Guion: Mariko Kikuchi.
Dibujo: Mariko Kikuchi.
Páginas: 136.
Precio: 10 euros.
Presentación: Rústica con sobrecubierta.
Publicación: Noviembre 2021.
El camino que escoge Mariko Kikuchi en Mi padre alcohólico es un monstruo tiene mucho que ver con el de que nos ha venido enseñando Kabi Nagata en Mi experiencia lesbiana con la soledad (aquí, su reseña) o Acabé hecha un trapo huyendo de la realidad (aquí, su reseña). Más, en realidad, con esta segunda obra porque el tema, no se oculta en ningún momento, es el alcoholismo. La diferencia entre Nagata y Kikuchi es que la primera siempre habla de sí misma, mientras que Kikuchi se obliga a hablar en primera persona, sí, pero también de su padre. Se acerca con una sinceridad demoledora a su propia vida a través de las acciones de su padre, explica lo que es una adicción al alcohol, sin duda, pero sobre todo cómo eso puede destruir a una familia y, de una manera mucho más íntima y personal, a ella misma como hija de un enfermo que no admite serlo. En Mi padre alcohólico es un monstruo brillan las sutilezas, las realidades de las que Kikuchi se va dando cuenta a medida que se va convirtiendo en una persona adulta, su forma de ver, entender e interactuar con su padre. No es el monstruo el que se asusta, sino cómo va cambiando la vida por su presencia, como el alcohol se convierte en un asesino silencioso que asola todo lo que encuentra en su camino. Es un manga desgarrador y muy, muy realista.
La cuestión está, en realidad, en cuanto quiera soportar el lector. Mi padre alcohólico es un monstruo es una historia cruda, amarga y contundente, de esas en las que cualquiera de nosotros nos pondremos de los nervios al ver lo evidente que no sabe ver su protagonista y autora, al comprobar que la relación afectiva con su padre condiciona todo lo que hace en la vida, la pareja que tiene y el trato que este le da. Kikuchi, y esto tiene mérito, nos coloca en una posición participativa, desde la que nos sentimos dentro de lo que estamos viendo, como parte esencial de unas vidas en las que nos gustaría influir. Pero sabemos que no es posible, que la página impresa no se rompe y que todo lo autobiográfico que contiene es pasado, lo que genera un torrente de sensaciones bastante intensas, sensaciones que en todo caso no se pueden ni aproximar a lo que la propia Kikuchi sentiría en su momento. La sensibilidad en todo caso que tiene su relato, atípico por realista, porque eso rompe cualquier estructura de actos en la que podamos pensar, es más que suficiente para mantenernos atrapados. Y la sinceridad es desbordante. La clave de este tipo de cómics, también en manga con sus particularidades, está en que la sinceridad sirva también de autocrítica. Este no es un relato victimista, es un apabullantemente realista.
Hablábamos de los vínculos que podemos establecer entre la obra de Kikuchi y la de Nagata, y eso es algo que también se ve en su dibujo. No hay bitono, a pesar de que los colores de la cubierta puedan sugerirlo, sino que estamos ante un blanco y negro puro, pero la sencillez del trazo emparenta a las dos autoras de una manera muy sutil. Con sus diferencias, por supuesto, pero es como si estuviéramos dentro de un mismo universo documental. Tiene mérito que esa sencillez a la hora de definir a los personajes cobre más vida por la sensibilidad que por la caricatura en la que podría haber caído. Y es que Mi padre alcohólico es un monstruo no es una comedia. Ni por asomo. Ni tampoco un cómic para críos, aunque los colores y el trazo puedan sugerir lo contrario a algunos, por mucho que su título no pueda ser más claro y directo. Kikuchi merece elogios por lo bien que sabe mostrar la parte más dura y emocional de su historia a partir de tan pocos trazos. Porque al final la clave es esa, la economía de líneas, el predominio del blanco sobre el negro y, por tanto, del corazón de la historia sobre un efectismo visual que podría llevarnos hacia otros derroteros. Kikuchi no puede abrirse más, ni contar algo de una manera más emotiva y sincera, creando uno de esos relatos pensados para abrirnos los ojos a una realidad que, en muchos casos, no podemos ni imaginar.
Akita publicó originalmente You to bakemono ni chichi ga tsurai en 2017.
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