Director: Roger Vadim.
Reparto: Jane Fonda, John Philip Law, Anita Pallenberg, Milo O’Shea, Marcel Marceau, Claude Dauphin, Véronique Vendell, Giancarlo Cobelli, Serge Marquand, Nino Musco.
Guion: Terry Southern, Roger Vadim.
Música: Bob Crewe, Charles Fox.
Distribuidora: Paramount.
Duración: 98 minutos.
Estreno: 10 de octubre de 1968 (Estados Unidos), 5 de mayo de 1975 (España).
Las razones por las que una película se convierte en un éxito o por las que adquiere la categoría de culto son impredecibles. Viene esto a cuento de Barbarella, una película que podría recibir palos por tantos motivos que esa etiqueta, que sin duda tiene, puede ser difícil de justificar. Pero motivos hay, y esa es la deliciosa paradoja que consigue que nunca nos podamos poner de acuerdo sobre la categoría del cine que vemos. Siendo justos, Barbarella es una película pobremente escrita, con una historia endeble a pesar o probablemente a causa del ingente número de guionistas que pasaron por ella, dirigida con cierta torpeza por Roger Vadim e interpretada con cierta desgana, también por su protagonista, Jane Fonda, entonces pareja del director pero, curiosamente, no su primera opción para dar vida a la heroína del espacio creada por Jean-Claude Forest. Desprovista por decisión propia de toda crítica social y de todo elemento que pudiera tener segundas lecturas, aunque opciones hay de sobra, Barbarella es un delirio camp visualmente gozoso pero también una película de clarisimo corte machista, incluso para su época, y cuya única excusa real es la glorificación de la belleza de Fonda, vestida y desnuda, y su descubrimiento continuo del orgasmo en las numerosas escenas sexuales que hay en la película.
Puede que está sea una forma algo dura de evaluar la película, y más teniendo en cuenta la fascinación que sigue provocando tantos años después, pero hay razones de sobra para verla así. ¿Se puede entender simplemente como el retrato de una joven ingenua, inconsciente del deseo sexual que despierta en los mundos salvajes al proceder de una sociedad en la que el coito se realiza de una manera teóricamente más espiritual? Se puede, sin duda, pero estaremos cayendo en la misma ingenuidad que la propia Barbarella dentro de su misión, que se convierte en una muñeca, en un objeto fetichista al que colocar en el centro de numerosas maneras de placer (hasta con una máquina), a la que se cambia continuamente de atuendo para incentivar el disfrute masculino y a la que presentamos en un nada inocente striptease en gravedad cero que se convierte en la presentación ideal de la película y en su mejor resumen. Eso es Barbarella, una película pensada para el disfrute sensorial de quienes no tengan segundos pensamientos sobre su forma de pensar y de lo que nos está contando. Luego está la sensación de que hay cosas que ya hemos visto, como una escena literalmente sacada de Los pájaros de Hitchcock o el ataque de unos muñecos de afiladas mandíbulas, manipulados por unos niños que no hablan y que salen de tantas películas de terror.
¿Qué nos queda entonces en Barbarella? Obviamente, su estilo visual. Eso es lo que sigue deslumbrando, el escenario de ciencia ficción que crea, la imaginación que tiene la cinta para combinar un estilo camp y pop con universos extraños de ciencia ficción. Los efectos especiales de la época no sirvan para hacer justicia a todo lo que hay en pantalla, y sirve como ejemplo perfecto el vuelo del ángel… que no resulta peor en todo caso que el de Flash Gordon (aquí, su crítica), que llegó más de una década después. Esa es otra de las paradojas que esconde Barbarella, pero sería absurdo no asumir que su principal razón de ser está en Jane Fonda. No tanto en el personaje como en la actriz. Es lo que Vadim explota hasta la saciedad, junto con la imaginería visual y la música. Son los elementos que definen la película con claridad, los que todavía hoy pueden resistir un análisis detenido y los que apuntalan su reputación como cinta de culto. Olvidémonos de su historia, del escaso interés que tiene su búsqueda de Durand Durand, un científico que ha creado algo que puede acabar con la humanidad, y un final tan delirante que resulta totalmente inverosímil. Si nos fijamos demasiado, Barbarella se cae como un castillo de naipes… o como el vestuario de la muy a menudo desnudada protagonista.
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