Guion: Thierry Smolderen.
Dibujo: Alexandre Clérisse.
Páginas: 168.
Precio: 25 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Marzo 2018.
Cuando vemos el nombre de un personaje popular en la cubierta de un cómic, hemos de asumir que se disparan las expectativas. Si el libro se titula Un verano Diabolik, esperamos ver a Diabolik, la creación de las hermanas Giussani. Esto es así, no hay otra manera de verlo, independientemente de lo mucho o poco que nos guste el tebeo, durante su lectura y al final. Por eso sorprende tanto que pasemos páginas y páginas de este tebeo escrito por Thierry Smolderen y dibujado por Alexandre Clérisse asistiendo únicamente, que no es poco, al verano de un adolescente. Con sucesos peculiares y siniestros desde un punto de vista realista, sin duda, pero no lo que se presumía como lógico al empezar el libro. Llega un punto, no obstante, en el que no queda más remedio que asimilar que Un verano Diabolik es una auténtica genialidad en la que sus autores han sabido hablar de un personaje sin que ocupe el escenario durante toda la obra, en la que se ha tejido una historia espléndida, muy bien narrada y con tantos aciertos que parece mentira que arranque con semejante traición a nuestras expectativas. La sorpresa es, en este caso, un aliado narrativo de primer orden, sobre todo cuando todas las piezas encajan al final del primer acto y, sobre todo, en el segundo, confirmando así un noir sensacional que merece todos los elogios.
Hay dos aciertos impresionantes en la base de Un verano Diabolik. El primero está en la narración en off que tiene el relato, que nos indica en primer lugar que nuestro protagonista, un quinceañero, está hablándonos con una voz más madura, rememorando unos hechos que entiende de especial trascendencia, dándonos a nosotros, los lectores, la misma impresión, aunque queramos resistirnos a ello. El segundo, esa decisión consciente y concienzuda de hacer de Diabolik una presencia solo deseada, ni siquiera insinuada en muchos momentos de la obra, para volcarnos en la vida de Antoine, el joven protagonista. Si se piensa detenidamente, el tebeo pasa en muchos momentos por la clásica historia de iniciación personal que acontece en el tránsito entre la adolescencia y la edad adulta. Hay amistades, amores, relaciones paternofiliales. Lo usual. ¿Y Diabolik? Está, pero no dónde ni cómo cabía esperar, y eso es brillante. Con el thriller, con la historia de espías, anhelamos su presencia, con el primer amor, la primera experiencia sexual o el primer consumo de drogas nos identificamos plenamente con Antoine. Y la mezcla de ambas cosas se resuelve de una manera formidable con ese juego de dobles y triples narraciones que hay en las páginas de este volumen, ideado con mimo y genio por Smolderen para que nos sintamos atrapados en sus garras desde el principio y de maneras muy diferentes.
No se puede negar que buena parte del encanto que tiene Un verano Diabolik está también en su aspecto visual. El estilizado diseño de Clérisse es una invitación a regresar a los años 60 en los que está ambientada la historia, y eso, apreciable durante todo el relato, se manifiesta de una manera espectacular en la escena alucinógena que contiene, warholesca en muchos sentidos palpables e inconscientes. Con la sencillez aparente del dibujo de Clérisse, es obligado dirigir la mirada hacia el formidable juego de colores y sombras que hay en sus viñetas. No hay en ese sentido intenciones vacías o casualidades y da la sensación de que Un verano Diabolik es un tebeo pensado hasta el más mínimo detalle. Tampoco es nada desdeñable lo bien que interpreta el ilustrador a los personajes, también cuando saltan de edad en la segunda parte del libro, y como cada uno de ellos transmite sensaciones de una manera brillante. Si alguien se siente tentado a malinterpretar la sencillez del trazo, la recomendación sería que se fije en el detalle, en las miradas, en el lenguaje corporal, en la luz de cada escena, todo con un look único pero que a la vez nos lleva a escenarios confortables. Un verano Diabolik se convierte de esta manera en uno de esos tebeos sorprendentes, que no dejan de crecer y que al final dejan unas sensaciones inmejorables. Una gozada.
Dargaud publicó originalmente L’Été Diabolik en enero de 2016. El contenido extra es un portafolio escrito por Thierry Smolderen sobre el personaje y la historia.
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