Guion: Hernán Migoya.
Dibujo: Bartolomé Seguí.
Páginas: 84.
Precio: 19,50 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Noviembre 2021.
Tras Tatuaje (aquí, su reseña) y La soledad del manager (aquí, su reseña), Hernán Migoya y Bartolomé Seguí nos ofrece con Los mares del Sur su tercera incursión en el mundo de Carvalho, la serie de novelas de Manuel Vázquez Montalbán, y lo hacen sin atisbo alguno de cansancio. Al contrario, aprovechan la que para muchos está entre las mejores novelas del personaje para ofrecernos un álbum potente e intenso, que mantiene las mismas características de los dos primeros. La gran habilidad que están teniendo estos cómics es la de traernos a nuestros días a un personaje que, por sus características, parece anclado en su época. Hijo de su tiempo, sí, quizá hoy sería complicado encontrar un hueco para un detective de nuevo cuño de su aspecto, de su moral y de su vida, pero Carvalho, en el cómic, tiene la entidad suficiente como para convencer no solo a los nostálgicos que procedan de las aventuras literarias del personaje sino también a lectores de nuevo cuño a los que pueda intrigar una figura cuyo nombre seguro que han oído incluso aunque nunca se hayan acercado a una de las novelas de Vázquez Montalbán. El tópico, eso sí, no se lleva nada por delante. No es Carvalho un personaje que se entienda por etiquetas y sus historias, cuando son tan potentes como la de Los mares del sur, hablan por sí solas.
Migoya parece haber entendido muy bien que se puede respetar la esencia de un personaje con décadas a sus espaldas y propiedad de un escenario tan concreto, partiendo de la Barcelona de los primeros años de la Transición, y a la vez darle un ritmo más actual. Y lo mejor es que lo hace de una manera muy fina y elegante. No hay una ruptura, no es esto una actualización de Carvalho, una reimaginación o un reboot. Ni por asomo. Es Carvalho, cien por cien auténtico. No es un personaje que necesite una reescritura y Migoya no la hace. ¿Para qué? Su potencial está intacto en nuestros días, aunque sus escrúpulos, o la falta de ellos en algunos casos, sobre todo en lo que se refiere a su vida sexual, no tengan mucho que ver con los tiempos que corren. Pero da igual, porque el trabajo del escritor, del adaptador, es justo ese, que lo que pueda parecer rancio sea en realidad un ejercicio de contextualización para que entendamos al personaje y a su mundo. El caso siempre es lo importante, no obstante, y el de Los mares del Sur funciona muy bien. No es Carvalho una serie de excesiva acción ni su detective protagonista uno que marque diferencias en atrevidos combates físicos o persecuciones imposibles. Sus claves son otras. Migoya las entiende tan bien como el propio Carvalho dentro de la historia, y con esas influencias es fácil que nosotros, lectores, también.
De Seguí poco nuevo vamos a decir con respecto a este tercer álbum de Carvalho, porque corremos el riesgo de repetirnos en los elogios, que tienen que ser muchos. Viendo lo sencillas que parecen sus figuras, podríamos decir aquello de que menos es más, pero no estaríamos siendo justos con su trabajo, mucho más meticuloso y detallista de lo que puede parecer en un primer vistazo. No, Seguí no se queda en esto, sino que además de crear unos personajes que desbordan carisma sino que consigue que el escenario hable con tanta rotundidad como Carvalho o como cualquier otro de los actores que desfila ante nuestros ojos. Y no solo por Barcelona, sino por todos los lugares en los que se desarrolla la trama, no solo en los exteriores, reconocibles incluso con el paso del tiempo, sino también con los interiores. Hay tanta riqueza en el dibujo que nos sentimos muy metidos en un universo del que solo hemos visto tres álbumes. No sabemos cuánto Carvalho tendrán todavía ganas de hacer Migoya y Seguí, o incluso si en algún momento se apostará por dejar la senda de las novelas de Vázquez Montalban para ofrecer aventuras nuevas, pero el viaje por ahora está siendo ejemplar, por el respeto a la obra que adaptan pero también por lo bien que han sabido entenderla para que nadie pueda pensar, ni por un segundo, que esto es un producto de nostalgia.
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