Guion: Fernando Llor
Dibujo: Fran P. Lobato.
Páginas: 116.
Precio: 18 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Diciembre 2021.
Dedicando la obra a Moorcock y Boorman, Fernando Llor deja una indicación muy clara de por dónde van los tiros de Dreambreaker. Esto va de espadas malditas, claro, espadas como las que disfrutamos viendo en las aventuras de Elric (aquí, reseña de su primer volumen) y en la película Excalibur. Y va de la espada y brujería más pura, por ahondar aún más en el género y precisar lo que nos ofrece el cómic. El gran mérito que tiene es la frescura, y su retrato de la venganza es enriquecedor. No es fácil escapar de los tópicos, de ese peligroso enemigo que es lo previsible, y más cuando hablamos de géneros tan precisos, pero tanto Llor como el dibujo de Fran P. Lobato, que tiene una fuerza tremenda alejándose del realismo tan habitual en la fantasía, dan sobradas razones para que nos sintamos dentro de un mundo nuevo, con sus normas, con personajes que funcionan por sí mismos y no por las referencias que podamos entrever, influencias que tampoco esconden los autores ni a la hora de construir la historia ni tampoco al dibujarla. Y se agradece que los mismos reconocimientos que hay en el libro no empequeñezcan sus méritos ni sus ambiciones, que no se sienta Dreambreaker inferior a ninguna otra historia, que su relato de venganza sepa encontrar esa originalidad necesaria para entretener sin miedo y sin reservas. Ese es el camino para lograr el buen tebeo que es.
Llor es un escritor que no cesa en la búsqueda de una versatilidad inagotable, y con cada título va adentrándose más y más en la imposibilidad de ser encasillado. Y ojo, eso hoy en día, en este mundo tan especializado en el que vivimos, tiene un mérito tremendo. Sobre todo porque su universo creativo se nutre de historias que siempre se desarrollan con inteligencia y lejos de patrones repetidos. Por eso da gusto entrar en Dreambreaker, con ese título con el que llenarse la boca como si designara a la más poderosa arma de ficción de la que hayamos oído hablar, da gusto hacerlo por el nombre del autor porque es algo que proporciona al menos la misma satisfacción que recorrer esta senda por medio del género, algo que siempre resulta apetecible. La fantasía tiene un público bastante fiel, y eso Llor también lo sabe, por eso da el festival que espera el lector potencial, trufando su relato con esos nombres que todos reconoceremos como procedentes de otras mitologías, con las leyendas artúricas como grandes referencias y con una considerable dosis de imaginación para que esta batalla mágica contra el reloj sea eficaz de principio a fin con su muy interesante interpretación de la venganza como motor narrativo, que está ahí en toda la extensión del libro y que estalla de una manera más evidente al final.
La versatilidad de Llor tiene un pequeño truco, uno de esos que el lector agradece cuando busca algo atractivo que leer, incluso aunque en algunos casos ni siquiera dependan de él. Hablamos del estilo visual de sus tebeos, cambiante, cameleónico, gozosamente distinto en cada ocasión. Poco tiene que ver Dreambreaker en su aspecto con otros tebeos de Llor, tampoco con aquellos que se puedan asomar a escenarios de fantasía o ciencia ficción, porque Lobato es un ilustrador muy personal. Da gusto ver cómo da forma a este mundo de Llor sin miedo a que su estilo, que no esconde su trazo de caricatura, pueda llevarnos a terrenos que quizá con otros dibujantes no habríamos visto. Pero es que esa es la magia del cómic, una de ellas, que va deslizando mensajes y formas de ver el mundo a cada momento o y en cada estadio de su producción. Y eso que Lobato esconde algunas de sus bazas, ya que en la cubierta no nos deja ver con claridad a la protagonista, solo su lado oscuro. Pero aún así en las páginas interiores consigue que empaticemos con ella y suframos con su cruzada. La magia es soberbia y la espectacularidad visual que ofrece con una paleta de colores apabullante es la guinda que corona un espléndido trabajo. Dreambreaker lo es en conjunto, como la honra que anuncia Llor y como la obra que sigue a tan loables propósitos.
El contenido extra es un epílogo de Albert Monteys.
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