CÓMIC PARA TODOS

‘Rompenieves (Snowpiercer)’, de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette

Editorial: Norma.

Guion: Jacques Lob, Benjamin Legrand.

Dibujo: Jean-Marc Rochette.

Páginas: 280.

Precio: 32 euros.

Presentación: Cartoné.

Publicación: Febrero 2020.

A la hora de analizar Rompenieves, hay que tener en cuenta que este volumen integral incluye dos partes muy diferentes. La historia original estaba pensada como una cerrada, escrita por Jacques Lob y dibujaba por Jean-Marc Rochette. Con sus defectos, pero con una inmensa imaginación, nos ofrecieron un relato apasionante, de esos que engancha, ciencia ficción de la buena, de la que hace pensar en cómo se ha desarrollado el mundo hasta llegar a ese punto en el que lo que queda de la humanidad tiene que estar encerrada en un tren kilométrico que viaja a gran velocidad por un mundo helado. Una década después de la muerte de Lob, Benjamin Legrand se unió a Rochette para darle continuidad en dos historias más, o mejor dicho en una historia en dos partes, y que busca caminos algo diferentes y que a pesar de tener un aspecto más reposado no consigue los mismos efectos que el relato original. A lo mejor no es más que la nostalgia y ese espíritu de la ciencia ficción de los años 80 que se apoderó durante esos años con tanta facilidad del cómic, y más en formato revista, pero por momentos es hasta difícil pensar en estas dos mitades como parte del mismo universo. Lo son, y la lectura completa merece la pena, pero da la sensación de que continuar lo que nos dejó Lob no termina de lograr los objetivos que se propone.

Rompenieves, el álbum original, es un viaje tremendo e intenso. Un hombre se escapa de los vagones de cola de este tren, y su huida se convierte en la persecución de un misterio, el que se teje alrededor de esta gigantesca máquina y el mundo que nos muestra. Lob no se pierde en detalles innecesarios, y de hecho un análisis minucioso puede llevarnos a pensar que estamos ante una idea rápida ala que le faltan muchos detalles de los que hoy probablemente un autor abusaría, con el fin de que nadie pudiera encontrar grietas en su universo. Pero es que en realidad no los necesita para cautivar, eso lo consigue con su idea primigenia y con los personajes que crea, con sus metáforas sobre la lucha de clases y con su traslación a una ciencia ficción eficaz y contundente. Ese puede ser el pecado de Legrand a la hora de continuar el relato después de tantos años, una colección de detalles sin los que podríamos haber vivido y que complican la trama de una manera que se aleja un tanto de la propuesta original. Ni mucho menos son malos álbumes, Legrand también sabe jugar con el misterio y con el escenario que busca, pero sus logros están lejos de los que había cosechado Lob probablemente con menos ambición. El conjunto, no obstante, se lee bien sin que las fisuras del tiempo hagan mella en la continuidad entre las dos partes.

Además, Rochette actúa como pegamento. Es cierto que podemos ver una evolución en su dibujo del primer álbum al resto de este integral, es lógico si tenemos en cuenta el tiempo que pasó entre ambos, pero claramente estamos dentro del mismo universo visual y eso se agradece. Tiene un toque realista que hace encajar muy bien este relato con la ciencia ficción de revista de comienzos de los años 80, sabe incorporar la sencillez de diseño que necesita la máquina que da título al relato y además aporta el carisma suficiente a sus protagonistas para que se erijan en las grandes bazas para animarnos a seguir leyendo. Es ciencia ficción pero de personajes y de entorno, mucho menos de tecnología a pesar de lo que se pudiera pensar por el título y la misma sinopsis de la obra, y eso es lo que hace que su lectura sea todavía más ágil. Rochette sabe que no es necesario complicarse, ni en la puesta en escena de Rompenieves ni tampoco en sus continuaciones, de ahí por ejemplo la economía de diseño que hay en sus escafandras, porque lo que importa es que nos sintamos dentro del mundo que él y Lob imaginan en primer lugar. Y eso lo consiguen con contundencia, con una idea descabellada pero que saben hacer real y con equivalencias sociales muy acertadas para que su planteamiento siga teniendo vigencia en nuestros días.

Le Transperceneige comenzó a publicarse en la revista À Suivre desde 1981 y fue recopilada en tres álbumes por Casterman, Le Transperceneige, L’arpenteur y La traversée en febrero de 1984, octubre de 1999 y septiembre de 2000. El contenido extra lo forman las portadas originales de Jean-Marc Rochett y un epílogo de Jean-Pierre Dionnet ilustrado con bocetos y diseños del dibujante.

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