ella, incluso sabiendo que las respuestas que da Ito son relativamente sencillas en su conclusión.
Por eso decíamos que lo importante de Ito está en la atmósfera. Lo que consigue en El muerto enfermo de amor es que pasemos frenéticamente las páginas, tratando de saber qué nos esconde la densa niebla, casi un actor más en este relato, cuando el joven cuyos pasos seguimos dobla la esquina, cuando se propone encontrar a una enigmática figura sobrenatural cuyo nombre se desconoce. Cierto es que la historia impresiona más en tanto que es más personal, y que hay un cierto descontrol cuando crecen los números de las personas implicadas en el misterio de los suicidios tras ver a esa misteriosa figura masculina vestida de negro el resultado, pero lo aterrador de este escenario es tremendo. Ito habla de la influencia que podemos ejercer sobre los demás incluso aunque no seamos conscientes de ello, habla de relaciones tóxicas y de lo fácil que a ciertas edades puede ser el salto del amor al odio, habla de sentimientos de culpa y habla de suicidio. Lo hace sin miedo, sin complejos, sin pensar que esté entonando un discurso peligroso y ampliando su universo de terror con fantasmas demasiado cercanos como para que no entendamos su sufrimiento. Y como su prosa es firme, el terror es genuino, incluso cuando, como decimos, la situación se hace tan grande que no queda más remedio que buscarle una conclusión que cierre todas las tramas.
No es en realidad ninguna sorpresa decir que Ito es un autor en el que prima la atmósfera, su dibujo es un decidido impulso a esas sensaciones y lo que se ve en El muerto enfermo de amor apuntala con fuerza esos propósitos. El blanco y negro casi siempre le sienta bien al terror, más aún al terror japonés, y en este autor es algo incluso más acusado. Sus fantasmas se alejan de la imagen más tradicional, son más monstruosos una vez que salen de la niebla, donde Ito juega más con las formas que con los acabados, y quizá, por esa vía, son más cotidianos. La base de la historia tiene que serlo, y el retrato que hace Ito encaja muy bien en esta propuesta. Ser realista y a la vez aterrador no es una misión sencilla, pero Ito siempre sale airoso de la misma porque lo que se sale de lo convencional tiene mucho carisma y lo realista está muy bien diseñado para que jaja una clara conexión con el lector, alto todavía más importante por la edad adolescente de los protagonistas. En El muerto enfermo de amor quizá podamos ponerle alguna pega a la resolución, a las conclusiones de un tebeo que parece tener una enorme ambición social en sus planteamientos y que seguramente se queda un poco a medio camino por ese lado. Pero en el terror, tan brillante como siempre. Ito siempre sabe lo que quiere y no defrauda.
Asahi Shimbun publicó originalmente la obra en 2011.
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