Guión: Miguel Ángel Parra e Iván Ledesma.
Dibujo: Jandro González.
Páginas: 120.
Precio: 22 euros.
Presentación: Cartoné.
Publicación: Noviembre 2017.
Hay un aspecto que hay que elogiar a los autores de La vampira de Barcelona, y más teniendo en cuenta la manera amarillista en la que se tratan habitualmente los sucesos más escabrosos en España, y es que no es una obra sensacionalista. Podría haberlo sido, porque Enriqueta Martí es un personaje siniestro de la historia negra de España, de la que no contaremos más detalles para quien quiera sorprenderse con la lectura de este cómic. Pero La vampira de Barcelona acaba siendo más bien un relato de investigación en el que la persona que da título a la obra actúa más bien como una secundaria, como un eje en torno al cual gira todo lo demás pero que no necesita estar en el foco de manera permanente. Miguel Ángel Parra e Iván Ledesma construyen una historia en la que es más importante construir la investigación para que el lector la vea como si estuviera sucediendo a tiempo real, sin necesidad de que el afán documentalista marque el devenir de la historia, sin que sea imprescindible mostrar cada parte de los horrores que ejecutó esta mujer, y haciendo que el marco, una suerte de intriga política y social, tenga la misma importancia que los mismos crímenes. Quizá es ahí donde la historia podría haber avanzado algo más, pero los autores optan por el misterio, por el mito, por la leyenda, por no sentenciar lo que la Historia no ha podido o no ha querido concretar.
Parra y Ledesma, en realidad, nos cuentan de manera ficcionada lo que podría estar contando la prensa de la época. Esa es la gracia. No hay juicio ni sentencia, aunque se nota que hay un favoritismo por cierto personaje y por sus teorías, y por eso es el quien sirve para ejecutar el final del relato, pero lo que predomina es el día a día del suceso, un suceso que, en realidad, da para menos de lo que han sabido extraer los escritores. Buen trabajo el suyo a la hora de generar un contexto y no dejarse llevar únicamente por el influjo de su pretendido personaje central. Que el título tampoco engañe a nadie, no se trata de un relato de corte fantástico, y la referencia vampírica no pasa de la hipérbole periodística para agrandar un mito urbano y vender así algunos diarios más. Por cierto, nada que no forme parte de nuestra percepción mediática en nuestros días, por mucho que haya pasado ya más de un siglo desde que Enrique Martí cometió sus atrocidades. Puede faltar precisamente algo más de claridad con respecto a la propia Martí, o incluso alguna conclusión más definitiva sobre toda la intriga que se esconde detrás de su figura, pero Parra y Ledesma dejan elementos de sobra para que el lector vaya uniendo los puntos y sacando sus propias conclusiones sobre un caso que rebosa interés y en el que hay muchos personajes interesantes.
El dibujo de Jandro González es muy acertado para todo lo que propone La vampira de Barcelona. Para empezar, su realismo es sobrecogedor, empezando por el propio retrato de Enriqueta o la manera en la que oscurece Barcelona y los escenarios en los que acontece el relato. Los suyos son tonos apagados y certeros, su trazo es firme para que cada personaje tenga la personalidad que necesita la historia. Es muy fácil entrar en este mundo de la mano de González, precisamente porque da el tono documental que necesitan los escritores, pero sin perder el toque imprescindible para que esto sea una ficción y no un caso novelado. El punto medio que encuentra González es atinado y agradecido. Y hay, además, elementos narrativos que hablan muy bien del ilustrador, como la manera en la que congela el tiempo en el momento en el que se saca una fotografía, la manera en la que el reflejo en un cristal dice algo muy concreto de una secuencia o incluso las sombras que utiliza en algunos momentos. La vampira de Barcelona se cierra así como un tebeo interesante, bien llevado a todos los niveles y al que, incluso destacando los muchos méritos que tiene y aciertos en base a sus objetivos, puede que solo le falte algo más de ambición para haberse convertido en un título de matrícula de honor. Aún así, los nombres de sus autores hay que subrayarlos.
El contenido extra lo forman un prólogo de Clara Tahoces, una introducción de Fernando Gómez, un epílogo de Marc Pastor, un ultílogo de David G. Panadero y un cuaderno gráfico de Jandro González.
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