Título original: The Death of Stalin.
Director: Armando Iannucci.
Reparto: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Paddy Considine, Rupert Friend, Jason Isaacs, Michael Palin, Andrea Riseborough, Jeffrey Tambor, Andrea McLoughlin, Olga Kurylenko, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Dermot Ceowley, James Barriscale.
Guión: Armando Iannucci, David Schneider, Ian Martin.
Música: Chris Willis.
Duración: 107 minutos.
Distribuidora: Avalon.
Estreno: 20 de octubre de 2017 (Reino Unido), 6 de marzo de 2018 (España).
La primera sorpresa que ofrece La muerte de Stalin, la película de Armando Ianucci, es que apuesta por un tono diferente al de la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin en que se basa (aquí, su reseña). Lo que en las páginas impresas era grave, aquí es satírico. Hay tanto cinismo en el filme que casi se puede entender la decisión del Gobierno ruso de prohibir la exhibición del mismo, dicho esto de una manera simpática por supuesto y felicitando al millón y medio de personas que se descargaron la cinta ilegalmente para verla saltándose ese absurdo boicot oficial. La verdad, aunque en este caso sea una verdad convenientemente ficcionada, siempre se abre camino. Es curioso que estos dos, la censura y la precisión histórica, sean los aspectos de los que más se ha hablado al comentar La muerte de Stalin, dejando desgraciadamente a un lado sus muchos méritos cinematográficos. No tiene por qué importar demasiado que no haya un trabajo milimétrico a la hora de trasladar la historia real porque esto no es un documental. Si hace falta mover un personaje en el espacio o en el tiempo, se mueve. Esto no es el terreno sagrado del documental ni tampoco pretende pasar por uno. ¿Critica al funcionamiento del régimen soviético? La tiene, por supuesto, contundente y rotunda, pero no nace precisamente en lo que inventa, y eso es algo que ningún censor puede evitar que se sepa.
A partir de ahí llega el momento de disfrutar con las gloriosas presentaciones de cada uno de los personajes que aparecen en la película, hasta cubrir todas las altas esferas del Kremlin. Se le puede reprochar a Iannucci que no haya sabido integrar del todo y dar una entidad suficiente a la secuencia que sirve de desencadenante de toda la trama, el concierto emitido por radio del que Stalin solicita una copia y la negativa de su solista a repetirlo cuando se comprueba que no se ha grabado, pero en el momento es un tramo tan divertido y tan significativo del escenario que quiere representar que tampoco hay demasiado problema en ello. El objetivo de la película, no obstante y a pesar de su título, no es tanto la muerte de Stalin sino la lucha palaciega que abre esa situación. El poder es demasiado goloso y hay demasiados gallos en ese gallinero para pelear por una sucesión que el absolutista poder de Stalin no dejó preparada. Ahí es donde el cinismo satírico de la película alcanza unas cotas formidables, plasmadas en unos diálogos agudos y certeros con los que es fácil disfrutar incluso aterrizando a mitad de la historia y sin tener toda la información necesaria. Iannucci remata todo este cúmulo de sensaciones con una caricaturización sutil y elegante, ni siquiera las exageradas presentaciones de los personajes, con acordes de música de tono soviético, se salen de este plan.
La película, además, cuenta con un reparto magistral. Destaca el nombre de Steve Buscemi, que da vida a Nikita Khrushchev, primer secretario del Partido Comunista, el más conocido para el público general, pero es difícil encontrar fisuras en un elenco que se mete de lleno en este juego de ambiciones y estrategia en el que cada gesto y cada palabra cuentan para el futuro de cada uno de los personajes. La película destaca precisamente por eso, por la comicidad que se desprende de esos momentos en los que alguien se da cuenta de que lo que acaba de decir es inconveniente o peligroso, porque ahí es donde está la esencia de su sátira. Todos los actores, bien guiados por Iannucci, parecen entenderlo a la perfección, con la misma secuencia casi inicial del control radiofónico como paradigma de su historia completa. Da la sensación de que La muerte de Stalin ha pasado mucho más desapercibida de lo que merecía, como también su origen comiquero. Sirvan pues estas líneas para reivindicar ambos hechos, para proclamar que hay un espléndido cómic titulado La muerte de Stalin y una notable adaptación que entiende ese concepto, coge lo que le interesa del trabajo de Nury y Robin, y a partir de ahí crea una historia meticulosa, certera y tremendamente divertida para aquellos que disfruten de una buena sátira política.

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