Guión: Luis Durán.
Dibujo: Luis Durán.
Páginas: 272.
Precio: 24,95 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Septiembre 2018.
Sí tenemos ganas de presentar batalla como lectores, un tebeo como Orlando y el juego es una mina de oro. No es una obra fácil, nunca diremos tal cosa sencillamente porque no es verdad, y no estamos hablando del trabajo al que nos obliga Luís Durán de dar la vuelta al libro en el quinto de los siete fractales en los que divide este cuarto volumen o el hecho de dejarnos solo con los lápices en el séptimo y último. No, la complejidad de la obra va mucho más allá y es de esas que se mueven en el estrecho margen que hay entre el reto y la Incomprensión. Cada uno de los fractales es brillante por sí solo, pero es en la conexión entre ellos donde Durán obliga al lector. A fondo, además. Y el juego es fascinante, para qué negarlo, sobre todo por la capacidad del autor de sumergirnos de una forma tan absoluta y certera en cada época que toca. Si tiene que ser el medievo, se vale hasta del lenguaje para trasladarnos a un mundo que nos resulta lejano y a la vez accesible. Si son los años 90 del siglo XX, tenemos la misma sensación inmersiva. Lo que Durán nos lanza en este cuarto libro no es nada que no nos regale en los tres primeros (aquí, aquí y aquí, sus reseñas), pero si hay que marcar diferencias están en el segundo fractal, quizá el mejor y más bonito de todos de forma individual, y en el tercero, el más clarificado en cuanto a la historia de fondo.
Durán dio la impresión al inicio de que, con su vertiente fantástica abrazada e innegable, íbamos a asistir a una obra de escenario medieval. Monjes, señores, caballeros, sangrientas batallas como epicentros de la historia. Pero no. O al menos no del todo. El juego del título pronto se vio que iba a ser mucho más profundo y en este punto, en el cuarto libro, seguimos teniendo esas mismas sensaciones. Eso es motivo de celebración por una razón fundamental. Como por ejemplo le sucede a Santiago Valenzuela, Durán juega con muchos elementos que no forman parte del conocimiento del lector, y sin embargo sigue enganchando. Lo hace con personajes recurrentes y con otros episódicos, con escenarios históricos y con otros más cotidianos. Es un tebeo peculiar, que se aleja conscientemente de los terrenos de la comercialidad y de la comodidad para el lector, pero parece imposible dejar de reconocer sus méritos. Y sí, como decíamos al principio, el fractal dos, comuna mezcla de magia infantil, ambiente urbano y amor por la música puede ser el mejor fragmento de la serie hasta el momento. Bien es cierto que, en el otro lado de la moneda, hacen falta más respuestas como las que ofrece el tercer fractal, sobre todo si el lector que tiene entre manos el libro es algo impaciente. El misterio y las conexiones difusas funcionan bien, pero no para siempre.
En lo visual, el estilo de Durán sigue siendo tan convincente como lo ha sido desde la primera página. Detrás de un diseño de formas exageradas y que huye del realismo, ha conseguido que sus figuras, sus escenarios y sus mismas historias sean elementos tremendamente cercanos, y eso también es digno de elogio. No solo le da un carisma especial a la serie, sino que al mismo tiempo le permite adentrarse en homenajes muy personales, ya sean a tiempos y lugares en los que ha vivido, a momentos históricos que le apetece recrear o incluso a la cultura popular, incluyendo el mundo del cómic. Con todo, el autor crea un batido peculiar pero exquisito, de esos que se disfrutan incluso aunque se desconozcan los ingredientes, gracias también a que Durán no conoce barreras. Si hay que optar por una página apaisada, se hace. Si quiere buscar huecos en blanco para descansar la vista del lector, cambia la configuración habitual de la página y los introduce. Y así con todo. Orlando y el juego no es sencilla de leer, en absoluto, pero al mismo tiempo es muy fácil dejarse llevar por lo que propone, porque Durán escribe y dibuja muy bien. Sus diálogos son certeros y sus ilustraciones, por oscuras que puedan parecer, son siempre adecuadas. Cada volumen, además, nos hace pensar en lo necesario de volver atrás y retomar la obra desde el principio, señal de que hay mucho que ver.
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