Guion: David Lapham.
Dibujo: David Lapham.
Páginas: 268.
Precio: 19,90 euros.
Presentación: Rústica con solapas.
Publicación: Junio 2018.
Es tremendamente tentador vincular lo que David Lapham hace en Balas pérdidas con lo que hicieron Brian Azzarello y a Eduardo Rossi en 100 balas (aquí, reseña de su primer volumen). Tentador, pero no sería del todo exacto, aunque ambas series se puedan ver como primas lejanas por su tratamiento de temas y por sus personajes tan bien escritos. Los planes generales de ambas obras, sus visiones de conjunto, no son las mismas, pero sobre todo parten de escenarios distintos. 100 balas empieza en la calle y asciende a la élite, mientras que Balas pérdidas es la calle. Y con un matiz más, es lo que era la calle. Es historia pasada, es los años 80, incluso finales de los 70 en alguna pieza, con todo lo que eso conlleva para el tono de las historias. Lapham basa su trabajo en relatos cortos que se pueden leer de manera independiente, como su propio microcosmos dentro de un mundo turbio y podrido. Pero lo que hace triunfal el enfoque del autor, que ya de esta manera deja algunos trabajos formidables, está en que está tejiendo una tela de araña llamada realidad. Nada es ajeno a lo demás, todo está unido, y más en este escenario. No por tramas ocultas, por sociedades secretas o asesinos implacables, sino por la testaruda realidad que se empeña en recordarnos lo violento, cruel, interesado, peligroso e irracional que puede ser el ser humano.
Lapham no escribe para estómagos sensibles. Y no especialmente por lo que se ve, aunque en muchos casos tenga un nivel de violencia tremendamente explícito, sino por lo que supone. Balas pérdidas es una narración dura en su esencia más que en su superficie. La medida del amor, el primero de los relatos, nos pone en la pista del retorcido mundo que nos va a enseñar Lapham pero ni muchos menos anticipa la complejidad que va a tener su universo. Cada historia amplia la red. Cada personaje va sumando, entablando relaciones, demostrando que la hipocresía, la estupidez, el rencor y otra serie de sensaciones y emociones negativas no tienen fin en este descarnado ejercicio que nos propone el autor. Cada vez que empieza una de las historias cabe preguntarse qué límite va a sobrepasar Lapham en esta ocasión. Cuando vemos que hay niños envueltos en esta espiral de esquizofrenia violenta, cuando asistimos a orgias de sexo, drogas y alcohol o cuando directamente comprobamos que no hay ángeles inmaculados e incorruptibles, no nos queda más remedio que asumir que la obra de Lapham es impresionante. Lo es en sus formas, lo es en el fondo. Lo es hasta en lo experimental que resulta Así pasé lis vacaciones de verano, un delirio absoluto que, de alguna manera, sólo de alguna manera, es un respiro con respecto al tono de la serie.
Lapham es, además, un dibujante formidable. Puede parecer una obviedad, pero cuando se utiliza el blanco y negro hay que tener claro cuánto blanco y cuánto negro requiere cada escena, cada historia, cada personaje y hasta cada instante. Y en eso Balas perdidas es brillante, porque dentro de este universo singular se puede entresacar cada historia con una personalidad propia. A pesar de tener una estructura muy cerrada, en viñetas pequeñas y regulares, la narrativa de Lapham es intensa y firme, con un realismo brutal que logra desde un dibujo con muchos elementos claros y sencillos, lo que supone un mérito añadido. Y lo mejor es que La inocencia del nihilismo, que así se titula este primer volumen, hace que pensemos en infinitas posibilidades, en el encuentro entre personajes que no tendrían por qué encontrarse, en la siguiente truculencia con la que Lapham nos va a dar su pobre opinión sobre el ser humano en general y sobre la sociedad americana en particular. Es como si Sam Peckimpah hubiera encontrado un medio de contar sus historias desde una óptica contemporánea. Y eso que este cómic ya tiene más de veinte años de vida. Qué pedazo de tebeo es Balas perdidas y qué manera tan desgarradora tiene Lapham de mirar a lo que nos rodea y muchas veces no queremos o no podemos ver. Imprescindible.
Image publicó originalmente el primer volumen de Stray Bullets, Innocence of Nihilism, en marzo de 1995. El volumen no tiene contenido extra.
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