Título original: The Last Days of American Crime.
Director: Oliver Megaton.
Reparto: Edgar Ramírez, Anna Brewster, Michael Pitt, Tamner Burjaq, Sharlto Copley, Brandon Auret, Partick Bergin, Sean Cameron Michael.
Guión: Karl Gajdusek.
Música: David Menke, The Limañas.
Distribuidora: Netflix.
Duración: 149 minutos.
Estreno: 5 de junio de 2020 (Estados Unidos y España, digital).
Rick Remender es un escritor que da forma a sus cómics de una manera tan cinematográfica que casi parece mentira que hayamos tenido que esperar hasta 2020 para ver una de sus historias convertidas en película. Y es una pena que el resultado haya quedado tan por debajo de lo que cabía esperar. Los últimos días del crimen, que adapta el cómic que en España mantuvo el más significativo título original, The Last Days of American Crime (aquí, su reseña), pierde buena parte del carisma original convirtiéndose en una cinta exageradamente larga, casi dos horas y media, que no termina de captar el escenario que proponía Remender y que Greg Tocchini dibujó con tanta maestría y que se queda en una película de robos que se pierde en el maremágnum de incontables títulos parecidos que buscan en la violencia el argumento esencial con el que sustentar su propuesta. Más allá de buscar los parecidos con el cómic de Remender y Tocchini, no hay demasiados elementos positivos que rescatar en la película de Oliver Megaton, que llevaba seis años sin ponerse detrás de la cámara después de hacer la tercera entrega de la serie Venganza. No es que sea una mala película, aunque sea lícito argumentarlo. Es, sencillamente, que no sabe sacar partido de sus posibilidades, ni en cuanto a si historia ni tampoco en cuanto a su puesta en escena.
The Last Days of American Crime, de la misma forma que la revisión cinematográfica, propone un escenario fascinante sobre el que la película pasa de puntillas. Estados Unidos va a poner en marcha un inhibidor neuronal que impedirá que sus ciudadanos puedan cometer crímenes. Con ese caldo de cultivo, los protagonistas a los que seguimos preparan un último golpe, uno grande. La película, no obstante, no da la sensación de ponernos en ese escenario futurista, por cercano que quiera hacerse parecer, y pierde así la ocasión de marcar distancias con respecto a otros filmes. Su acción, además, no es demasiado espectacular o distinta de lo que ya hayamos visto, y quizá la única escena distintiva es la que muchos verán como un triste reflejo de los tiempos que corren, una pelea entre un policía interpretado por un Sharlto Copley venido a menos desde que sorprendió en la maravillosa District 9 y la protagonista femenina, una Anna Brewster a la que Megaton no hace lucir de una manera tan fascinante como su personaje brilla en los lápices de Tocchini desde la misma cubierta del tebeo. Con el paso de los minutos, nos damos cuenta de que las explicaciones son rutinarias y el golpe de todo menos maestro, con lo que se agotan las opciones de que la película honre al material de referencia.
El cine de acción lleva tiempo buscando en lo explícito de su violencia una forma de ganar adeptos, pero quizá vaya siendo hora de reflexionar sobre la eficacia de este camino. Remender y Tocchini sí son explícitos, negarlo sería absurdo, pero en el cómic luce de una manera distinta a lo que consigue mostrar Megaton en el cine, y eso minimiza buena parte de los esfuerzos que hay en montar una película de estas características. Tampoco da la sensación de que el reparto ayude demasiado a que la cinta se salga de lo común, porque todos sin excepción buscan clichés en los que sustentar sus trabajos. No hay demasiado fondo para que el hierático protagonista de Edgar Ramírez nos parezca un personaje único de este universo o digno de la empatía del espectador, como tampoco lo hay en la locura salvaje de Michael Pitt. Todo suena escaso en Los últimos días del crimen. Correcto, si se quiere, pero muy lejos de lo que se intuye que podría haber sido, incluso aunque no se pueda negar cierta fidelidad al original de viñetas, sobre todo en algunas escenas concretas. Pero llevar a las dos horas y media un tebeo que apenas pasa de las 150 páginas, sin que parezca en realidad que hay demasiadas incorporaciones inteligentes o brillantes en la pantalla, da una idea de lo fallido que es el trabajo de adaptación. Remender tendrá que esperar un nuevo intento.
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