Título original: Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker.
Director: J. J. Abrams.
Reparto: Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Carrie Fisher, Mark Hamill, Naomi Ackie, Richard E. Grant, Lupita Nyong’o, Domhnall Gleeson, Anthony Daniels, Joonas Suotamo, Billy Dee Williams, Ian McDiarmid, Kelly Marie Tran, Keri Russell.
Guión: Chris Terio, J. J. Abrams.
Música: John Williams.
Duración: 140 minutos.
Distribuidora: Disney.
Estreno: 19 de diciembre de 2019 (Estados Unidos y España).
A la hora de analizar una película, como cualquier otra obra de ficción, podemos tener en cuenta su intrahistoria, sus precedentes, su significado, sus limitaciones y las expectativas. Al final, la realidad es que una película dura lo que dura y ofrece lo que ofrece. Todo lo anterior condiciona, sin duda, pero el juicio hay que hacerlo sobre el resultado final. Y el de El ascenso de Skywalker es lamentable y tristemente malo. J. J. Abrams falla de todas las maneras posibles, y hay que decirlo. Es Star Wars, desde luego, están los personajes de siempre y los nuevos que se han convertido ya en su mayoría en parte imborrable de esta mitología, hay ideas espléndidas e imágenes muy potentes y que encajan con este universo. Pero la película es un notable fracaso. Abrams termina por demostrar que no había una dirección en esta trilogía, que los buenos momentos que había en la nada arriesgada El despertar de la Fuerza (aquí, su crítica) y la ahora proscrita Los últimos Jedi (aquí, su crítica) no han servido para construir una historia de Star Wars sino una lucha de egos y muchos estudios de mercado. El cierre, no ya de esta trilogía sino de toda la saga, es demoledoramente decepcionante, no solo por sus enormes errores internos, un guion de andar por casa que podría firmar cualquier videojuego de aventuras, sino por todo el daño que hace a la misma saga que dice honrar.
Si se analiza en detalle, y a veces hasta mirando el brochazo gordo, El ascenso de Skywalker tira por tierra, literalmente, todo lo construido por George Lucas, quitando todo significado a la epopeya de Anakin Skywalker y Darth Vader. Copia, que no homenajea, y sirva como ejemplo ese hermoso plano final… que ya vimos en La venganza de los Sith (aquí, su crítica). Desprecia a personajes clásicos, especialmente a R2-D2 y a Chewbacca, por no hablar de lo que hace con C-3PO, protagonista del más cobarde de los muchos giros que hay en la película. Fracasa también en que era la película con la que había que sentir, llorar y emocionarse y la cinta resulta tan plana que ni siquiera los momentos pensados para la lágrima consiguen sacarla. Pero si hay resulta molesto de El ascenso de Skywalker es que se ha buscado la salida fácil para todo, ya desde el texto inicial, declaración de intenciones de Abrams para dejar claro que, para él, Los últimos Jedi sobra, con la torpe introducción de un villano final con el que tratar de ganarse el beneplácito del fan más irredento, al que ni siquiera le da una explicación coherente porque, en el fondo, estas dan igual. Tenemos un plan y, si este no nos vale, no importa ir a por el siguiente, aunque sea totalmente opuesto, como queda claro en el clímax, tan espectacular visualmente como carente de sentido. Como la gran revelación del filme.
Uno se imagina a Rian Johnson, que al menos sí fue valiente, riéndose de que al final hasta Abrams trate de aprovecharse de algunas de sus ideas, por ejemplo las que atañen a Poe Dameron, pero también a Lucas, que probablemente viva incrédulo el final que se le ha dado a su historia, aniquilando su mismo significado, y atónito al ver que un final que tendría que ser épico se queda en algo tan absurdo que apuesta únicamente por la multiplicación, por hacerlo todo más grande, que haya más naves, que la Fuerza tenga más poder, que haya cada vez menos explicaciones. El progreso es obvio y necesario en el cine, que haya fan service en una película de esta naturaleza es obligado, tener al niño como público primordial de Star Wars es hasta necesario, pero todo eso no puede ocultar la enorme cantidad de problemas que tiene una película mal escrita, mal montada, injusta con su legado y que no cae en el sindiós más absoluto porque sus imágenes tienen mucho poder. Abrams, no obstante, ha fallado esta vez con los trailers, porque ha soltado allí demasiadas de las armas que tenía para sostener la película. Eso sí, merece la pena detenerse en el esfuerzo que hacen Daisy Riley y Adam Driver, muy por encima de lo que les ofrece el guion de Abrams y Chris Terio. Nada, no obstante, cura la decepción que genera un pobre final que ya no tiene solución. Qué pena.

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