CÓMIC PARA TODOS

Entrevista con Fidel Martínez: «No quería que el lector pensara que en ‘Sarajevo Pain’ iba a encontrar una epicidad o un belicismo que personalmente detesto»

Fotografía de Dulce Escribano.

Hoy en día se publican muchos cómics en España y eso hace que algunos de ellos puedan pasar algo desapercibidos. En año de pandemia, ese riesgo es aún mayor. Por eso hemos creído fundamental hablar con Fidel Martínez para que nos hable de Sarajevo Paín (aquí, su reseña), un tebeo formidable, una pieza de memoria histórica que se nos antoja incluso imprescindible para entender parte de la Guerra de los Balcanes, un conflicto que parece difuminado en el tiempo, como si no hubiera existido. El autor tiene mensaje y tiene forma, y la mejor manera de honrar su documentado y narrativamente brillante trabajo es que él mismo nos cuente sus motivaciones, sus pretensiones y la forma en la que dio vida a los personajes y escenarios de un cómic que no nos vamos a cansar de recomendar.

¿Por qué Sarajevo? ¿Qué es lo que te atrae de lo que vivió esa ciudad en aquella guerra que, siendo tan cercana, parece un tanto desconocida para la gente?

Sarajevo, capital de Bosnia y Herzegovina, una de las federaciones que constituían la ya desaparecida República Federal Popular de Yugoslavia, se había convertido a finales del pasado siglo XX en un modelo de convivencia y tolerancia étnica, al conseguir integrar dentro de sus fronteras a bosnios, serbios y croatas, principales entidades étnicas que durante siglos habían ocupado y convivido en tensión en esa parte del territorio europeo. A ojos de Europa se había convertido en un símbolo y un ejemplo a seguir. Cuando el conflicto estalló en Bosnia con motivo del proceso de desintegración de la antigua Yugoslavia, la ciudad fue inmediatamente asediada por las tropas serbias que querían apoderarse de ella para convertirla en capital de su recién constituida República Srpska. En conjunto este no fue más que un capítulo más, y quizás no el más sangriento, de una guerra que se cobró decenas de miles de muertes como resultado de un plan sistematizado de exterminio étnico. Sin embargo, por ese carácter universal y simbólico que le había conferido la sociedad occidental y por la especial situación de indefensión de sus ciudadanos, que durante más de tres años soportaron un bombardeo indiscriminado por parte de sus asediadores, me pareció que Sarajevo era la elección ideal para representar y explicar hasta cierto grado de amplitud un conflicto bélico harto complejo, que de otra forma hubiera resultado inabarcable. También desde un punto de vista histórico, Sarajevo sirve como nexo de unión que permite abordarlo a través del tiempo, pues la peculiar naturaleza del conflicto tuvo como detonantes un fanatismo y un odio racial que hunden sus raíces en un pasado que se remonta al imperio romano, se consolida con el surgimiento de los nacionalismos en el siglo XIX y explota con inusual crudeza durante la II Guerra Mundial. Es cierto que ya ha transcurrido un cuarto de siglo desde que se puso fin a esta guerra, lo cual es mucho decir en una actualidad en la que la gestión de la memoria parece cada vez más efímera. No obstante, sus ecos se dejan escuchar a día de hoy y por muy lejano o localista que nos pueda parecer, debemos recordar que todo esto sucedió muy cerca de nosotros, en un momento en el que el virus de la barbarie parecía extirpado para siempre de un corazón europeo que quedó maltrecho al término de la Segunda Guerra Mundial. Recuperar la memoria de este acontecimiento sirve como recordatorio de una violencia dogmática e irracional que permanece latente y que puede resurgir en cualquier momento.

Sinceramente, pocas veces he encontrado un título que se ajuste tanto a lo que se cuenta como el tuyo, Sarajevo Pain, porque el dolor es para mí el tema central, el dolor de una ciudad, el dolor de sus habitantes. ¿Siempre tuviste claro el título? ¿Llegó antes que su desarrollo?

Acostumbro a titular mis proyectos casi desde un primer momento. Mis títulos suelen ser cortos, directos, contundentes, y buscan dotar a cada uno de ellos de entidad e identidad propias. Buscar un título desde tan pronto es mi manera de hacer el proyecto más real, porque en torno a él concito todas las energías necesarias para su realización. Y en el caso de Sarajevo Pain su título estuvo claro prácticamente desde el inicio, porque lo que yo quería contar en esta obra era el dolor de una ciudad y de sus gentes, como tú bien dices en tu pregunta. No quería que el lector incurriese en equívocos pensando que en la obra iba a encontrar una epicidad o un belicismo que no están presentes y que personalmente detesto. Y si con esto no bastara lo dejo bien claro en las primeras páginas, cuya introducción funciona como una suerte de declaración de intenciones en la que intento manifestar cual va a ser el enfoque que como autor voy a desarrollar a lo largo de toda la obra.

¿Y qué me dices de los protagonistas? Más que personajes se sienten como personas, muy distintas entre sí, con historias y necesidades muy diferentes. De entre todas las posibilidades que tenías, y quizá pensando que el francotirador era el más obvio a priori por ser una imagen que sí tenemos de ese conflicto, ¿te resultó difícil dar con todos ellos?

Me alegra que pienses que mis personajes resultan veraces y diferentes entre sí porque, en gran medida, que el mensaje sea transmitido con éxito depende de ello. Quiero pensar que si algo diferencia a esta obra de otras que también se han acercado al tema, es la importancia que se le otorga al papel que desempeña cada uno de los personajes que aparecen en ella. Juntos conforman una visión poliédrica que nos ofrece una representación más amplia del conflicto. Decidir qué elementos conformarían esa visión es lo que me decidió la elección de cada uno de ellos. La primera elección y la más obvia fue la del francotirador, una figura que fue emblemática durante todo el conflicto porque solía apostarse a lo largo de una avenida, que más tarde acabaría llamándose Avenida de los francotiradores, y disparar indiscriminadamente contra hombres mujeres y niños, sumiendo a los habitantes de la ciudad en un temor y un desasosiego constantes. Él simboliza el fanatismo, el miedo y la incertidumbre, y en torno suyo giran el resto de los personajes, cuatro ciudadanos de Sarajevo. Zelja, representante de la lucha por la supervivencia. Amir, exponente de la inocencia mancillada. Anja, una víctima que nos narra el conflicto y su drama personal desde la privilegiada posición que le otorga la muerte. Y por último un pintor, quien a través de su arte intenta denunciar la complicidad que desde siempre ha existido entre la guerra, el poder y la belleza.

Siendo una historia tan humana y con unos personajes tan bien definidos, ¿cuánto hay de documentación histórica y cuánto de creación literaria libre en Sarajevo Pain?

La parte histórica, la parte descriptiva, todo eso tiene una base real. Este libro no se permite licencias excepto de las que se derivan de la parte dramática. En el libro existe una parte pedagógica, necesaria para que el lector entienda el contexto en el que se desarrolla la acción, y una ambientación en la que esta transcurre, que quise representar de la forma más fiel posible. Cuando uno retrata hechos históricos ampliamente documentados, como en este caso particular, es fundamental ceñirse a ellos, porque de otro modo podría incurrirse en la falsedad e incluso en el engaño. Y si hay algo que desde siempre he tenido muy claro a la hora de acercarme a este tipo de relatos es que hay que representarlos con la mayor veracidad y honestidad posibles. De otro modo, la denuncia que todos ellos albergan, queda absolutamente desvirtuada. Es por eso que antes de acometer el proyecto me sumergí en un arduo proceso de documentación que me llevó a indagar en todo tipo de fuentes: crónicas periodísticas, novelas, ensayos, poemarios, films, documentales, libros de fotografía, obras de teatro y, por supuesto, historietas. Es más, si el lector está versado en el tema o decide profundizar en él a raíz de la lectura del libro, comprobará que mucha de esa documentación, sobre todo la visual, está presente en muchas de sus páginas. En una de las escenas iniciales, Amir está caminando por una calle y pintada a un muro puede leerse la frase “Welcome to hell”. Esa imagen está basada en una fotografía real. Y como ella, muchas otras.

El concepto de nación y de construcción de la misma a través de la historia está muy presente en el libro. Durante el proceso de creación, ¿tenías en mente alguna lectura contemporánea o se trataba solo de contar lo que sucedió allí y entonces?

Para entender el conflicto racial y étnico que dio origen a esta guerra era necesario hacer hincapié en el concepto de nación en su acepción más extrema, es decir, el nacionalismo. Y ante todo, cómo esa idea de nación que vincula la identidad a la tierra y a un devenir histórico marcado por la sangre, era transmitida de generación en generación por medio de relatos orales y escritos, es decir, desde una visión parcial, adulterada y tergiversada de la historia. Lo cual encauza con esa idea del filósofo Walter Benjamin que sostiene que no hay documento de cultura que no lo sea, al mismo tiempo, de barbarie. Y en este sentido, lo que me guio a la hora de construir el relato no fue una lectura concreta sino un conjunto de ellas. Lecturas que me venían alimentando desde la realización de mi libro anterior, Fuga de la muerte, y que insistían, sobre todo, en la concepción de la memoria como instrumento para la búsqueda de justicia y compensación a las víctimas.

Cambias continuamente de protagonista, de escenario y casi de dolor, por seguir con lo que hablábamos antes, creando un collage en el que el lector tiene que estar vivo para ir entendiendo lo que está sucediendo. ¿Es una forma de implicarnos a este lado de la página en lo que estamos leyendo, en la historia que cuentas y en la realidad que retratas?

Soy bastante exigente con el lector. Me gusta pensar en él como en un agente activo. Por eso pienso que siempre hay que exigirle cierto grado de implicación, y es que la lectura es algo más que un ejercicio acomodaticio. Además, intento que mis libros requieran de más de una lectura. Con esto no quiero decir que haya que sufrirlo o resulte indescifrable, sino que si el lector quiere extraerle todo su jugo habrá de volver a él en más de una ocasión. Visto así puede resultar contraproducente en un tiempo en que la prontitud parece la tendencia imperante, pero yo siempre albergo la confianza de que las historias que narro generan el interés suficiente como para mantener su atención. Y creo que una manera de mantener el interés y a la vez indagar en esas complejidades es experimentar con los recursos narrativos. En este caso, como tú mismo mencionas, con el cambio constante, con la alternancia que genera la tensión y el suspense para continuar avanzando.

Visualmente, ese blanco y negro y esas formas tienen una fuerza tremenda. Me gustaría que me hablaras de las influencias artísticas que hay en la obra y en tu propio estilo, también por la inclusión de pinturas y esculturas, con una presencia tremenda en la historia, casi como si pudiera haber algo bello en situaciones como las que describes…

Mis influencias en el terreno de la historieta han sido las mismas desde que comencé mi trayectoria profesional y se engloban en esa escuela del claroscuro que tiene en su haber figuras tan insignes como José Muñoz, Alberto Breccia, Frank Miller y españoles como Federico del Barrio, por mencionar algunos de los más destacados. Lo cierto es que desde siempre me he sentido cómodo trabajando exclusivamente en blanco y negro, dotando a mis imágenes de cierto grado de expresividad que les confiere una emotividad extra con la que complementar el texto literario. Este apego por un grafismo de tipo expresionista me viene de mi formación como estudiante de Bellas Artes y no sólo ha tenido su plasmación en mis historietas, sino también en mi faceta de ilustrador. Con esto quiero decir también que el arte ha tenido siempre un peso fundamental en mi modo de concebir y enfrentar el mundo. Y esa influencia que ha ejercido en mí puede extrapolarse a la sociedad en general. El arte, como producto y generador de cultura es parte fundamental de nuestra constitución como especie a lo largo del tiempo. Sin arte, no podríamos entender el mundo ni podríamos entendernos a nosotros mismos. En Sarajevo Pain eso queda muy claro desde el principio, cuando se nos da a entender que el arte, más allá de un objeto decorativo, ha sido utilizado por los grandes soberanos desde la antigüedad como un instrumento para ejercer su poder. El régimen nazi, por ejemplo, le confirió un papel fundamental en la propaganda de su ideario, que difundió con especial énfasis en sus esculturas y obras arquitectónicas. Belleza y poder parecían los dos únicos motivos del arte hasta que una serie de artistas, en el caso que nos toca pintores, con Goya a la vanguardia, dejaron claro que otra de sus pretensiones podía ser, sin lugar a dudas, la denuncia, haciendo de la fealdad, entendida como lo que no es normativamente bello y agradable, el vehículo para expresarla. Pienso en Bacon, Zoran Music o Antonio Saura. Estos grandes artistas lograron algo único, que la fealdad perdiese su estatus de categoría estética y adquiriese un estatus de categoría moral. Ese es el sentido que yo quisiera otorgarle a mi arte y, en definitiva, a mi obra.

¿Te sientes más cómodo como narrador en alguno de los segmentos de la obra o crees que has conseguido equilibrarlos para que Sarajevo Pain sea un conjunto en el que todo tenga el mismo peso?

Cuando trabajo como historietista siempre me pienso, ante todo, narrador. De un modo natural siempre me atrajeron más aquellos dibujos que dotaban a la narración de agilidad y dinamismo. No es que al principio fuese consciente de este hecho, pero sí, ya entonces realizaba una discriminación entre dibujantes más o menos detallistas. Por norma general, los que más se afanaban con sus dibujos me resultaban tediosos, cargantes, y en el peor de los casos, soporíferos. Además, en los dibujos que tienden a sugerir más que a mostrar, se deja margen a ese acto tan maravilloso que es el de propiciar la imaginación por parte del lector. De ahí, mi inclinación por el uso del blanco y negro frente al color cuando realizo historieta. Su inmediatez, mayor que la del color, lo hace mucho más práctico a la hora de someterlo al régimen de lo narrativo. Lo cual, no quiere decir que implique descuidar el aspecto gráfico. Un buen dibujo de historieta es aquel que se somete a la narración sin perder por ello su cualidad estética. Por el motivo fundamental de que la historieta es principalmente visual. Yo intento mantener ambos aspectos bien equilibrados pues sin un relato bien estructurado todo dibujo, por muy bien realizado que esté, pierde su fundamento. Es algo a lo siempre le presto una especial atención y que está presente a lo largo de la confección de toda mi obra.

¿Ves más intensidad en el horror de la guerra que muestras o en el que sugieres?

El horror como exhibicionismo de atrocidades físicas, que es el horror comúnmente asociado a la guerra, nunca me ha interesado demasiado. El horror del que yo quiero hablar es del que genera un trauma de índole anímica y psicológica en los individuos. En el caso de este libro se trata del horror derivado de la incertidumbre absoluta en la que a diario vivía sumido cada uno de los habitantes de la ciudad de Sarajevo, del horror que provoca la pérdida de los vecinos, los amigos y los seres queridos, del horror ante la falta de expectativas de futuro, del horror ante la muerte inminente. En definitiva, del horror que supone sentirse totalmente expuesto e indefenso a un mal que emana directamente de la propia naturaleza del ser humano. Y ese es un horror intangible e invisible que solamente puede ser sugerido, pero que a nosotros, también ciudadanos corrientes, nos puede resultar más pertinente y cercano porque es capaz de extrapolarse a otras tantas facetas de nuestra vida cotidiana.

¿Y qué me dices de ese maravilloso homenaje que te marcas a clásicos del cómic como Flash Gordon o Corto Maltés…? Es algo muy inesperado en una obra del tono de Sarajevo Pain, y, la verdad, lo vemos como un acierto absoluto.

Este es mi particular modo de rendir homenaje a la historieta. Mientras pensaba en la historia que quería contar, me percaté de que se hacía mención a la pintura o a la escultura pero en ningún modo a esta expresión artística que es por la que siento una mayor predilección. Utilizar al personaje de Amir para hablar de ella fue el modo en el que representar el mismo interés y entusiasmo que su lectura despertó en mí mismo durante mi infancia. En el libro existe una preocupación muy profunda por mostrar hasta qué punto los relatos condicionan nuestro modo de ver el mundo y enfrentarnos a él. Para el francotirador serbio esos relatos eran los cuentos que su abuelo le relataba siendo él un niño. Para Amir esos relatos lo constituyen los cómics que lee y sus sueños el modo en que estos se reflejan y lo influyen, de una forma similar a como lo hicieron en mí. Sueños que son un artificio dramático que me permite el lujo de exponer en cada uno de ellos a un personaje o género representativos, como es el caso de Corto Maltés cuando se trata de la aventura, el Príncipe Valiente como exponente del género histórico, Flash Gordon si hablamos de la ciencia ficción o Little Nemo como el producto más refinado, exuberante y suntuoso de la fantasía, todos iconos del medio y de la cultura popular cuya aparición espero que emocione al lector.

La publicación de Sarajevo Pain tuvo que ser retrasada por la pandemia. ¿Cómo has llevado estos meses? ¿Cómo te ha afectado toda esta situación personal y profesionalmente?

Ignoro hasta qué punto terminará afectándonos a todos esta pandemia que ahora mismo estamos sufriendo, pero es indudable que llegados a este punto, todos lo estamos de un modo un otro en el ámbito personal, anímico, emocional, laboral… En lo que respecta a mi libro, me alegró que finalmente no se publicase cuando estaba previsto inicialmente, pues hubiese coincidido en el tiempo con el decreto del estado de alarma, y en ese caso es posible que hubiese pasado desapercibido, lo cual habría resultado verdaderamente desastroso. Finalmente se publicó hace unos meses, en julio, en un momento en el que habíamos abandonado el sufrido confinamiento y cierta alegría y entusiasmo nos animaba a todos. Eso permitió que al menos el libro disfrutase de una presentación formal como es habitual en estos casos. Pero por otro lado, la delicada situación existente impidió la celebración de jornadas y salones previstos para esas fechas, eventos ideales para promocionar la obra, interactuar con el fan y conocer de primera mano sus impresiones sobre tu trabajo. Es cierto que ha habido un incremento en las ventas de libros en general, porque la gente ha encontrado en la lectura un refugio para soportar mejor la complicada situación que estamos viviendo, y eso siempre es bueno para el medio, pero como autor, cuando has invertido tanto tiempo, energías e ilusiones en un proyecto, ese trato con el lector se agradece mucho. O dicho de otro modo, experimentar de un modo cercano la trayectoria de tu obra en el circuito. Eso es posiblemente, en lo que se refiere a mi faceta como historietista, lo que más he lamentado.

¿Y en qué proyectos andas metido? ¿Dónde vamos a ver próximamente la firma de Fidel Martínez?

Voy a comenzar a colaborar en La Residencia de Historietistas, que es una publicación bimensual avalada por la editorial Nuevo Nueve, que funciona mediante suscripción, y que reúne en sus páginas a cerca de una treintena de autores de primer orden. También he realizado una historieta breve a color para un proyecto musical que verá la luz a lo largo del año próximo y del que no puedo aportar más información ahora mismo. Y, por supuesto, he comenzado a trabajar en un nuevo proyecto de libro que todavía se encuentra en un estado embrionario, pero que no tiene un plazo marcado, porque trabajar en Sarajevo Pain ha supuesto invertir tres años de mi vida muy intensos y reconfortantes pero que me han dejado un tanto exhausto. Algo que espero no le haya sucedido al lector que haya llegado hasta este punto de la entrevista.

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Esta entrada fue publicada en 22 diciembre, 2020 por en Entrevista, Fidel Martínez, Norma y etiquetada con , , .

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