Título original: A History of Violence.
Director: David Cronenberg.
Reparto: Viggo Mortensen, Maria Bello, Ed Harris, William Hurt, Ashton Holmes, Peter MacNeill, Stephen McHattie, Greg Bryck, Kyle Schmid, Heidi Hayes.
Guion: Josh Olson.
Música: Howard Shore.
Duración: 96 minutos.
Estreno: 23 de septiembre de 2005 (Estados Unidos), 21 de octubre de 2005 (España).
Seguro que mucha gente no sabe que Una historia de violencia es la adaptación de un cómic. Entre los encendidos y casi unánimes elogios que recibió David Cronenberg por su película, más que merecidos y más si tenemos en cuenta la etiqueta de autor de género que inevitablemente tenía, casi todos se olvidaron de citar la procedencia del material. Efectivamente, la idea está en un cómic escrito por John Wagner y dibujado por Vince Locke (aquí, su reseña), un cómic espléndido y muy recomendable. Una historia de violencia, la película, tiene la virtud de coger lo que necesita de las páginas impresas, adaptarlo con maestría al lenguaje cinematográfico y buscar después su propio camino, como siempre se ha hecho en el cine tomando material de referencia de la literatura, antes de que el fandom, esa entidad tan difícil de identificar y a la que resulta complicadísimo oponerse, se convirtiera en un poder establecido que exige fidelidad total y absoluta a cualquier trabajo de adaptación. Una historia de violencia no es literal, sobre todo en su segunda mitad, pero sí es hija de lo que Wagner y Locke hicieron. Por eso se gana Cronenberg el respeto de todo aquel que llegue a su película conociendo el cómic y logra que podamos disfrutar de su hora y media de puro cine como merece el talento que se despliega en la pantalla.
Para quien no haya leído el cómic ni visto la película, Una historia de violencia es la historia de un hombre apacible y querido, que trabaja en un porque lo restaurante de un pueblo perdido de Estados Unidos. Un atraco le convierte en héroe por accidente y atrae a ese pequeño pueblo a unos matones que están convencido de que ese buen hombre anónimo es, en realidad, un gánster con el que comparten pasado. Ese escenario hace de este un fascinante ensayo no solo sobre la violencia, que también, sino acerca de la identidad y la confianza. Eso lo confirma la demoledora escena final, cumbre del cine de la pasada década por la cantidad de emociones que lanza sin necesidad de que haya una sola palabra, solo el contundente tema musical con el que Howard Shore ilustra toda la película. Una historia de violencia es, de hecho, la cumbre del cine de Cronenberg y la demostración de una madurez difícil de anticipar y que encuentra dándonos un relato crudo, realista, imperfecto como ha de ser la realidad, honesto y cercano hasta extremos que asustan precisamente por la naturaleza de los temas que trata. Muy norteamericano todo, sin duda, porque las armas forman parte de su día a día, pero la relación entre el hijo adolescente y el matón que le acosa en el instituto o la forma en la que el sexo más animal sirve de vía de escape son situaciones al alcance de cualquiera.
Cronenberg firma una película modélica prácticamente en todo, incluso en su ajustada duración de hora y media, recordándonos que no hace falta extenderse en el metraje para crecer en talento. Se olvida de las ataduras tradicionales y de las estructuras clásicas para sacar el relato desde las tripas y ponerlo todo en la pantalla desde el principio, desde un bestial plano secuencia que anticipa el viaje al infierno que nos espera. Después Viggo Mortensen realiza un trabajo sutil y maravilloso, del que no desmenuzaremos sus claves para no eliminar las sorpresas de la película. Y las maravillas que deja el reparto se prolongan con una actuación deslumbrante de Maria Bello, a la altura de lo que un inquietante y como siempre soberbio Ed Harris y un algo histriónico pero brillante William Hurt. El éxito de Una historia de violencia radica en que no es aterradora por los disparos, por la mafia o por las amenazas, que también. Es aterradora porque la verdad tiene un poder de hacer daño que en muchos momentos supera el que tienen las armas de fuego. Llegar a esas sensaciones es la mejor manera de explicar que estamos ante una película que sabe ser descarnada a través de lo que sienten todos y cada uno de sus personajes, sobre todo por la forma en la que derrumba el suelo bajo los pies de la familia más perfecta que uno pueda imaginar.
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