Director: Vincent Paronnaud, Marjane Satrapi.
Reparto: Chiara Mastroianni, Danielle Darrieux, Catherine Deneuve, Simon Abkarian, Gabrielle Lopes Benites, François Jerosme, Tilly Mandelbrot, Sophie Arthuys, Arié Elmaleh, Mathias Miekuz.
Guion: Marjane Satrapi.
Música: Olivier Bernet.
Duración: 95 minutos.
Estreno: 27 de junio de 2007 (Francia), 31 de octubre de 2007 (España).
Hay pocas dudas sobre la trascendencia de Persépolis, la novela gráfica de Marjane Satrapi, en el despertar del cómic para grupos de lectores que no consideraban el noveno arte como tal, sino una forma de entretenimiento para niños. No fue la primera, no fue la única, pero fue desde luego parte de un despertar impresionante. Era lógico que una historia como la del cómic, la autobiografía de una niña en su paso a la adolescencia y a la edad adulta que arranca en el Irán de finales de los años 70, diera el salto al cine. Que lo hiciera de la mano de Satrapi, ayudado por Vincent Paronnaud, garantizó que la cinta mostrara una visión fiel al material original a todos los niveles, en su potente blanco y negro y desde luego en su formidable fusión de una narración que sabe aunar realismo e ingenuidad. Por tanto, como en Persépolis, el cómic, todo es de una categoría superlativa. Sentimos en la pantalla lo mismo que provocaba el libro impreso. No es solo un viaje de madurez, tampoco se queda en la enrome trascendencia política y social que resulta brutal, es además un retrato de personajes sobresaliente que destaca, además, por aunar distintas miradas femeninas sobre un mundo cruel, empezando por la de la propia Satrapi pero destacando también la de su abuela, un personaje fundamental, como lo son los padres de la protagonista.
El arma más poderosa de Persépolis está en su enorme maestría a la hora de conseguir que la biografía de una persona concreta, la autobiografía para más señas, sirve para entender la situación de todo un país. Alrededor de una niña pequeña, se tejen las relaciones que dejan a las claras cómo un régimen político concreto puede influir en la gente. Habla de detenciones, de torturas, de silencios y de imposiciones, abiertamente de represión. Hay escenas absolutamente sobrecogedoras que Persépolis esconde bajo un manto de ingenuidad y naturalidad, como aquella en la que dos mujeres abroncan a la pequeña Marjane por llevar una chaqueta vaquera, por ser, simplemente, una niña. Pocas cosas pueden evidenciar de una manera más clara que los sentimientos de una pequeña la manera en la que el mundo afecta su crecimiento. Cuando se traslada a Viena y descubre un mundo distinto al de aquel Irán, algo despierta en ella, y a través de ella en el espectador como lo hacía en el lector. Persépolis es la historia de un régimen, sí, pero es por encima de todo un relato humano y político. Quizá sea una de las maneras más extraordinarias en las que se ha podido responder a quienes se declaran ajenos a la política, cuando la política influye en todo y cambia nuestras vidas por completo incluso aunque no lo queramos ver.
Ese es el verdadero mensaje de Persépolis, más poderoso incluso que el poder catártico que siempre tiene una autobiografía en la que hay luces, sin duda, pero que fundamentalmente se detiene en las sombras y en las tristezas de una vida. Persépolis sabe usar la comedia, pero sabe exactamente lo que está contando. Juega con un envoltorio tan sencillo que habrá quien cometa el error de considerarlo infantil, o al menos así habría sucedido años atrás, cuando el cómic contaba con escasa consideración entre distintos sectores, pero en realidad tiene una trascendencia sobrecogedora. Su blanco y negro, respetando el aspecto del cómic en todo pero entendiendo que el cine es un lenguaje distinto y aprovechando todas las posibilidades que le ofrece, es una herramienta maravillosa para expresar lo que ve Satrapi y su narración, su música, su movimiento, confirma que estamos ante una de esas adaptaciones que destaca, que nos recuerda que se puede hacer un trabajo de este calibre con fidelidad y con genialidad. A la película le llovieron los premios y el reconocimiento, como también le sucedió al cómic. Lo interesante es que esta fue una de las primeras veces en las que sí parecía haber conciencia de la genialidad de un precedente creado en viñetas. Satrapi hizo historia, y esa historia todavía resuena con el mismo poder que cuando la historia se vio por primera vez. Imprescindible.
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