Título original: Valerian and the City of a Thousand Planets.
Director: Luc Besson.
Reparto: Dane DeHaan, Cara Delevigne, Clive Owen, Rihanna, Ethan Hawke, Herbie Hancock, Kris Wu, Rutger Hauer, John Goodman, Elizabeth Debicki, Sasha Luss, Sam Spruell, Ola Rapace.
Guión: Luc Besson.
Música: Alexandre Desplat.
Distribuidora: eOne.
Duración: 108 minutos.
Estreno: 21 de julio de 2017 (Estados Unidos), 26 de julio de 2017 (Francia), 18 de agosto de 2017 (España).
Si hay un cómic francobelga que el aficionado a la ciencia ficción siempre quiso ver en la gran pantalla, ese es Valerian y Laureline. Pierre Christin y Jean-Claude Mezieres bendijeron a Luc Besson para que se ocupara de montar la adaptación cinematográfica, pero aún así no se puede decir que La ciudad de los mil planetas, título escogido para la película, sea lo que realmente pedían los personajes y el brutal escenario de las viñetas que durante tantos años ha hecho disfrutar a los aficionados. La crítica a la película de Besson es, por desgracia, muy obvia: es un espectáculo visual de primer nivel, pero tiene una historia con demasiados elementos superfluos, además de cometer el grave error de rebajar la edad de los personajes protagonistas en un intento de atraer a audiencias adolescentes. Seguro que Besson, autor también del guion, ha disfrutado enormemente con la creación de cada elemento, de cada secuencia y de cada personaje, pero a toda la película, en conjunto y a sus escenas de manera individual, le acompaña una enorme sensación de intrascendencia de la que resulta imposible zafarse ya desde una primera secuencia alargada en exceso y tremendamente repetitiva, que casi se convierte en una broma privada para deleite de su dirección mientras al otro lado de la pantalla solo sirve para que los minutos corran sin control.
A fuerza de ser sinceros, cuesta ver a Dane Dehaan y a Cara Delevigne como Valerian y Laureline. Cuesta mucho. Al darles una juventud excesiva y un descaro casi adolescente que parece fuera de lugar, hacen bastante inverosímil el hecho de que son agentes con una larga trayectoria y experiencia. Hay en ellos más chulería que autoconfianza, sobre todo en el caso de Valerian, y hace que se pierda un elemento de conexión imprescindible para quien llegue a la película a través del cómic. Pero esto, no obstante, no es un problema de interpretación de los autores sino del concepto que quiere Besson. Puede que el director ya diera por gastada la bala de la madurez en una space opera con el papel de Bruce Willis en El quinto elemento, una referencia de la que resulta imposible escapar por mucho que Valerian lo necesite para reafirmar su propia identidad. El caso es que se habría podido comprar el rejuvenecimiento de los protagonistas si la historia hubiera estado a la altura, pero ahí está muy lejos de lograr su objetivo, por mucho que Besson se haya basado en dos álbumes, El Imperio de los mil planetas y El embajador de las sombras (aquí, su reseña). No basta calcar escenas para hacer una buena adaptación, y la película se convierte en un escaso videojuego de plataformas en el que cada escena, por sí sola, sobra cuando llega la siguiente.
Ese es el gran problema que tiene Valerian, que no engancha en su conjunto, que llega a aburrir en algunos momentos en los que se tiene la clara sensación de que no está pasando gran cosa y que el mucho movimiento que hay en pantalla, frenético por momentos porque esa es la apuesta de Besson, no tiene demasiado sentido. En ese sentido, es paradigmática la escena de Rihana. Cómo se lo debieron de pasar con ella los muchachos de efectos visuales, vestuario y maquillaje, y qué bien la acogerán quienes deseen perpetuar la imagen de la estrella como mito sexual. ¿Pero sirve de algo en la película? La respuesta es que no. Eso pasa con muchas más escenas, con demasiadas para una película que además sobrepasa las dos horas. Sí, hay un esfuerzo visual descomunal, la creación de mundos y personajes digitales es brutal, y hay secuencias como la del doble plano de realidad que dan lugar a recursos tremendamente divertidos e imaginativos. Pero la cosa se queda ahí. Valerian es un castillo de naipes que se sostiene solo si el espectador no quiere soplar, y eso no puede ser suficiente para una película que estaba ideada para ser la base de una franquicia que ya da la sensación de que no vamos a ver. El personaje tendrá que seguir esperando para ver su adaptación definitiva.
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