Guión: Kei Sanbe.
Dibujo: Kei Sanbe.
Páginas: 208.
Precio: 8 euros.
Presentación: Rústica con sobrecubierta.
Publicación: Agosto 2017.
Y Desaparecido llegó a su fin con este octavo volumen. El final, más que decente, sirve para concluir todas las tramas abiertas, para que todo desemboque en un final que, en cierta manera, era esperable. Es satisfactorio, de eso no hay duda, y eso resulta muy importante a la hora de que un título se vaya dejando las mejores sensaciones. Pero al mismo tiempo, y admitiendo el formidable giro que dio la historia hace un par de volúmenes, es inevitable pensar que allí es donde podría haber acabado el relato de Kei Sanbe. De haberlo hecho, habría sido una obra casi sin tacha. En los volúmenes finales, no obstante, se ha notado un cambio de ritmo que no está a la altura de lo mejor que nos ha venido ofreciendo Desaparecido, y en estos últimos capítulos hay mucha vuelta para tan poco resultado. Con Satoru en el presente del que partió la historia y con el personaje en su reinventada niñez, hubo también algunos bajones de ritmo que, en su momento, eran fácilmente identificables como la calma que precedía a la tempestad. Pero en estas últimas páginas no hay tiempo para que se haga justicia a esa ralentización. Se entiende y hasta se disfruta, pero es evidente que la serie no concluye en su cúspide. El clímax real ya lo habíamos vivido y lo que hemos visto en sus volúmenes finales ha sido una suerte de atractivo epílogo.
Sanbe configuró Desaparecido como un duelo. Ahora lo vemos. Pero lo que seguramente no se esperaba es que la serie fuera tan brillante sin que el enemigo de nuestro héroe hubiera hecho acto de aparición. Eso es lo que explicaría el cambio en el ritmo y en el escenario que hemos vivido. La serie ha ido dejando atrás su elemento fantástico inicial, esos revivals que permitían a Satoru cambiar la historia y nos han llevado a un desenlace más lineal, más fácilmente anticipable de alguna manera, aunque siga jugando con acierto con el aspecto detectivesco que tan bien convencía en los volúmenes anteriores. Sanbe no se ha vuelto loco, ni mucho menos, ni ha variado el rumbo previsto, y eso se agradece. Pero al mismo tiempo se puede reconocer, sin amargura porque no es necesaria, que el final no es lo mejor de Desaparecido. El epílogo sí merece entrar en ese selecto grupo de instantes de este fascinante viaje de 1.600 páginas, porque nos vuelve a llevar de la manera más hermosa posible a esa sensación de que el tiempo y su reconstrucción tienen un significado. Eso, de alguna manera, ha perdido protagonismo. Sanbe ha apostado por el ritmo frenético, por manifestar ese duelo de una manera ya palpable y gráfica, por volcar el protagonismo en el villano, y eso ha cambiado en algo las bases del relato. Pero con solvencia y acierto.
Esas modificaciones, nada bruscas, son las que también le han permitido experimentar con sensaciones diferentes en el dibujo. Sin misterios ya que esconder y con un antagonismo claro, Sanbe apuesta por las miradas como elemento fundamental de ese enfrentamiento entre el héroe y el villano. En este octavo número, Desaparecido sabe más a western que a noir, pero siempre manteniendo la tensión narrativa de una manera bastante eficaz. Al fin y al cabo, el autor no traiciona para nada las bases de su relato, por mucho que nos lleve a estadios diferentes. Como sucede con la misma historia, el protagonismo infantil de sus héroes le daba mucho más juego, pero lo que vemos al recuperar a un Satoru adulto se acepta como lo que es, una continuación natural. Una lástima que Sanbe siga apostando por fondos poco elaborados, incluso en blanco, porque cuando apuesta por un detallismo cuidado logra una ambientación formidable. Es, probablemente, el precio que hay que pagar en una historia tan larga, y en ocasiones hasta funciona como elemento narrativo, como en el duelo final, pero a veces también parece algo escaso. Todo sea por poner algún pero a una serie formidable, que merece todos los elogios posibles y que funciona francamente bien de principio a fin y a veces de manera deslumbrante.
Boku Dake ga Inai Machi comenzó a serializarse en la revista Young Ace en 2012. El octavo volumen recopilatorio lo publicó Kadokawa en abril de 2016. El único contenido extra es un epílogo en forma de cómic para explicar algunos detalles de la historia.
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