Título original: Generation X.
Director: Jack Sholder.
Reparto: Finola Hughes, Jeremy Ratchford, Heather McComb, Agustín Rodríguez, Matt Frewer, Amarilis, Bumper Robinson, Suzanne Davis, Randall Slavin.
Guión: Eric Blakeney.
Música: J. Peter Robinson.
Duración: 87 minutos.
Estreno: 20 de febrero de 1996 (televisión, Estados Unidos).
El hoy resplandeciente universo Marvel tuvo años si no de oscuridad sí al menos de búsqueda de enfoque y presupuesto adecuados para llevar a sus personajes a la pantalla, la grande y la pequeña. Los años 90 fue una década sin apenas películas, y las pocas que nacieron fue con una escasez de medios y ambición que daba miedo. Y en ese contexto nació Generación X. La cabecera comenzó a utilizar en 1994 para dar cabida a las más jóvenes incorporaciones al universo mutante escapándose precisamente del enfoque de Los nuevos mutantes, queriendo ser, de alguna manera, más actual. Puede que fuera ese protagonismo adolescente el que llevara a Fox a producir una película hecha para televisión sobre este nuevo grupo que tuviera alguna conexión más o menos directa con el universo de los X-Men y que, de salir bien, abriera la puerta a una continuidad televisiva en forma de serie o nuevas películas. No sucedió ni una cosa ni la otra, con lo que Generación X ha pasado a la historia como un intento algo bizarro de construir un microuniverso propio cuya mayor influencia visual e interpretativa no era otra que la del Batman Forever de Joel Schumacher (aquí, su crítica), como se puede ver en el estilo de rodaje de Jack Sholder, responsable de la segunda entrega de Pesadilla en Elm Street, y sobre todo en el científico loco al que interpreta Matt Frewer.
El actor se inspira prácticamente en todo lo que hace el Acertijo de Jim Carrey, pero rebajando el movimiento a lo que se espera de TV Movie de mucho menor presupuesto. De alguna manera, libera de presión al joven reparto, y tanto él como las dos figuras, digamos, adultas que conforman la selección de personajes a los que vemos en la pantalla se llevan prácticamente todas las miradas. Tiene cierta gracia la Emma Frost de Finola Hughes, que en muchos aspectos es mucho más fiel a la del cómic de aquellos años que la que años después nos ofreció January Jones en X-Men. Primera generación (aquí, su reseña), no solo en cuanto a personalidad sino incluso también en un vestuario mucho más acertado. El Banshee de Jeremy Ratchford puede sorprender algo más, pero hay que reconocer que sirve bien a los propósitos de la historia, que en ese sentido es bastante tradicional. La idea es agrupar a un conjunto de adolescentes, con inquietudes propias de su edad, dirigidos por dos mentores adultos. ¿Por qué no tienen estos un mayor protagonismo en la lucha final que narra esta película, máxime teniendo en cuenta que son los mutantes más poderes que se nos presentan? Por una simple cuestión narrativa de dejar espacio a los muchachos a los que seguimos, en especial a Júbilo y a Angelo. ¿Personajes modificados? Los hay, y también eso desató su controversia.
En realidad, nada escapa a la crítica. Da igual que estemos ante una película para televisión de una franquicia alejada del primer nivel, como es este caso. Lo cierto es que Júbilo no tiene los rasgos asiáticos que se le suponen al personaje nacido en el cómic y que hay dos de los jóvenes integrantes del grupo que no son los que aparecían en las viñetas. Y es verdad que los cambios son, sobre todo en este segundo aspecto, algo innecesarios, pero tampoco se puede decir que eso sea un problema en la ejecución de Generación X. Su historia es simplemente correcta, tópica en muchos sentidos, con la típica puerta abierta al final para convertirse realmente en una apuesta de superhéroes. Y la realización del filme es muy, muy televisiva, aunque a base de colores y angulaciones de cámara quiera ser algo más moderno y que, sobre todo, enganche en esa vía ya mencionada, la de Joel Schumacher. Generación X permanece así en la memoria como una curiosidad extraña a la que se le podrán sacar muchos defectos pero de la que es fácil concluir que habría tenido su gracia que tuviera continuidad. Los efectos especiales de su época y entorno profundizan aún más en ese cariño que se le puede coger casi de manera instantánea. Se deja ver, aunque solo sea por anticipar la mansión de Charles Xavier que se usó en las películas iniciadas por Bryan Singer.
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