Guión: Miguelanxo Prado.
Dibujo: Miguelanxo Prado.
Páginas: 104.
Precio: 23 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Septiembre 2020.
Miguelanxo Prado lleva tiempo en lo más alto del cómic español, coronado además por el Premio Nacional de Cómic, y por eso en cada uno de sus obras podemos encontrar muchos detalles. El pacto del letargo no es ninguna excepción, porque se trata de un tebeo camaleónico, de los que sorprende. Da la sensación de que podemos asistir a una bella fábula, a una leyenda distinta por su escenario, una indeterminada región del norte de España, para después convertirse en una aventura juvenil, luego en un relato de tintes casi ecologistas, una ácida crítica social como nos tiene ya acostumbrados, y que se focaliza no solo en el comportamiento humano en sociedad sino de manera específica a un podrido ámbito universitario y académico, y hasta una fantasía de acción pura. Cómo se las arregla Prado para introducir tantas maneras de aproximarse a su historia en tan poco espacio es una de las razones por las que cada una de sus obras se espera con tantas ganas. Cuando llegamos al final de El pacto del letargo puede ser que su clímax sea lo más convencional de una historia que está siempre rompiendo fronteras y límites y a la que, precisamente por eso, no es fácil encasillar. Y qué bien que Prado siga manteniendo intacta esa libertad creativa, porque es una parte de su éxito.
Lo cierto es que no hay ningún aspecto de El pacto del letargo en el que el autor parezca encontrarse a disgusto. Y no es tan poco fácil discernir dónde está más cómodo, lo que habla francamente bien de su obra. Podemos insistir en que la acción final es de alguna manera lo menos efectivo, pero sería hacerle de menos a un trabajo que es, una vez más, muy completo. Sabe actualizar la leyenda para que encaje en nuestro mundo, incluso aunque eso lo hayamos visto en mil y una obras de ficción. Y a la inversa, sabe que su crítica certera al comportamiento humano tenga cabida en una historia de fantasía sin caer en la caricatura y añadiendo algunas gotas de humor en los diálogos que casi parecen impensables. Domina el thriller con la misma intensidad que la fantasía, y aunque eso se algo de lo que ya nos ha hecho partícipes a lo largo de su trayectoria, quizá no lo haya hecho en una mezcla tan arriesgada como esta. O, por lo menos, jugando con tantos elementos diferentes. Viendo la conclusión del álbum, que por supuesto no vamos a desvelar, cabe pensar que el verdadero foco que quería poner Prado está en el ámbito docente e investigador, y eso es algo que también se agradece, porque habla de una forma de trabajar (y de ser) que habría que censurar y no siempre lo hacemos.
Al margen de lo que Prado nos cuenta, que siempre encuentra la manera de ser interesante, hay algo que está fuera de todo debate, y es la forma de lo que nos cuenta. Estamos ante un dibujante maravilloso, que sabe extraer belleza del entorno, y así arranca el cómic, con la misma eficacia que movimiento en sus personajes o expresividad en sus diálogos. Nos creemos sus seres mágicos con la misma facilidad que sus personajes más accesibles y cotidianos. Es un maravilloso retratista de la vejez, y eso es algo que quizá no le hemos valorado todavía lo suficiente, aún siendo necesario que en los cómics, como en cualquier otro medio, haya tantos personajes que sean capaces de salirse de esos cánones de belleza física y juventud que Prado no esquiva pero tampoco potencia. Si decimos que El pacto del letargo es un trabajo cambiante en su historia y en sus géneros, también se puede decir lo mismo en su aspecto visual, sin perder en ningún momento ese aspecto tan reconocible en la obra de Prado y que de una manera tan inmediata nos sumerge en el mundo que nos quiera describir, sea el que sea. Sí, Prado lo ha vuelto a hacer, nos ha vuelto a dar una obra completa, inteligente, madura y muy entretenida, que sabe jugar en los escenarios que le son más cómodos pero en las que también abandona cierto confort para tomar algunos riesgos. Así da gusto.
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