Guión: Pepe Rey, Manolo López Poy.
Dibujo: Miguel Fernández.
Páginas: 48.
Precio: 15,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Noviembre 2019.
Con cada muevo álbum, La espada de San Eufrasio va sumando nuevos elementos de interés. Bien por Pepe Rey y Manolo López Poy, que han encontrado una manera muy entretenida de meternos de lleno en un cómic histórico de entorno español, eso que por desgracia nos cuesta tanto explorar desde tantas disciplinas, y bien por Miguel Fernández por el dibujo de la obra, que sabe sacar partido de lo documentable y de lo imaginado. La serie sigue mezclando bien al vulgo con lo noble, y va trazando en Un pacto con Satanás, como ya lo hacía primero en La aldea maldita (aquí, su reseña) y después en Tierra de Lobos (aquí, su reseña), un escenario político-social con muchos puntos de interés, mucha tensión a punto de explotar y un desarrollo por ahora bastante impredecible que consigue no solo enganchar al lector para que siga muy pendiente de La espada de San Eufrasio sino también para buscar más información sobre la época y sobre la zona en la que acontece este muy atractivo entramado que llega a tantos rincones. Ese es un objetivo secundario de un cómic histórico, pero es siempre uno de sus objetivos, si no se siente pasión por el escenario que estamos viendo es evidente que el cómic no funciona como le gustaría hacerlo. Y este funciona de una manera notable, ya desde el primer álbum y todavía ahora que cerramos el tercero.
Rey y López Poy saben entender el ritmo pausado pero firme que tiene que tener su historia, porque eso es lo que permitirá que sus contadas escenas de violencia y acción tengan el impacto necesario. El suyo es un delicado y continuo juego de colocación de piezas, esperando el momento adecuado para que cada una de ellas cumpla con un papel de difícil anticipación. Ese es uno de los grandes méritos de esta serie, que enganchan sin necesidad de recurrir a tópicos o estructuras manidas, y con personajes que no necesitan sobresalir los unos sobre los otros y cumplir roles preestablecidos. El respeto al escenario histórico es casi reverencial, y es imposible decir qué surge de la imaginación de los escritores y qué de un relato perdido y encontrado en un libro de historia. Y da gusto escuchar a cada personaje, todos tienen voz propia y personal. Puede que el mencionado ritmo de la historia juegue en contra de quienes tengan una visión más romántica o violenta de los tiempos medievales, de quienes esperen una aventura mucho más frenética o enfrentamientos físicos más notables. La fuerza de La espada de San Eufrasio no reside ahí, sino en sus ganas de contar un magnífico juego de tronos que afecta a los señores, los obispos y los caballeros, pero tambien en las de detenerse en los efectos que todas estas maniobras tienen sobre el pueblo.
Fernández, en línea con estos objetivos que marca la serie desde su arranque, está más que presto para ofrecer una mirada realista a todos los elementos que le ofrecen los guionistas. Realista, sí, pero sin necesidad de abusar del detalle o de la sobrecarga de la viñeta. El foco del ilustrador está siempre en los personajes, a los que dota de un escenario suficiente para que puedan moverse con la verosimilitud que necesita la historia. En las escasas escenas en las que hay una violencia gráfica, Fernandez se encuentra tambien a gusto, narrándolas sin cebarse en lo más desagradable, sin darle una importancia mayor de la necesaria, pero sin rehuir tampoco este aspecto de la realidad que nos está contando La espada de San Eufrasio. Un pacto con Satanás muestra una interesante evolución gráfica, adelantada en el continuo cambio de tonalidades que tiene cada una de las portadas de la serie, y encaja como un guante en el desarrollo inteligente que está teniendo el relato, uno que en realidad no quiere que haya diferencias de juicio entre sus diferentes entregas sino que las consideremos como parte de un todo que, por ahora, merece muy buena nota y que está cumpliendo con creces sus objetivos, tanto los narrativos como los didácticos. No se le pueden poner muchos peros al trabajo que están haciendo sus autores, y ese es el mejor elogio que se les puede lanzar.
No tiene contenido extra.

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